Vivimos un momento en el que parece que conocemos al consumidor más que nunca. Sabemos que busca productos más saludables, más sostenibles, más prácticos y, al mismo tiempo, capaces de ofrecer pequeños momentos de disfrute en un día a día cada vez más exigente.

Y es que en el sector del gran consumo observamos esa evolución de forma constante y trabajamos para anticiparnos a ella, desarrollando productos que respondan a unas necesidades que no dejan de cambiar.

Sin embargo, existe una paradoja que merece que nos paremos a reflexionar: nunca había sido tan evidente la necesidad de innovar y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil que esa innovación llegara al consumidor.

"El número de innovaciones en gran consumo se ha reducido un 52% en los últimos quince años"

Tras mi primer año al frente de Promarca, estoy convencido de que la capacidad de innovar sigue siendo una de las grandes fortalezas de nuestra industria.

Y así lo demuestra el último Radar de la Innovación, que refleja que, aunque el número de innovaciones en gran consumo se ha reducido un 52% en los últimos quince años, son las marcas de fabricante las que lideran ese esfuerzo y lanzan el 88% de las innovaciones.

Las que siguen dedicando años a la investigación, las que siguen invirtiendo, las que siguen apostando por un mercado en el que ofrecer productos cada vez mejores al consumidor sea la norma y no la excepción.

Sin embargo, la innovación no termina cuando un producto sale de la fábrica. En realidad, es ahí donde empieza el recorrido más difícil.

Hoy una innovación llega, de media, a menos de tres de cada diez establecimientos, y solo el 29% consigue superar la penetración media de su categoría. Y es que no es casualidad que muchas innovaciones desaparezcan, pero no porque no aporten valor, sino porque no encuentran la oportunidad de demostrarlo.

"El futuro de la innovación no depende únicamente de quienes la desarrollan"

Y cuando eso ocurre, perdemos todos. Pierde el fabricante, que ve cómo el esfuerzo de años de trabajo encuentra más dificultades para consolidarse. Pierde la distribución, que renuncia a incorporar nuevas propuestas capaces de dinamizar las categorías y enriquecer su oferta.

Y pierde, sobre todo, el consumidor, que cada vez tiene menos opciones para elegir productos que respondan mejor a sus necesidades y preferencias.

La innovación nunca ha sido un fin en sí mismo. Es una herramienta para mejorar la vida de las personas, impulsar la competitividad de nuestras empresas y fortalecer el tejido industrial de nuestro país.

Cada nuevo producto que consigue abrirse camino aporta valor más allá de la marca que lo desarrolla: genera crecimiento para toda la categoría, estimula una competencia necesaria y permite que los consumidores tengan la capacidad de elegir.

"Apostar por la innovación no es apostar por una marca concreta, es apostar por un mercado más dinámico y más competitivo"

Por eso, el futuro de la innovación no depende únicamente de quienes la desarrollan. Depende también de que seamos capaces de construir un ecosistema que favorezca la colaboración entre fabricantes y distribución y que permita que las buenas ideas encuentren el espacio que necesitan para consolidarse.

Porque apostar por la innovación no es apostar por una marca concreta, es apostar por un mercado más dinámico, más competitivo y con mayor capacidad para responder a las demandas de la sociedad.

La historia del gran consumo demuestra que cada gran avance comenzó siendo una apuesta inicial, un salto al vacío. Alguien que decidió invertir, investigar y asumir el riesgo de hacer las cosas de una forma diferente, y ese espíritu sigue vivo en nuestras marcas.

Nuestro reto ahora es que esa ambición por seguir innovando complete el camino para llegar a las personas. Porque cuando la innovación llega al consumidor, no solo gana una marca. Gana la distribución, gana la industria, gana la economía y, sobre todo, ganan los consumidores.

*** Fernando Fernández, presidente de Promarca