Hay un termómetro que los mercados financieros utilizan para medir la fiebre del capitalismo global y ese termómetro se llama rendimiento de los bonos del Tesoro. Cuando sube, algo va mal. Y ahora mismo sube en todas partes, hasta alcanzar niveles que no se veían desde la crisis de 2008.
En Japón, el bono a diez años ha superado por primera vez en tres décadas al 3%. En el Reino Unido, los costes de endeudamiento a largo plazo han trepado hasta máximos que remiten a la década de los ochenta del siglo pasado.
En Estados Unidos, la sangría de recursos para pagar los intereses de la deuda ha alcanzado el récord histórico de 1,38 billones de dólares anuales; el equivalente al 4,2% de su PIB, frente al 2,3% que representaban en 2020.
Un bono del Tesoro no es más que un simple pagaré. Si un gobierno necesita dinero, lo crea de la nada y, acto seguido, lo vende a inversores prometiendo devolver el capital más un interés fijo al cabo de diez, veinte o treinta años. Hasta ahí, sencillo.
El lío empieza cuando ese bono se negocia en el mercado secundario antes de la fecha prevista para su vencimiento. Porque si en ese momento los inversores no lo quieren adquirir al precio nominal por el que fue emitido, la cotización del bono irremediablemente cae.
El dinero barato, gratuito de facto, que el BCE puso entonces a disposición de las grandes corporaciones del continente no tuvo como destino invertir en la modernización de plantas industriales y cadenas de montaje
Y cuando cae el precio de cualquier bono, sube de forma automática su rendimiento. ¿Por qué caen los bonos? Las razones siempre son variadas, pero la principal hoy remite a la inflación.
Cuando los precios de las cosas suben, el interés fijo que paga un bono, que es una cantidad concreta de dinero, pierde valor real de compra, de modo que los inversores sólo estarán dispuestos a adquirirlo si su precio baja lo suficiente como para compensar esa depreciación.
Por otro lado, la inflación que ahora mismo acecha a las economías desarrolladas de Occidente no procede del gasto público excesivo ni de la presión salarial, como repiten a coro y por rutina los economistas adscritos a la ortodoxia.
Procede, bien al contrario, del lado de la oferta: de los cuellos de botella en las cadenas de suministro globales que causó la pandemia, de la guerra en Irán y, sobre todo, del cierre de Ormuz, que ha disparado los precios del petróleo en un 50%.
He ahí una obvia inflación de costes, no de demanda, que los bancos centrales se empeñan en combatir subiendo los tipos de interés, es decir, aplicando el remedio equivocado a la enfermedad equivocada (la razón real de por qué proceden así daría para otro artículo). El BCE ya ha comenzado a hacerlo. Y la Reserva Federal en breve seguirá el mismo camino.
El Banco de Japón, por su parte, también se prepara para subir tipos ante una inflación, la suya, que históricamente había sido cercana a cero o negativa. La segunda razón del alza de los rendimientos de los bonos remite al enorme volumen de deuda pública que acumulan en sus carteras los grandes tenedores institucionales.
Una deuda que, conviene recordarlo, no se disparó por el gasto en pensiones o sanidad, como predican los autodenominados vigilantes de bonos. Se disparó porque los estados tuvieron que rescatar al sector privado en dos ocasiones: el colapso bancario de 2008 y la pandemia de 2020.
Presentar ahora esa deuda como consecuencia de la generosidad gubernamental con los ciudadanos constituye uno de los fraudes intelectuales más impúdicos de nuestro tiempo. No habrá, en cualquier caso, impago por parte de ningún gobierno occidental, como tanto pregonan los alarmistas profesionales.
A fin de cuentas, los estados siempre pueden recurrir a la represión financiera: garantizar el pago de la deuda mediante la emisión de dinero. Lo que sí habrá, en cambio, es la coartada perfecta para nuevas rondas de austeridad. Algo que los vigilantes de bonos llevan esperando desde 2008.
El dólar, en consecuencia, no va a morir de muerte súbita a causa de un atracón de deuda pública. Todavía no. El sistema monetario internacional que hoy tambalea no surgió de la nada.
Fue diseñado en Washington después de la Segunda Guerra Mundial con un propósito concreto: garantizar mercados para una industria estadounidense que debía transformar sus usos militares en civiles.
A los europeos se les facilitaron entonces dólares para que pudiesen adquirir con ellos productos industriales norteamericanos, el Plan Marshall financió ese mecanismo con el apoyo de la banca de Wall Street.
Muchos años después, cuando ese sistema se agotó, los europeos intentaron crear su propio orden monetario regional. Fracasaron repetidamente —la Serpiente Monetaria, el Sistema Monetario Europeo— hasta que alumbraron una moneda única sin haber creado antes una hacienda única.
El resultado fue un banco central sin estado y veinte estados sin banco central. Cuando llegó la crisis de 2008, mientras Estados Unidos creaba dinero para rescatar a sus bancos, Europa imponía austeridad a sus ciudadanos para rescatar a los bancos alemanes y franceses.
El dinero barato, gratuito de facto, que el BCE puso entonces a disposición de las grandes corporaciones del continente no tuvo como destino invertir en la modernización de plantas industriales y cadenas de montaje, como tampoco investigar en nuevas tecnologías de vanguardia relacionadas con la IA o la automoción eléctrica. Todo aquel inmenso caudal de dinero, por el contrario, fue desviado para recomprar acciones propias en las bolsas de valores de Estados Unidos y Europa.
Dicho de forma clara: los directivos se subieron el sueldo con un dinero público camuflado de política monetaria contracíclica. Pero volvamos a los bonos. El sistema del dólar, con todo, seguirá en pie.
Los chinos han reducido sus tenencias de bonos del Tesoro, sí, pero no las han liquidado: acumulan 4,5 billones de dólares en activos denominados en esa moneda. Los japoneses vendieron bonos americanos pero compraron criptomonedas estables denominadas en dólares que a su vez invierten en bonos del Tesoro.
Así las cosas, el sistema seguirá funcionando hasta el día en que Pekín decida convertir el bloque de los BRICS en un orden monetario alternativo, con China ocupando el papel que Estados Unidos desempeñó después de 1945.
Los chinos están construyendo la infraestructura para ello, digital y financiera, pero no tienen prisa.
Poseen 4,5 billones de razones para no tenerla. Y aplican con paciencia confuciana el viejo principio de no molestar al adversario mientras comete errores. Así que el apocalipsis de los bonos tendrá que esperar.
*** José García Domínguez es economista.
