Hace un mes, cuando terminé de escribir Contra el libre comercio, un ensayo sobre la historia real de los intercambios internacionales recién publicado, no imaginaba que la mejor ilustración de su tesis central me la iba a proporcionar Donald Trump en Pekín. Pero así funciona a veces la realidad: avala con una prosaica foto oficial lo que uno ha pugnado por demostrar durante casi doscientas páginas.
Y es que el argumento central del libro, aunque sus implicaciones resultan incómodas, suena sencillo: el libre comercio jamás fue una ley económica. Fue siempre una estrategia política.
La política, huelga decirlo, que convenía a la potencia dominante cuando su industria nacional era suficientemente competitiva como para imponerse en los mercados abiertos. La misma política que esa misma potencia abandonaría sin miramientos en cuanto su industria dejase de ser lo que fue.
La visita de Trump a Pekín, con su séquito de acuerdos negociados a golpe de portaviones nucleares merodeando cerca de las costas del mar de China Oriental, no constituye una anomalía en esa historia ya tan antigua. Bien al contrario, remite a su corolario más reciente. Trump no traiciona el libre comercio. Lo desenmascara.
Muestra lo que siempre fue: un instrumento puro y duro de poder disfrazado de loable principio doctrinal económico. Sus predecesores usaban el lenguaje aséptico de la eficiencia técnica para imponer condiciones unilaterales que siempre coincidían con los intereses americanos.
Samsung no nació en un mercado abierto ni libre. Toyota tampoco. Nacieron bajo la tutela de Estados que decidieron qué industrias querían tener
Trump apela al idioma universal de la fuerza desnuda, sin maquillarlo con edulcorantes verbales ni la hipocresía propia del ceremonial diplomático. Es más brutal, cierto. Pero no más injusto.
El libre comercio, en su versión humana y terrenal, no en la idealización infantil de los manuales universitarios, nunca tuvo nada que ver con la competencia espontánea entre naciones soberanas que la teoría ricardiana de la ventaja comparativa describe. Fue, y desde sus orígenes, la política que conviene a quien ya ha ganado la carrera antes de que empiece.
Por eso Corea del Sur y Japón construyeron sus célebres “milagros” económicos exactamente desde sus antípodas teóricas: con aranceles, con crédito blando dirigido por el Estado, con protección de industrias nacientes que ningún mercado libre habría mantenido con vida el tiempo suficiente antes de volverse competitivas.
Samsung no nació en un mercado abierto ni libre. Toyota tampoco. Nacieron bajo la tutela de Estados que decidieron qué industrias querían tener y pusieron en marcha los instrumentos políticos necesarios para tenerlas.
Cuando esos países alcanzaron la frontera tecnológica del Occidente desarrollado y ya no necesitaron protección, empezaron a predicar, también ellos, las prodigiosas e inigualables virtudes del libre comercio. Igual que antes hizo Estados Unidos. Igual que antes que su antigua colonia también hizo Gran Bretaña.
El “milagro” económico chino tampoco es prueba del triunfo del libre mercado ni del libre comercio
China, por su parte, lleva cuatro décadas demostrando que el desarrollo económico no requiere el libre comercio sino exactamente lo contrario: políticas industriales activas, protección de los mercados domésticos durante las fases de desarrollo, control de los flujos de capital y un Estado que dirige la inversión hacia donde considera estratégico.
El “milagro” económico chino tampoco es prueba del triunfo del libre mercado ni del libre comercio. De hecho, constituye su refutación más gigantesca y espectacular.
Por lo demás, que la negociación de Trump y Xi se haya desarrollado entre dos países cuyas élites comparten esa misma convicción escéptica frente a la vulgata librecambista, aunque no la formulen en los mismos términos, conlleva una carga irónica que los editorialistas económicos de los grandes medios occidentales prefieren no subrayar.
Dos potencias que han llegado al mismo sitio por caminos distintos: China porque siempre supo que el libre comercio era un instrumento, no un principio filosófico; Trump porque tampoco creyó nunca en él. Lo que queda de la reunión de Pekín, más allá de los acuerdos concretos que se firmen y que probablemente no duren más que el siguiente ciclo electoral americano, es una demostración de que el orden comercial internacional está en transición hacia algo que se parece mucho más al mercantilismo del siglo XVIII que al (relativo) libre comercio propio del último tercio del difunto siglo XX.
Hoy, las grandes potencias negocian bilateralmente, protegen sin disimulo sus industrias estratégicas, usan el comercio como arma de política exterior y reservan los principios del libre mercado para los discursos de salón académico en los que no hay nada serio en juego. Y no es necesariamente malo que lo hagan tan a cara descubierta.
Un sistema en que las reglas se acuerdan entre actores con voluntad hegemónica e intereses distintos puede producir peores resultados para los terceros más débiles, que no disponen de poder negociador suficiente para defender sus intereses. Pero, al menos, resulta intelectualmente honesto sobre su propia naturaleza esencial: es política, no ciencia.
Aquella globalización entusiasta que se construyó entre 1990 y 2008, la misma que ya ha pasado a mejor vida en este 2026, produjo ganadores y perdedores muy precisamente identificables: ganaron las multinacionales que podían deslocalizar su producción, los consumidores de los países ricos que compraron productos más baratos y las élites exportadoras de los países emergentes.
Perdieron los trabajadores industriales de los países centrales que vieron desaparecer sus empleos, también los países del Sur Global que, a diferencia de China, no cuentan con la fuerza política necesaria a fin de proteger sus industrias nacientes. Ese balance no era el que prometía la teoría. Era el que iba a producir la siempre menos lírica realidad.
La lección de la visita de Trump a China no es que el libre comercio haya muerto. Es que nunca estuvo realmente vivo. Siempre fue, como casi todo en la relación entre Estados, una cuestión de poder.
Lo nuevo no es que Trump lo diga en voz alta y sin florituras para la galería. Lo nuevo es que ya nadie puede fingir lo contrario. Ahora todos admiten que el rey caminaba desnudo. Es un avance.
*** José García Domínguez es economista.
