Cuarenta y cinco años después de la última carrera en el Jarama, Madrid volvió a la Fórmula 1 con las gradas llenas, más de 120.000 entradas vendidas antes de la primera vuelta y un circuito, el Madring, que hace dos años y medio era un plano sobre una mesa de IFEMA.
Que una ciudad levante un trazado urbano, lo homologue y lo estrene sin un solo incidente grave en el plazo previsto es, en la España de las obras eternas, una noticia en sí misma.
El debate posterior ha girado, como era previsible, en torno a una cifra: 467 millones de euros de impacto económico y unos 8.850 empleos, según el estudio de PwC encargado por la organización.
Los escépticos objetan, con razón parcial, que impacto bruto no es beneficio neto y que un hotel lleno en septiembre en Madrid no es una novedad. Es un debate legítimo, pero mira al sitio equivocado.
La riqueza que crea un Gran Premio no está en el gasto de tres días, que se puede discutir hasta el céntimo, sino en algo que los informes de impacto no saben medir y que la teoría económica sí sabe nombrar. Para verlo hay que cambiar la pregunta: no cuánto costó el fin de semana, sino cuánto habría costado no tenerlo.
Los turistas internacionales gastaron en España 134.712 millones de euros en 2025, un 6,8% más que el año anterior
El concepto que ordena este asunto es el coste de oportunidad, esa idea tan elemental que se enseña en la primera semana de carrera y se olvida en la primera tertulia. Todo recurso tiene un uso alternativo, y el valor de una decisión se mide contra ese uso, no contra cero. Aplicado al Madring, el cálculo favorece a Madrid por una razón que suele pasarse por alto y es que casi todo lo que hacía falta ya existía.
El aeropuerto, el metro, los pabellones de IFEMA, la planta hotelera, la red de restauración. Cuando los activos están ociosos un fin de semana de septiembre, su coste de oportunidad es bajo, y el rendimiento de ponerlos a trabajar es alto.
Bakú, Yeda o Las Vegas han tenido que construir buena parte de esa infraestructura para la ocasión; Madrid solo tuvo que añadirle un circuito. Es la diferencia entre comprar la casa y poner la mesa.
La otra cara del coste de oportunidad es lo que se pierde por no actuar, y aquí el dato ayuda. Los turistas internacionales gastaron en España 134.712 millones de euros en 2025, un 6,8% más que el año anterior, y la Comunidad de Madrid fue la única autonomía que creció a doble dígito (INE, Egatur).
Ese crecimiento no viene de la playa, que Madrid no tiene, sino de un visitante que gasta más por día y que viaja por algo que ocurre. La competencia por ese visitante es global, y las ciudades que no ofrecen motivos con fecha los ven marcharse a las que sí.
Un Gran Premio con contrato hasta 2035 es diez motivos con fecha, un circuito que se amortiza en diez ediciones y una cita que cada año ordena las agendas de patrocinadores, hoteleros y organizadores de congresos alrededor de Madrid. La estimación de PwC podrá ser generosa y es que la dirección del efecto no admite mucha discusión.
Hume escribió a mediados del siglo XVIII un ensayo sobre el refinamiento de las artes que hoy leerían con provecho quienes oponen el ocio a la riqueza. Su tesis era que las épocas de lujo, espectáculo y ciudades bulliciosas no son las de la decadencia, sino las de la industria, el conocimiento y la libertad, porque el deseo de disfrutar es el motor más fiable del deseo de producir. Una ciudad que atrae a gente que quiere divertirse acaba atrayendo a gente que quiere trabajar, invertir y quedarse.
Lo que compra un fin de semana de motores no es el gasto de esos tres días, sino la conversación que Madrid mantiene con doscientos países durante dos horas de televisión, y la que mantiene consigo misma al comprobar que puede organizar algo difícil sin que se le caiga encima.
Ese activo no figura en ningún informe porque no cabe en un multiplicador.
Convendrá, eso sí, que la organización publique la evaluación definitiva, porque el mejor argumento a favor del evento es la transparencia, y el peor, que la cuenta no aparezca.
Con ese pequeño precio, Madrid habrá hecho algo que rara vez consiguen las ciudades y que es convertir un fin de semana en una década.
*** Fernando Pinto es profesor titular de Economía Aplicada de la URJC.
