Cuando en 1891 León XIII publicó su encíclica Rerum Novarum, que abordó la llamada “cuestión obrera” en el contexto de la Segunda Revolución Industrial, algo cambió para siempre en el modelo de trabajo de las sociedades occidentales. El Papa rechazó tanto el liberalismo económico sin límites -que dejaba al trabajador a merced del mercado- como el socialismo revolucionario que proponía abolir la propiedad privada.

Con este equilibrio, el texto sentó las bases de la doctrina social de la Iglesia al afirmar principios que después se convertirían en estructurales: la dignidad del trabajo humano, el derecho de asociación (incluidos los sindicatos), la intervención legítima del Estado para corregir abusos y la primacía del bien común sobre el interés individual absoluto.

Sus efectos no fueron menores. No solo ofreció orientación moral a los católicos, sino que influyó en la configuración de movimientos sociales, partidos democratacristianos y marcos legislativos laborales en Europa y América. Las jornadas extenuantes, los salarios de subsistencia y la ausencia de protección social empezaron a tener los días contados.

La historia nos ha enseñado que las encíclicas son algo más que una carta que el Papa dirige a los obispos y a sus fieles. No son documentos de coyuntura: son textos que dialogan con su tiempo y, a veces, lo moldean.

Por eso la expectación ante una nueva encíclica nunca es banal. Y menos aún cuando el tema es la inteligencia artificial.

El pontificado de León XIV se ha caracterizado por un estilo comunicativo directo, casi pedagógico. No rehúye los grandes debates contemporáneos; los abraza. Su lema, “Alza la mirada”, resume bien su propuesta: no quedarse atrapados en el ruido inmediato, sino elevar la conversación hacia horizontes de sentido. En un mundo saturado de pantallas y notificaciones, su insistencia en mirar más alto tiene algo de contracultural.

Desde el inicio de su pontificado ha hablado de cambio climático, desigualdad digital y polarización informativa. Pero el desafío que ahora tiene entre manos es probablemente el más complejo: la irrupción de la inteligencia artificial en la vida cotidiana de millones de personas. Su protagonismo es evidente. La IA es el algoritmo que decide qué leemos, el sistema que filtra currículos, la herramienta que redacta informes, diagnostica enfermedades o genera imágenes hiperrealistas. Es infraestructura invisible del presente.

El próximo 25 de mayo verá la luz Magnifica Humanitas, la encíclica con la que León XIV pretende ofrecer un marco moral para esta nueva era algorítmica. El título -“La grandeza de lo humano”- no deja lugar a dudas sobre el eje central del texto. Según fuentes vaticanas y expertos que han participado en consultas previas, el documento no será un tratado técnico sobre redes neuronales ni modelos fundacionales. Será, más bien, una reflexión sobre el lugar del ser humano en un ecosistema tecnológico cada vez más autónomo.

Se espera que Magnifica Humanitas aborde al menos cuatro cuestiones clave. La primera, la dignidad. El Papa insistirá en que ninguna automatización, por eficiente que sea, puede justificar la reducción de la persona a dato, perfil o patrón estadístico. La IA puede asistir, optimizar y ampliar capacidades, pero no debe sustituir la responsabilidad moral ni la libertad humana.

La segunda cuestión será la verdad en los procesos de comunicación. En una época de deepfakes, desinformación automatizada y generación masiva de contenidos sintéticos, León XIV pondrá el acento en la necesidad de preservar la integridad del discurso público. Si la palabra se degrada, se erosiona la confianza social. Y sin confianza no hay democracia ni comunidad posible.

En tercer lugar, la encíclica previsiblemente reclamará gobernanza. No un rechazo tecnófobo, sino reglas claras, transparencia algorítmica y rendición de cuentas. Aquí el Papa conecta con debates abiertos en Bruselas y Washington sobre regulación de sistemas de alto riesgo. Su mensaje no será jurídico, pero sí ético: quien diseña sistemas que afectan a millones de vidas tiene una responsabilidad proporcional a su impacto.

Quien diseña sistemas que afectan a millones de vidas tiene una responsabilidad proporcional a su impacto

Y, por último, la dimensión laboral y educativa. Como en su día Rerum Novarum afrontó la cuestión obrera, Magnifica Humanitas podría plantear cómo acompañar a quienes ven transformado o amenazado su trabajo por la automatización. No se trata de frenar el progreso, sino de orientarlo hacia una transición justa, donde la tecnología complemente y no descarte.

El mensaje central, sin embargo, será claro: la inteligencia artificial no debe sustituir la dignidad humana ni degradar la verdad. Es una línea roja moral. La IA puede simular lenguaje, pero no conciencia; puede optimizar decisiones, pero no asumir culpa ni virtud. Confundir estos planos sería, en palabras cercanas al entorno papal, una forma de idolatría tecnológica.

Lo interesante es que esta encíclica no solo se leerá en seminarios o facultades de teología. En el sector tecnológico hay una expectación poco habitual ante un texto pontificio. Ingenieros, fundadores de startups y responsables de políticas públicas aguardan el documento como un aporte clave al debate global sobre IA responsable.

Prueba de ello es el apoyo de Christopher Olah, cofundador de Anthropic, una de las compañías más influyentes en el desarrollo de modelos de lenguaje avanzados. Olah ha señalado en distintos foros que la conversación ética no puede quedar al margen de quienes construyen la tecnología. Que una voz del núcleo duro de la innovación vea con buenos ojos una intervención moral de este calibre es, en sí mismo, significativo.

Quizá dentro de décadas miremos atrás y veamos Magnifica Humanitas como un punto de inflexión, del mismo modo que hoy citamos Rerum Novarum o Pacem in Terris. O quizá no. Pero lo indiscutible es que el debate sobre la inteligencia artificial ya no es solo técnico ni empresarial: es profundamente antropológico.

Y en ese terreno, la pregunta no es qué puede hacer la máquina, sino quién queremos ser nosotros. La IA ética, con reglas, límites y propósito humano, está en el centro del debate y, probablemente, está ganando el relato. Esperemos que así sea, tenga o no tenga bula.

*** Alicia Richart es Socia en IBM Consulting.