La economía española es una de las que más crecen en Europa, principalmente porque nos hemos beneficiado de los bajos precios de la energía, del aumento de la demanda interna, del auge del turismo y del crecimiento poblacional, que se ha debido fundamentalmente a los flujos migratorios.
El tirón de la economía se refleja en la creación de empleo, a tenor de los casi 22,3 millones de ocupados, según la Encuesta de Población Activa (EPA) del primer trimestre de 2026, 527.600 más que hace un año y 2,3 millones más que antes e la pandemia.
También ha mejorado la estabilidad contractual gracias al récord de empleo indefinido y a la reducida tasa de temporalidad que se sitúa en el mínimo histórico de un 14,8% - lo que representa un descenso de 4 décimas respecto al mismo periodo del año anterior-. El paro está descendiendo por debajo del doble dígito.
Los salarios, sin embargo, han tenido una evolución más dispar: pese a una leve mejora en los últimos años, la participación de las rentas salariales en el PIB ha seguido una tendencia descendente (gráfico 1).
La participación de las rentas salariales en el PIB ha pasado del 65% en el año 2000 al 63% en 2026, mientras que en la media de los países de la zona euro ha crecido -del 63,7% al 64%- en el mismo periodo.
Gráfico 1. Participación de rentas laborales en el PIB a coste de factores (%)
Además, el repunte de la inflación podría entrañar un nuevo deterioro del poder adquisitivo de los salarios. Desde la pasada primavera, cuando se inició el conflicto en Irán, el IPC ha escalado hasta alcanzar el 3,2% el mes pasado, por encima de la media de la eurozona.
Esta brecha de inflación con Europa se explica principalmente por la retirada de las medidas fiscales anticrisis, la resiliencia del consumo interno apoyada en el sector turístico y un impacto asimétrico de los costes energéticos.
La inflación ha sido la gran protagonista de la evolución de los salarios reales en los últimos años (gráfico 2). En 2021 y 2022 los salarios reales decrecieron frente a tasas de inflación del 3,1 y 8,4% respectivamente. En 2023 experimentaron un casi nulo crecimiento del 0,1% con un aumento de los precios del 3,6%, y en 2024 y lo que llevamos de 2025 han crecido un 0,6 y un 1% respectivamente, con inflaciones del 2,8 y del 2,5%.
A lo que se añade una mayor carga fiscal por no ajustar la tarifa del IRPF a la inflación, redundando en un aumento de la presión fiscal.
El resultado: una pérdida acumulada de poder adquisitivo que en muchas ocasiones hace difícil afrontar gastos básicos como la vivienda, la energía o la cesta de la compra. No sorprende que 611.000 personas necesiten más de un trabajo para llegar a fin de mes, según la EPA.
Gráfico 2. Poder adquisitivo de los salarios (tasas de variación anual, en %)
Es decir, en los dos últimos años, el comportamiento de los salarios amparados por la negociación colectiva, que afecta a 9,4 millones de trabajadores en España, ha sido más favorable, con crecimientos ligeramente superiores a la inflación media. Otros trabajadores, sin embargo, no han tenido esa suerte.
También se aprecian disparidades con relación a los márgenes empresariales, dentro de una tendencia general más favorable que en el caso de los salarios. Posiblemente las empresas tratan de mantener su cuota de mercado comprimiendo los costes laborales, mientras los beneficios empresariales siguen una tendencia más expansiva.
Según datos de la Central de Balances del Banco de España recogidos en el Observatorio de Márgenes Empresariales, el margen de beneficios sobre ventas está alcanzando niveles récord: el 10,8% en el primer trimestre de 2026, 1,4 puntos más que en 2019, a pesar del incremento de los costes energéticos, de transporte y de materias primas que se han experimentado en este periodo de brote inflacionario.
En tela de fondo: el débil comportamiento de la productividad, que explica que los salarios y los márgenes se conviertan en fuerzas antagónicas al competir por recuperar terreno. Todo ello redunda en que en España tengamos un doble problema por los reducidos salarios.
Por una parte, la pobreza laboral, entendida como la situación de aquellos hogares que, pese a tener sus miembros ocupados, permanecen por debajo del umbral de pobreza, persiste a pesar del crecimiento económico.
Por otra parte, los bajos salarios terminan expulsando al capital humano mejor cualificado y más competitivo a otros países. A la postre los bajos y la debilidad de la productividad de nuestra economía se retroalimentan.
En suma, todo apunta a la persistencia de factores comunes a los bajos salarios y el débil comportamiento de la productividad. Abordarlos no es solo una prioridad para garantizar la igualdad de oportunidades y contener la frustración que se extiende entre las nuevas generaciones.
También determina nuestra capacidad para potenciar nuestro tejido productivo y no perder el tren de la revolución tecnológica.
*** Mónica Melle Hernández es profesora de Economía de la UCM.
