Cada vez que se publica un informe sobre inteligencia artificial (IA) y empleo, el debate se reduce a si esta crea o destruye puestos de trabajo. Esta pregunta es limitada, intenta mirar el “saldo final” que tendrá la IA, pero la economía del cambio tecnológico lleva décadas enseñándonos que una misma innovación actúa por varios canales a la vez, y que el resultado agregado muchas veces no es más que la suma de fuerzas que tiran en sentidos opuestos, que son las que merece la pena entender y cuantificar.

Actualmente, el marco más útil para ordenar esos canales lo ofrece un trabajo académico reciente de Hampole, Papanikolaou, Schmidt y Seegmiller (2025). Sus autores distinguen tres mecanismos por los que la IA afecta a la demanda de trabajo dentro de una empresa.

El primero es la sustitución directa: la IA automatiza tareas concretas y reduce la necesidad de las habilidades ligadas a ellas. Su efecto es el que todo el mundo teme y copa los titulares, una menor demanda de trabajo.

El segundo es la reasignación: cuando la IA solo afecta a algunas tareas de un puesto de trabajo, algo mucho más habitual de lo que se suele pensar, el trabajador desplaza su esfuerzo hacia las tareas que la IA no aborda, normalmente las de mayor valor. Esto hace que su productividad suba y, lejos de sobrar, se vuelve más necesario.

El tercero es el crecimiento de la empresa, ya que las compañías que adoptan IA producen más barato, ganan cuota de mercado y crecen más, lo que se traduce en más contrataciones en general, también en los puestos de trabajo expuestos a la IA.

La relación entre exposición a la IA y crecimiento del empleo es, a primera vista, positiva

La aportación de este trabajo académico es mostrar que, en general, estos tres canales se compensan en buena medida. A nivel agregado, las ocupaciones más expuestas a la IA no sufren la sangría de empleo que anticipan las proyecciones más alarmistas, ya que el efecto neto resulta sorprendentemente moderado.

Sin embargo, es razonable pensar que España, al ser un país tan diferente a EEUU, pueda mostrar un efecto diferente.

¿Qué empezamos a ver en España? Cruzando los microdatos de la Encuesta de Población Activa (EPA) con índices de exposición a la IA por ocupación y por sector, el patrón encaja con los primeros resultados que están comenzando a obtener trabajos académicos.

La relación entre exposición a la IA y crecimiento del empleo es, a primera vista, positiva. Las ocupaciones y los sectores más expuestos —profesionales, TIC, finanzas— son los que más empleo han creado entre 2019 y 2025, no los que menos.

[GRÁFICO 1: dispersión exposición a la IA frente a crecimiento del empleo en España, con pendiente positiva]

Conviene leer ese gráfico con cautela. Parte de esa correlación positiva precede a la irrupción de ChatGPT y refleja la terciarización y la digitalización previas de la economía española. De hecho, cuando se acorta el horizonte temporal, la señal se difumina considerablemente.

Es pronto para un veredicto, pero los datos disponibles hasta la fecha no apuntan a una destrucción neta significativa del empleo en los segmentos del mercado más expuestos. Los tres canales de Hampole y coautores parecen estar compensándose también en España.

Sin embargo, existe un matiz preocupante que aparece al desagregar el dato por edad. En las ocupaciones más expuestas, el empleo de los menores de 25 años ha caído de forma significativa desde 2023, mientras que el de los tramos centrales (35-44 años) ha crecido.

[GRÁFICO 2: efecto de la exposición a la IA sobre el empleo por tramo de edad; barra negativa en 16-24, positiva en 35-44]

Estos resultados también encajan bien dentro del marco teórico que hemos dibujado antes: la sustitución directa recae sobre las tareas de entrada, las más rutinarias y sustituibles por IA, que son precisamente las que realizan los empleados júnior, que se benefician mucho menos del resto de canales positivos de impacto. Los sénior, en cambio, capturan en mayor medida los efectos positivos, la reasignación hacia tareas de criterio y el crecimiento de sus empresas.

No es un problema de despidos, sino del flujo de entrada al mercado laboral, donde la IA no destruye directamente puestos de trabajo, pero sí parece apuntar a una menor creación de oportunidades para los perfiles júnior en las ocupaciones más expuestas.

En conjunto, estos primeros resultados, consistentes con la mejor evidencia hasta el momento, no respaldan la hipótesis de destrucción neta de empleo en España asociada a la adopción de inteligencia artificial. El efecto neto resulta, hasta la fecha, moderado.

No obstante, los datos desagregados apuntan a una recomposición incipiente en el acceso al mercado laboral, concentrada en los tramos de menor edad y cualificación. La pregunta relevante no es si la IA destruye empleo, sino quién queda fuera cuando la puerta de entrada se estrecha.

*** Ángel Martínez, profesor de Afi Global Education.