La financiación participativa vive uno de los momentos de mayor crecimiento de su historia. Cada vez aparecen más plataformas, más proyectos y más inversores interesados en este mercado.

Como alguien que lleva años trabajando en él, me alegra ver cómo un modelo que hace apenas unos años era prácticamente desconocido se ha consolidado como una alternativa real para promotores e inversores.

Sin embargo, también creo que el crecimiento cambia las reglas del juego. Cuando un sector alcanza esta dimensión, deja de bastar con crecer.

Empiezan a cobrar más importancia el rigor, la capacidad de seleccionar bien los proyectos y la confianza que es capaz de generar cada plataforma. Y, en mi opinión, ese es el momento en el que se encuentra hoy la financiación alternativa.

Hace apenas unos años, el crowdlending inmobiliario era una alternativa prácticamente desconocida para buena parte del mercado. Hoy se ha consolidado como una vía de financiación cada vez más utilizada por los promotores y como una fórmula de inversión que ha abierto el sector inmobiliario a miles de ahorradores.

En los últimos meses estamos asistiendo a la aparición de nuevos operadores y plataformas que buscan abrirse paso en este mercado

Siempre he defendido que ampliar las alternativas de financiación y abrir la inversión inmobiliaria a miles de ahorradores fortalece al conjunto del sector. Pero precisamente porque el mercado ha madurado, creo que ha llegado el momento de empezar a exigirnos más.

En mi experiencia, todos los sectores atraviesan una etapa en la que necesitan convencer al mercado de que funcionan. Después llega otra mucho más exigente, en la que tienen que demostrar que son capaces de crecer sin renunciar al rigor que les ha permitido llegar hasta ahí.

Tengo la sensación de que la financiación alternativa acaba de entrar en esa fase.

En los últimos meses estamos asistiendo a la aparición de nuevos operadores y plataformas que buscan abrirse paso en este mercado. La competencia siempre es positiva.

De hecho, creo que un mercado con más actores también nos obliga a todos a ser mejores. Lo que me preocupa es que esa carrera por crecer pueda llevarnos a normalizar la idea de que cualquier proyecto merece financiación o de que todas las plataformas ofrecen las mismas garantías. Y, sencillamente, no es así.

El crowdlending ya ha demostrado que puede ampliar las fuentes de financiación del sector promotor y democratizar el acceso a la inversión inmobiliaria

No todo proyecto debe financiarse. Y no toda plataforma debería intermediar inversiones. Precisamente ahí reside una de las mayores responsabilidades del sector.

Desde mi punto de vista, la regulación europea y la supervisión de la CNMV no son un distintivo comercial ni un simple requisito administrativo. Constituyen el marco que establece las obligaciones de transparencia, gobierno, información y protección del inversor que deben cumplir las plataformas autorizadas.

Por eso, antes incluso de analizar una oportunidad de inversión, el primer ejercicio de diligencia debería ser comprobar quién está detrás de la plataforma desde la que se invierte y bajo qué supervisión desarrolla su actividad.

Dicho esto, la confianza no empieza cuando se publica un proyecto; empieza cuando el inversor elige una plataforma regulada.

Durante años, el mercado ha tendido a centrar la conversación en la ubicación del activo, la rentabilidad prevista o el tipo de producto inmobiliario. Todos ellos son factores relevantes.

Sin embargo, si hay algo que he aprendido analizando cientos de operaciones es que con demasiada frecuencia ponemos el foco en el inmueble o en la rentabilidad esperada, cuando uno de los factores más importantes es quién va a ejecutar el proyecto.

Un promotor solvente no solo identifica una oportunidad. Debe ser capaz de gestionar el desarrollo urbanístico, coordinar la construcción, cumplir plazos, comercializar el producto y responder ante cualquier desviación que pueda surgir durante la ejecución del proyecto.

Un buen activo puede convertirse en un mal proyecto si quien lo ejecuta no cuenta con la experiencia, la estructura o la capacidad financiera necesarias.

Por eso, una plataforma responsable no puede limitarse a analizar el inmueble. Debe evaluar la trayectoria del promotor, su historial de promociones ejecutadas, su capacidad financiera, el conocimiento del mercado en el que opera, los recursos propios que aporta a la operación o las garantías que ofrece. Ese análisis es, probablemente, la principal aportación de valor que puede ofrecer al inversor.

En mi opinión, la verdadera madurez de una plataforma no se mide por el número de proyectos que publica, sino por aquellos que decide dejar fuera. Porque decir "no" también forma parte del trabajo.

Rechazar operaciones que no cumplen los criterios exigidos, aunque puedan resultar atractivas sobre el papel, es una decisión que protege al inversor, fortalece la confianza en el modelo y contribuye a elevar los estándares de todo el sector.

Existe además una responsabilidad colectiva que no conviene perder de vista. Cuando una plataforma actúa con falta de rigor o desarrolla su actividad sin las garantías necesarias, el daño rara vez se limita a esa compañía.

La desconfianza acaba proyectándose sobre un modelo que todavía continúa consolidándose y afecta también a quienes sí operan bajo criterios de máxima exigencia.

El crowdlending ya ha demostrado que puede ampliar las fuentes de financiación del sector promotor y democratizar el acceso a la inversión inmobiliaria. El siguiente desafío ya no consiste únicamente en seguir creciendo, sino en preservar la confianza que ha permitido llegar hasta aquí.

Al final, la confianza cuesta años construirla y muy poco perderla. Por eso creo que el futuro de la financiación alternativa dependerá, sobre todo, de nuestra capacidad para seguir siendo igual de exigentes que cuando empezamos.

***Íñigo Torroba, CEO de Civislend.