La próxima semana arranca en Estados Unidos la temporada de resultados del segundo trimestre, y las expectativas son ambiciosas: el consenso anticipa un crecimiento del beneficio por acción cercano al 23% interanual para el S&P 500.

Es un buen momento para detenerse en una pregunta que rara vez se hace fuera de las firmas de inversión: ¿qué estamos midiendo realmente cuando celebramos que una empresa "bate resultados"?

El indicador rey sigue siendo el beneficio por acción, el BPA. Su lógica es intuitiva: se toma el beneficio neto y se reparte entre el número de acciones. Cuanto mayor es esa cifra y más rápido crece, más dispuesto está el mercado a pagar por la acción. Sobre esa vara se construyen la mayoría de las valoraciones bursátiles. Y ahí reside tanto su virtud como su punto ciego.

El BPA es una foto del pasado reciente: recoge lo que la empresa ganó en un trimestre, pero no captura bien los compromisos futuros que una compañía asume hoy y que tardarán años en traducirse en ingresos y resultados. Es exactamente lo que está ocurriendo con la inversión en inteligencia artificial.

Un crecimiento concentrado en pocos sectores

Conviene notar de dónde viene el optimismo. El grueso de la mejora de beneficios se concentra en unos pocos sectores, energía y, sobre todo, tecnología, esta última empujada por el gasto en infraestructura de IA. Si se excluye tecnología, el crecimiento del resto del índice es bastante más modesto.

Estimaciones de crec. BPA 2T26 – sectores del S&P 500 (%) Fuente: Afi, FactSet

El desfase entre inversión y beneficio

Las grandes tecnológicas están desplegando cantidades históricas de capital, los llamados centros de datos y capacidad de cálculo, para sostener la IA. Las estimaciones sitúan la inversión corporativa global en el rango de varios billones de dólares hasta 2030. El detalle contable es importante: esa inversión no reduce el beneficio de golpe, sino que se reparte a lo largo de la vida útil de los activos.

Por eso una empresa puede seguir presentando un BPA brillante mientras acumula compromisos que comprometen su caja durante años. Algunas han pasado, de hecho, de generar efectivo a endeudarse para financiar ese despliegue.

Ahí es donde el análisis honesto debe cambiar de indicador. Ya no basta con preguntar cuánto gana una empresa hoy, sino cuánto va a ganar mañana en relación con lo que está invirtiendo ahora.

Es el binomio inversión-retorno, que en su versión más rigurosa se mide como retorno sobre el capital invertido: los beneficios futuros divididos entre el dinero comprometido para generarlos.

Y las cuentas no son evidentes. En el escenario más agresivo de inversión, el crecimiento de ingresos previsto por las propias tecnológicas se quedaría corto para justificar un retorno razonable, del orden del 9-12%, sobre el capital empleado.

Puede que salgan, pero solo si se cumplen varias condiciones: que la IA eleve de verdad la productividad de la economía y que el sector tecnológico capture una parte suficiente de esa mejora. Nada de eso se valida en un trimestre.

Qué vigilar como lector

De cara a esta temporada de resultados, tres señales importan más que el titular de "batió expectativas".

Primero, las guías que dé cada empresa sobre inversión futura: nuevas revisiones al alza del capex necesario son una carga, no una buena noticia, si no vienen acompañadas de ingresos.

Segundo, la relación entre caja e inversión: conviene mirar si la empresa financia su expansión con recursos propios o recurriendo cada vez más a deuda.

Tercero, la amplitud del crecimiento: mientras dependa de un puñado de nombres, la fortaleza aparente del índice es más frágil de lo que sugiere el BPA.

La lección de fondo es sencilla y clásica: el beneficio de hoy y el valor de mañana no siempre coinciden. En una fase de inversión tan intensa como la actual, saber distinguir entre ambos es, probablemente, el cálculo más valioso que puede hacer un inversor.

***Miguel Díaz - Profesor de Afi Global Education.