El pasado 12 de agosto, Martin Wolf reseñaba en el Financial Times el último libro de Daron Acemoglu sobre la crisis de la democracia liberal. Y aunque comparte el diagnóstico, remata la reseña con una duda que no es en absoluto retórica.

Wolf recupera la vieja idea de Marx de que la ideología política es hija de la tecnología (fue la industrialización la que amplió el poder político mucho más allá de la burguesía) y se pregunta si no estaremos ante el final de ese ciclo, ahora que la desindustrialización y la IA erosionan, precisamente, la base que sostuvo aquella política durante todo el siglo XX.

Confieso que la pregunta me persigue desde que la leí, porque en España tenemos delante un experimento natural que la responde con una crudeza que Wolf, escribiendo desde Londres, probablemente no imagina.

La intuición de Wolf tiene un mecanismo detrás que me gustaría desmontar. El Estado del bienestar de posguerra no fue un invento moral, fue una ingeniería fiscal. Asumía el pleno empleo industrial, los sindicatos con capacidad de negociación, el crecimiento sostenido que se financiaba vía cotizaciones y vía impuestos sobre el trabajo, con una promesa de cobertura casi universal.

El problema no es que esa promesa haya envejecido mal. El problema es que la economía que la sostenía tiene una plasticidad que la política que la administra no tiene.

En España tenemos delante un experimento natural que la responde con una crudeza que Wolf, escribiendo desde Londres, probablemente no imagina

¿A qué me refiero con plasticidad? Los mercados ajustan precios, deslocalizan capital, adoptan tecnología casi en tiempo real, se adaptan a los cambios en los gustos del público. La política se mueve por ciclos electorales, mayorías parlamentarias y marcos jurídicos que tardan legislaturas en tocarse. Y aquí este es el punto en el que me gustaría poner el foco, esa rigidez no es un daño colateral pasivo, es activo.

Es decir, la estructura política no sólo llega tarde, sino que limita cuánto puede adaptarse la economía a su alrededor, sea vía regulación laboral, vía marcos de asilo a la inmigración, o tal vez vía un presupuesto con partidas que nadie toca aunque la realidad haya cambiado por completo debajo.

Ceuta es el ejemplo de manual de una demanda que se dispara mientras la estructura permanece fija. A finales de julio cruzaron la frontera unas 60.000 personas en 24 horas, en una ciudad de 85.000 habitantes, con 72 fallecidos en el intento. No hace falta adjetivar esa cifra, habla por sí sola. Otra cosa es lo que ha venido después.

Fuentes policiales de JUPOL elevan a quince los casos de agresión sexual en el entorno del CETI, frente a los cinco que reconoce Sanidad, una discrepancia que, más que resolver quién tiene razón, retrata hasta qué punto el propio Gobierno no logra ponerse de acuerdo consigo mismo sobre la magnitud de lo que gestiona.

El presidente del Colegio de Médicos de Ceuta, por su parte, ha hablado de una atención de 500 pacientes diarios y de la reaparición de patologías como la sarna o la tuberculosis. Y ya hay denuncias de policías contagiados de sarna.

La estructura política no sólo llega tarde, sino que limita cuánto puede adaptarse la economía a su alrededor

Por otro lado, la situación de los militares destacados en Ceuta es muy irregular, sin días libres ni bajas. Y todos estos datos proceden de fuentes con intereses distintos que conviene leerlos como lo que son, testimonios parciales de un colapso, no una estadística oficial cerrada. Pero el hecho de que ni siquiera exista esa estadística oficial cerrada es, en sí mismo, el síntoma.

El marco competencial de acogida (reparto de menores entre comunidades, plazos de tramitación, financiación autonómica) fue diseñado mejor o peor, pero para flujos ordenados y graduales. Frente a un shock de la magnitud del que estamos viviendo, no se adapta, se desborda. Y lo hace, entre otras cosas, porque la estructura no tiene el tipo de plasticidad que tendría, por ejemplo, un mercado ante un shock de demanda equivalente. Las autoridades del gobierno adolecen de un retraso en la respuesta que le incapacita para la gestión de crisis.

En el otro extremo del mismo problema está la inteligencia artificial, que, en lugar de presionar por el lado de la demanda de recursos, amenaza con vaciar el lado de la financiación. Acemoglu lleva años insistiendo en que la automatización no destruye empleo de forma neutral, sino que depende de decisiones muy concretas (como qué se automatiza, quién capta la productividad ganada) que hoy se toman en consejos de administración con una velocidad que ninguna legislatura logra igualar.

Si la base productiva industrial que sostenía las cotizaciones se erosiona, y ese proceso se acelera con la IA generativa en sectores hasta ahora protegidos, la pregunta no es solo cuántos empleos se pierden, sino con qué rapidez el sistema fiscal consigue redefinir de dónde saca los recursos.

En el otro extremo del mismo problema está la inteligencia artificial, que, en lugar de presionar por el lado de la demanda de recursos, amenaza con vaciar el lado de la financiación

Y esa es precisamente la pieza que más tiempo tarda en moverse: la fiscalidad del capital frente al trabajo, los marcos de recualificación, el propio diseño del Estado del bienestar. La oferta tecnológica cambia en trimestres pero la estructura que debería regularla, en legislaturas, cuando lo hace.

Lo que conecta Ceuta con la IA, entonces, no es la coincidencia temporal ni un diagnóstico sobre el carácter de la sociedad española, sino algo mucho más preocupante. Se trata de dos shocks de velocidad radicalmente distinta (uno de demanda inmediata, otro de oferta lenta pero acumulativa) golpeando la misma estructura fiscal, y tal vez el mismo modelo político, diseñados para el ritmo pausado de una economía que ya no existe.

La pregunta de Wolf, aplicada a España, no es si podemos restaurar esa política. Es si alguien está dispuesto a rediseñarla antes de que la brecha entre lo que la estructura puede absorber y lo que la realidad le exige deje de medirse en porcentajes de déficit y empiece a medirse, como ya ocurre en Ceuta, en camas de hospital y agentes desbordados.