España vuelve a estar a las puertas de hacer historia. La selección llega a la final de Mundial 2026.
Sin embargo, mientras millones de personas seguimos ilusionándonos con lo que ocurre sobre el césped, cada vez resulta más difícil ignorar todo lo que sucede alrededor.
El torneo que debería representar la máxima expresión del deporte ha vuelto a estar acompañado por polémicas institucionales, intereses y decisiones que poco tienen que ver con el juego.
Quizá ha llegado el momento de preguntarnos no solo quién ganará el Mundial, sino qué tipo de fútbol queremos que gane.
Seguramente no estoy solo al pensar que el Mundial de Fútbol de 2026 nos dio muchas razones para dejar de creer —si es que todavía lo hacíamos— en sus méritos deportivos.
Las injerencias de Trump, el papel lamentable de la FIFA, las denuncias de corrupción, los problemas con el control de fronteras, con su máximo exponente en el trato y las condiciones precarias en las que estuvo la selección de Irán, o la excesiva dependencia de una tecnología que tiene márgenes de error superiores a algunos de los fueras de juego señalados.
A todo esto, se suma el “hacer más ricos a los ricos" llevado al extremo, con David Beckham, que ya ni juega al fútbol, pero es propietario del Inter de Miami (equipo en el que juega Lionel Messi), liderando con ocho contratos con patrocinadores del Mundial y beneficiándose de la americanización del fútbol, que ahora tiene tres pausas publicitarias.
Pero no es sobre esto sobre lo que quiero escribir. Tampoco es sobre el cartel de patrocinadores, liderado por casas de apuestas que, como ocurre un poco en todo el mundo, y también en otros deportes, arruinan a familias e incluso la vida de los jugadores —un problema que la Universidad de Harvard ya calificó de "crisis de salud pública"— mientras nos quieren convencer (y a los millones de niños que ven los partidos del Mundial) de que adivinar es fácil, da dinero y hace realidad los sueños.
Lo que pretendo es hacer una reflexión más profunda sobre el deporte en general, pero en especial sobre el fútbol como deporte rey.
El fútbol de selecciones era una especie de último reducto para quienes queríamos disfrutar de forma sencilla del fútbol, con grandes partidos, grandes jugadores y grandes goles, sin la sombra de la monetización, de la corrupción, las manipulaciones de resultados, los clubismos exacerbados, ni los sesgos creados por la entrada de capital privado en la estructura accionarial de los clubes. Los que solo queríamos amor a la camiseta, orgullo por la selección y dejarlo todo en el campo. Eso (casi) ya no existe.
Pero cuando los sistemas vigentes y los incumbentes fallan, otras alternativas avanzan.
Fue cuando la economía demostró que, a pesar de la creación de riqueza, no era capaz de evitar una distribución desigual de esta ni de garantizar la inclusión de las personas más desfavorecidas, cuando nació la economía social.
Fue cuando los bancos fallaron en la transparencia y en los valores cuando nació la banca ética.
Cuando las "utilities" dejaron de tener el objetivo de servir al consumidor y pasaron a priorizar la maximización de beneficios, renacieron las cooperativas de energía (“renacieron" porque las primeras tuvieron su origen en la electrificación, allí donde las eléctricas públicas no llegaban).
Y cuando las gestoras de fondos fallaron al no dejar fuera de sus inversiones actividades como el armamento, el juego o la destrucción ambiental, nació la inversión de impacto.
¿Necesitaremos ahora un fútbol de impacto? Fútbol jugado por el juego y por la gloria, pero sin faltas simuladas, sin corrupción, sin el equipo titular condicionado por los empresarios más influyentes...
Podemos pensar que estas actividades son un nicho, pero la verdad es que ya alcanzan volúmenes muy relevantes: se invierten anualmente más de 50.000 millones de euros en impacto, hay más de 2 millones de personas que son miembros de cooperativas de energía en Europa, y más de 500 millones de personas en todo el mundo que han optado por la banca ética y las estructuras cooperativas o mutualistas.
Y estos son solo ejemplos de quienes decidieron pasar a la acción; el potencial es gigantesco.
En el fútbol también podemos encontrar ya algunas iniciativas relevantes y con impacto, como el A.E. Ramassá en Cataluña (el primer club de fútbol ONG en España), centrado en la cooperación internacional.
También el CEAR CF, que trabaja por la inclusión de personas refugiadas; el Dragones de Lavapiés en Madrid, antirracista y feminista; y torneos como la Homeless World Cup, para combatir el problema de las personas sin hogar (que dio origen a la película “The Beautiful Game”).
Incluso está FENIX Cup para clubes de gestión democrática o con un propósito especial, así como otras iniciativas más institucionales como la Common Goal o el Football for the Goals de las Naciones Unidas.
Naturalmente no será fácil combinar el deporte de impacto con el deporte de alta competición, pero lo mismo ocurría al inicio de la inversión de impacto y, hoy, sin haber alcanzado todavía el mismo volumen, ya ha demostrado que proporciona retornos similares con menos volatilidad y empresas más resilientes.
No sé exactamente cómo será el “fútbol de impacto" (o el "fútbol ético"), pero tengo la certeza de que se parecerá más a lo que debería haber sido.
*** Nuno Brito Jorge es CEO y cofundador de Goparity.
