En Filipinas, las micro, pequeñas y medianas empresas (mipymes) representan el 99% del tejido empresarial, emplean prácticamente dos tercios de la fuerza laboral del país y contribuyen al 36% de su Producto Interior Bruto (PIB).

Sin embargo, tienen un acceso muy limitado a la financiación que necesitarían para desarrollarse y, con ello, impulsar el crecimiento del país: se estima que existe una brecha de financiación de las mipymes de 600.000 millones de dólares.

Sin acceso a financiación, una mipyme no puede invertir en ampliar sus instalaciones, adoptar nueva tecnología o contratar personal. Esto la deja atrapada en su tamaño actual, sin poder aumentar su producción ni mejorar su productividad.

Este caso no es un hecho aislado. Se repite en múltiples economías emergentes y, por ello, abordarlo es una cuestión central para las instituciones multilaterales de desarrollo como el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo.

Frente a esta barrera, las multilaterales están impulsando distintas iniciativas. Entre las medidas que vienen fomentando más recientemente destacan dos, en cuyo diseño Afi ha colaborado como consultor: la titulización de carteras de préstamos a mipymes y el desarrollo y aplicación de scorings alternativos basados en datos psicométricos.

Los sistemas de scoring crediticio tradicionales evalúan la capacidad de pago de un prestatario a partir de su historial crediticio y sus estados financieros

Pese a haber estado en el origen de la crisis financiera de 2007-2008, la titulización estructurada bajo las mejores prácticas post-crisis puede ser un vehículo efectivo para ampliar el acceso a financiación de las mipymes.

A través de este mecanismo, una entidad financiera que ha concedido préstamos a mipymes transfiere esa cartera a un vehículo, que a su vez se financia emitiendo notas con distintas características de riesgo y rentabilidad, adquiridas por inversores institucionales según sus preferencias de inversión. Al transferir los préstamos, la entidad financiera original recibe liquidez, que debe destinarse de nuevo a financiar mipymes: ya sea mediante nuevos créditos o la renovación o ampliación de los existentes.

De este modo, la titulización libera al banco de las limitaciones que impone su propio balance y canaliza nueva financiación hacia las mipymes a través de los inversores que participan en ella.

El scoring psicométrico, por su parte, responde a un problema de disponibilidad de información. Los sistemas de scoring crediticio tradicionales evalúan la capacidad de pago de un prestatario a partir de su historial crediticio y sus estados financieros.

El problema es que, en muchos países emergentes, las mipymes carecen de ambos: no tienen historial de crédito previo con el sistema financiero formal ni llevan una contabilidad estandarizada, por lo que no hay información disponible con la que alimentar los modelos tradicionales de evaluación de riesgo.

El scoring psicométrico ofrece una alternativa: en lugar de basarse en datos financieros, evalúa cómo respondería el solicitante ante distintas situaciones hipotéticas, a través de preguntas formuladas mediante imágenes o audios —dado que muchos emprendedores de estas mipymes tienen niveles bajos de alfabetización—.

El objetivo es inferir rasgos de comportamiento, como la responsabilidad o la disposición a cumplir compromisos, que sirvan como proxy de su capacidad de pago.

Este método es menos fiable que un scoring tradicional bien alimentado con datos, pero resulta suficiente para conceder un primer préstamo pequeño. Y ahí radica su verdadero valor: ese primer crédito, aunque modesto, permite al prestatario empezar a generar historial crediticio real.

Así, se rompe el círculo vicioso de partida —sin historial no hay crédito, y sin crédito no hay historial— y se transforma en un círculo virtuoso: una vez generado ese primer historial, la mipyme puede acceder a los sistemas de evaluación tradicionales —más fiables que el scoring psicométrico inicial—, y optar a préstamos de mayor tamaño.

Por tanto, titulización y scoring psicométrico responden, cada uno, a un ángulo distinto del origen de la brecha de financiación. La primera favorece la ampliación de la oferta de fondos para mipymes; el segundo abre la puerta a quienes la banca tradicional rechaza por falta de información fiable.

Ambas, junto con otras iniciativas —garantías o productos financieros específicos para los agentes con más dificultades de acceso—, conforman un conjunto de actuaciones que abordan distintos frentes del problema.

Todo apunta a que sea esta suma de actuaciones concretas, y no una solución única, la que logre generar una dinámica positiva que termine por aliviarlo.

***Juan Manuel Bazo De Pablos, profesor de Afi Global Education.