Hay una escena que se repite con la regularidad de una liturgia laica: un presidente cualquiera de un país subdesarrollado cualquiera sube a un atril adornado con la bandera del país cualquiera, exhibe un decreto, y promete que los aranceles devolverán su grandeza perdida a la nación cualquiera que él dirige.

Ese tipo de escena no solía darse en los Estados Unidos, al menos en los posteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero en esto llegó Trump.

Por lo demás, en su muy específica versión norteamericana, la estampa el arancel milagroso posee algo de exorcismo tribal, de conjuro contra un mal que nadie quiere nombrar de forma abierta, porque nombrarlo obligaría a mirar hacia adentro y no hacia China, ni hacia México, ni hacia ningún otro villano exterior.

Los datos del comercio exterior estadounidense correspondientes a 2025, esos recién publicados, poseen la crueldad aritmética de los hechos medibles y cuantificables frente a la cómoda maleabilidad infinita propia de los relatos.

Así, charlatanería chauvinista al margen, el déficit de la balanza comercial alcanzó 1,23 billones de dólares, el 4% del PIB. Creció, pues, pese a la exponencial escalada arancelaria del ya célebre “Día de la Liberación” (2 de abril de 2025).

Trump podría subir los aranceles hasta la estratosfera y el resultado sería, más o menos, el mismo

Es cierto que los aranceles atenuaron algo el ritmo de la hemorragia previa —el desajuste que se había disparado un 67% en el primer trimestre y se contrajo después—, pero el paciente sigue desangrándose sin parar, solo que más despacio.

Al cabo, Trump podría subir los aranceles hasta la estratosfera y el resultado sería, más o menos, el mismo. Y es que un país que ha dejado de fabricar la mayor parte de lo que consume a diario no puede empezar su camino de vuelta hacia el predominio industrial a base de tarifas arancelarias. Resulta algo tan obvio que produce hasta cierto pudor el exponerlo por escrito.

Porque se puede subir de modo artificial y arbitrario el precio de las aspirinas, pero si uno ya no produce aspirinas, el encarecimiento solo castiga al paciente que las necesita. He ahí otra obviedad.

Aunque lo verdaderamente revelador no es tanto el tamaño persistente del agujero comercial norteamericano como su origen geográfico. Ocurre que la guerra neomercantilista de Trump contra China ha tenido el éxito perverso de reducir el déficit aparente con Pekín —ahora solo el 16,5% del total, ocho puntos menos que el año anterior— mientras el cráter con la región de Asia-Pacífico en su conjunto seguía creciendo hasta representar el 60% del total.

Es la vieja treta del agua que, cuando se le cierra una salida, siempre encuentra otras siete alternativas para seguir su curso. Taiwán, Vietnam, Tailandia, Indonesia: ahí es donde está ahora la fuga.

La aritmética geopolítica, cuando se enfrenta a la lógica del capital, siempre pierde por goleada

El caso de Foxconn ilustra de modo paradigmático el novísimo juego al escondite arancelario de Pekín. La fábrica que ensambla los iPhones sigue radicada en China continental, igual que también sigue siendo propiedad de una compañía taiwanesa. Pero, al exportar el producto final desde Taiwán, técnicamente ya no es China quien vende los iPhones en el mercado interno de Estados Unidos.

Uno cierra la puerta y el viento se cuela por la ventana; uno pone aranceles a Pekín y las mercancías chinas cruzan el Pacífico con pasaporte vietnamita, cuando no laosiano, camboyano o taywanés. La aritmética geopolítica, cuando se enfrenta a la lógica del capital, siempre pierde por goleada.

Pero el dato que de verdad debería quitarle el sueño a cualquier estratega de Washington no es comercial, sino tecnológico. El déficit en productos de alto contenido tecnológico se ha disparado un 40% en un solo año, hasta absorber un tercio de todo el desequilibrio comercial estadounidense.

Ahí, en biotecnología, en materiales avanzados, en telecomunicaciones, es donde debería residir el músculo de una superpotencia que aspira a reafirmar su dominio, y sin embargo es ahí donde se abre la grieta más profunda.

Que Estados Unidos siga exportando aviones militares y armamento no supone un consuelo: es la fotografía de un país que conserva su industria de guerra mientras pierde, uno tras otro, los sectores civiles del futuro.

La explicación de fondo no supone, por lo demás, ningún misterio insondable. A mediados de la década de los setenta del siglo pasado, las grandes corporaciones americanas descubrieron que resultaba mucho más rentable fabricar fuera.

Deslocalizaron, primero con cautela, después con entusiasmo, hasta convertir regiones industriales enteras —el llamado Rust Belt no es una metáfora, es un cementerio con nombre propio— en páramos que hoy votan, no por casualidad, a quien les promete un enemigo exterior al que culpar.

Wall Street, mientras tanto, se ponía manos a la obra con la nueva fiesta de la financiarización. Fue una mutación consciente y deliberada: cambiar cadenas de montaje por derivados apalancados, obreros fabriles por gestores de fondos de cobertura.

Ahí reside la paradoja que ningún arancel puede resolver. El estadounidense medio sigue consumiendo con el apetito voraz que le exige el American Way of Life, pero su salario lleva décadas congelado en términos reales. Necesita, por tanto, que esos bienes sean baratos, muy baratos.

Y los bienes baratos, en la economía global tal como está construida, solo pueden llegar de Asia. Es la cuadratura imposible del círculo trumpista: quiere factorías americanas y precios vietnamitas, quiere proteccionismo y poder adquisitivo creciente, quiere cerrar fronteras sin que suba el coste de vida de quienes le votan.

Y no hay decreto presidencial capaz de reconciliar esas dos exigencias antitéticas, porque no son contradicciones de una política económica específica, sino taras congénitas de un modelo de capitalismo que decidió, hace medio siglo, que eso de fabricar productos era cosa de países pobres y que, en cambio, hacer alquimia financiera con el dinero ajeno era asunto de imperios sofisticados.

China, mientras tanto, optó por la opción contraria. Mientras Washington ludopatizaba su economía, Pekín la industrializó con un fervor colectivo calcado del olvidado capitalismo productivo americano del siglo XIX.

El resultado, años después, es el que documentan de modo aséptico las estadísticas del comercio: un país que sabe fabricar y otro que ya apenas sabe amenazar con los rigores del infierno bélico a sus competidores. Los aranceles pueden retrasar el diagnóstico, pero no cambian la enfermedad.

Y las enfermedades estructurales, como el pecado original, no se curan con penitencias arancelarias los domingos.

*** José García Domínguez es economista.