El pasado viernes, el Nasdaq Composite cedió un 4,2%, su peor sesión desde abril de 2025, y el golpe fue especialmente violento en semiconductores. El índice PHLX Semiconductor perdió un 10,3%, su peor día desde marzo de 2020.

Reuters calculó que el sector de chips cotizado en Estados Unidos borró alrededor de 1,3 billones de dólares de capitalización en una sola jornada. Puede que fuera una mera corrección o puede que fuera una advertencia.

La próxima salida a bolsa de SpaceX, cuyo ticker será SPCX, llega justo cuando el mercado empieza a preguntarse si no hay demasiadas historias de IA pidiendo capital al mismo tiempo.

SpaceX es, por eso, el caso perfecto para entender el dilema. No es una empresa cualquiera envuelta en una narrativa tecnológica. Es una compañía con activos reales y una posición competitiva que, en algunos segmentos, roza el monopolio operativo.

La presentación de la OPV a la que tuve acceso el viernes, habla un precio de colocación de 135 dólares, lo que implica la captación de unos 75.000 millones destinados a infraestructura de computación de IA, vehículos espaciales y constelaciones satelitales. No es una OPV para financiar una promesa. Es una oferta para financiar una arquitectura de poder.

La parte más sólida de la historia está en el espacio y en Starlink. SpaceX afirma haber realizado unas 650 misiones, tener más de 9.600 satélites Starlink, operar en 164 países y contar con unos 10,3 millones de suscriptores. También presume de concentrar más del 80% de la masa enviada a órbita desde 2023 y de que Starlink representa alrededor del 75% de los satélites activos maniobrables en órbita. Son cifras extraordinarias, pero no absurdas dentro de la lógica de la empresa. Aquí no estamos ante humo. Estamos ante escala, integración vertical y una ventaja de costes difícil de replicar.

La presentación muestra ingresos de 10.400 millones en 2023, 14.000 millones en 2024 y 18.700 millones en 2025, con EBITDA ajustado de 3.800, 5.400 y 6.600 millones respectivamente, lo que suponen márgenes tan solidos como del 35% de media. Esto no convierte automáticamente a SpaceX en barata, pero sí la separa del universo de empresas que solo venden diapositivas.

El deck no se conforma con cohetes reutilizables, satélites e internet global. Presenta a SpaceX como una plataforma integrada de espacio, conectividad e inteligencia artificial, con xAI, X, Grok, infraestructura de computación, centros terrestres, chips propios y hasta computación orbital. La ambición es fascinante. También peligrosamente expansiva.

La propia compañía habla de un mercado direccionable cercano a 5,7 billones de dólares en el corto plazo y de 28,5 billones cuando la IA desbloquee aplicaciones empresariales. Esa cifra no debe leerse como mercado capturable, sino como recurso retórico. Es el tipo de número que en un roadshow sirve para ensanchar la imaginación, no para valorar una acción.

Ahí está la frontera entre realidad y ficción. Es real que SpaceX domina el lanzamiento orbital comercial. Es real que Starlink ha convertido una capacidad industrial en una relación directa con millones de clientes. Es razonable pensar que Starship, si alcanza la cadencia prometida, puede reducir costes y abrir mercados hoy marginales.

Pero es mucho menos verificable que SpaceX pueda ser simultáneamente líder en modelos de IA, infraestructura de cómputo terrestre, computación orbital, chips propios, publicidad digital, suscripciones de consumo y aplicaciones empresariales. En la presentación, la IA aparece como multiplicador de todo.

En valoración, eso suele ser una señal de peligro. Cuando una empresa empieza a sumar mercados gigantes sin explicar qué parte capturará, con qué márgenes y frente a quién, el inversor debe bajar el volumen de la música.

Mi lectura es que SpaceX no parece una burbuja vacía, pero sí puede salir a bolsa con precio de perfección. Y eso es distinto. Una burbuja necesita que todo sea mentira. Un precio de perfección solo necesita que la realidad llegue más despacio de lo que prometen las diapositivas.

La empresa tiene una ventaja industrial difícil de discutir, pero la valoración que se comenta en mercado, próxima a 1,75 billones de dólares, exige aceptar que SpaceX no será solo la compañía que abarató el acceso al espacio, sino una de las infraestructuras centrales de la economía de la IA. Ese salto intelectual es enorme. Puede salir bien, pero no debería comprarse como si ya hubiera ocurrido.

La comparación con Tesla es inevitable. Cuando Tesla salió a bolsa, muchos la vieron como una epopeya absurda en una industria dominada por fabricantes europeos, americanos y japoneses.

Durante años sus detractores tuvieron argumentos razonables. Luego la empresa hizo algo que los mercados respetan mucho más que cualquier promesa. Tesla cotiza hoy al mismo múltiplo que cuando salió a bolsa parecía desorbitado, comparado con sus comparables, pero el valor económico de sus ventas hoy es 1000 veces mayor que hace 16 años con la mayoría de esos mismos comparables sumidos en una crisis existencial.

En SpaceX, que debutará cotizando a 100 veces ventas, muchos ven un paralelismo realista. Tesla fabricó, escaló, bajó costes, creó marca y obligó al sector entero a moverse desvelando las miserias de la industria europea. SpaceX podría estar en una fase parecida, pero con una diferencia decisiva. Tesla salió al mercado antes de que el consenso creyera del todo mientras que SpaceX puede hacerlo cuando demasiados quieren creer demasiado. Esa es su grandeza. Y también su riesgo.