El fin de los fondos europeos y los coletazos del conflicto geopolítico entre EEUU e Irán marcan una etapa de cierta desaceleración económica. La tregua es aún frágil y el paso por el estrecho de Ormuz no se ha normalizado por completo, lo que constituye la derivada más perjudicial para la economía mundial.

España afronta esta crisis desde una posición de fortaleza, pero el encarecimiento de la energía y el deterioro del entorno internacional restarán algo de dinamismo y la inflación seguirá presionando durante un cierto tiempo.

Cuando estalló el conflicto en Irán, la economía española crecía a buen ritmo, siendo el consumo privado el principal motor de crecimiento, y con las exportaciones de servicios y la inversión que mantenían un buen ritmo.

Tras un segundo trimestre que podría sorprender al alza, el resto del año apunta a una moderación, pero no a un cambio de tendencia. En parte por las medidas que aprobó el Gobierno para mitigar el impacto de la guerra sobre los hogares y los sectores económicos más expuestos, cuya duración se ha ampliado hasta el otoño.

El empleo continúa avanzando con fuerza y el consumo mantiene una evolución positiva, aunque más contenida. Y, a pesar del impacto de la guerra, la incertidumbre política, los aranceles, y la subida de precios energéticos, el Gobierno ha revisado al alza el crecimiento del PIB de este año hasta el 2,6% -mejorando en cuatro décimas la previsión de noviembre-.

La inflación que se mantendrá bastante por encima del objetivo del 2% durante el próximo año

Las ayudas anticrisis han permitido por el momento apuntalar la demanda interna, pero las previsiones para el próximo año son de un crecimiento que apenas alcanzará el 2%.

El final de los fondos europeos Next Generation provocarán un descenso de la inversión, y el consumo interno perderá fuerza ante una evolución de los precios muy por encima de la de los salarios.

Por otra parte, las exportaciones de bienes vienen mostrando su debilidad hace meses, en un contexto marcado por el giro proteccionista de EEUU y las disrupciones asociadas al conflicto en Oriente Próximo.

Conflicto que se irá diluyendo de forma gradual, pero que, tal y como descuentan los mercados de futuros de energía, aún hará que los precios del petróleo y el gas sigan elevados en el corto plazo.

Ello afectará a la inflación que se mantendrá bastante por encima del objetivo del 2% durante el próximo año. Además de los efectos directos en el consumo de las familias, repercutirá en una menor demanda externa, por el menor crecimiento de los socios comerciales.

El aumento de la inmigración puede paliar la presión que dicha población envejecida ejerce sobre las cuentas públicas

La buena noticia es que la inflación avanza a menor ritmo en los otros grandes países de la eurozona, de modo que el Banco Central Europeo podría prescindir de nuevas subidas de tipos de interés, o a lo suma proceder a un solo ajuste de un cuarto de punto.

Además, a favor de la evolución del crecimiento durante el próximo año juega el posible aumento de parte de los flujos turísticos internacionales hacia nuestro país, buscando destinos alternativos a los situados en Oriente Próximo.

También es positiva la elevada tasa de ahorro de los hogares españoles, que se sitúa en el 12,0% de la renta disponible bruta, claramente por encima de su promedio histórico. Este colchón financiero puede suavizar el impacto de la inflación sobre el consumo.

Es el momento, por tanto, de focalizar la política económica en reforzar la resiliencia ante futuras perturbaciones. En un contexto de elevada incertidumbre, nuevas crisis energéticas o conflictos internacionales pueden afectar rápidamente las expectativas, de ahí la importancia de ensanchar el margen de acción macroeconómica. En este sentido, preocupa que nuestro país no haya sido incapaz de adoptar nuevos presupuestos en los tres últimos años –una situación que nos hace vulnerables ante futuros shocks--.

El tirón de la economía aporta también una ventana de oportunidad para abordar los principales retos estructurales, como son el envejecimiento de la población y el reducido crecimiento de la productividad.

España es uno de los países europeos que envejecen más rápidamente. El aumento de la inmigración puede paliar la presión que dicha población envejecida ejerce sobre las cuentas públicas.

Respecto a la productividad, aunque ha repuntado en los últimos años, sigue siendo una de las debilidades históricas de la economía española, con un crecimiento del PIB per cápita aún inferior al que cabría esperar para una economía desarrollada. Ello condiciona la competitividad de las empresas españolas y la capacidad de crecimiento a largo plazo.

Pero el desafío más visible de la economía española es la escasez de oferta de vivienda. El aumento de precios está reduciendo la accesibilidad, especialmente para jóvenes, dificultando su capacidad de emanciparse y perjudicando la movilidad laboral.

Siendo uno de los principales desafíos de la economía española el elevado paro juvenil, la escasez de vivienda no solo es un problema social, sino también económico de primera magnitud.

El desempleo está bajando y podría situarse por debajo del 10% en 2027, pero seguiría siendo uno de los más altos de Europa, y con importantes diferencias entre las distintas regiones, principalmente por la escasez de trabajadores cualificados en algunos sectores.

Finalmente, ya sin el estímulo de los fondos europeos Next Generation, la economía española debe seguir el proceso de cambio de modelo productivo para ser menos dependiente del turismo, y apostar por sectores de alto valor añadido vinculados a los servicios y a la industria.

Y conseguir una mayor autonomía energética que se ha mostrado clave para la fortaleza de la economía española en un contexto internacional de crisis energéticas y geopolíticas. Aprovechemos que la economía va bien para abordar las tareas pendientes.

*** Mónica Melle Hernández es profesora de Economía de la UCM.