La guerra ilegal iniciada hace un mes por el presidente Donald Trump en Irán, al margen del derecho Internacional y sin el respaldo de Naciones Unidas, ha puesto en jaque a la economía mundial. Es también una guerra de información ante mensajes contradictorios que se lanzan por los responsables de poder llegar al final del conflicto. La incertidumbre trae inestabilidad y enorme volatilidad en los mercados de valores, del gas y del petróleo.
La economía norteamericana está también resintiéndose. No sólo sufre por el ascenso de los precios y el débil crecimiento, a la vez está subiendo el coste de financiar la enorme deuda pública estadounidense, de 39 billones de dólares (superior al 100% del PIB). La rentabilidad del bono de EEUU a 30 años ha crecido en el último mes medio punto, alcanzando el 5 %.
Por cada décima de aumento de esa rentabilidad, el coste de refinanciar la deuda crece en 39.000 millones de dólares. La guerra le está costando a los EEUU, además del ingente gasto militar, casi 300.000 millones de dólares adicionales para financiar su deuda pública.
Esta situación puede ir a peor si la guerra se prolonga. De ahí el interés del presidente norteamericano de terminar cuanto antes este conflicto, que además se enfrenta a las urnas para evaluar su medio mandato en el próximo mes de noviembre.
Sus electores se creyeron que iba a “hacer América grande de nuevo” (MAGA), y por el momento les cuesta más rellenar el depósito de gasoil y la cesta de la compra; y pronto lo pueden notar en las hipotecas, ante las previsibles subidas de tipos de interés por los Bancos Centrales para controlar la ola inflacionaria.
Ahora optarán por reforzar sus reservas energéticas para evitar futuras crisis, simplemente por precaución
Eso explica la prórroga hasta el 6 de abril del reciente ultimátum que el presidente Trump ha puesto a Irán para que reabra el estrecho de Ormuz. Todo apunta a que la diplomacia se abre paso, y los mercados lo empiezan a descontar.
La duda es cuánto tiempo tardarán en negociar el final del conflicto ambas partes, ya que Irán está mostrando una mayor resiliencia a la que imaginaba el presidente norteamericano. Este tiempo juega en contra de la economía mundial.
Sin embargo, aunque la guerra termine pronto, los precios del petróleo y el gas no volverán rápidamente a niveles bajos. Primero, porque las empresas han de acumular reservas, actualmente bajo mínimos.
Ante la magnitud del shock, se espera un cambio de comportamiento en empresas y países consumidores: ahora optarán por reforzar sus reservas energéticas para evitar futuras crisis, simplemente por precaución.
En segundo lugar, reparar las infraestructuras energéticas del golfo Pérsico costará al menos 21.500 millones de euros. La planta de gas de Catar y el yacimiento gasístico iraní South Pars -el mayor del mundo- han sido muy dañados y tardarán años en volver a la normalidad.
Los altos precios del petróleo y el gas, y su volatilidad, hacen más competitivas las energías renovables
Ante esta crisis energética, la administración de Donald Trump ha pedido a las petroleras que aumenten la producción para estabilizar el mercado. Pero aumentar la producción de petróleo y gas no es algo que pueda hacerse de forma inmediata. Requiere inversiones millonarias, planificación a largo plazo y estabilidad, justo lo que ahora falta.
Esa menor producción de petróleo y gas durante años, unida a la fuerte demanda global seguirán presionando al alza los precios energéticos, incluso si el conflicto termina pronto y el tráfico en el estrecho de Ormuz se normaliza.
Paradójicamente, este contexto de incertidumbre estructural obliga a los países a buscar diversificar sus fuentes de energía y abre una nueva oportunidad para las energías renovables acelerando la transición energética. Los altos precios del petróleo y el gas, y su volatilidad, hacen más competitivas las energías renovables.
España lleva apostando por energías limpias desde hace años -ya representan el 59,7% del mix energético- y enfrenta esta crisis energética en mejor posición que nuestros socios europeos. El precio medio de la electricidad en lo que llevamos de año se consolida en torno a los de 55 €/MWh en España, frente a los 100 €/MWh de media en Alemania, Francia e Italia, de ahí el interés de electrificar nuestra economía.
El impacto de esta guerra, aunque acabe pronto, va a traducirse en menor crecimiento global. Porque el encarecimiento energético afecta a toda la economía, desde el transporte hasta la industria, pasando por el incremento de los fertilizantes -ante el encarecimiento de la urea- y en consecuencia los alimentos. Estamos ante una espiral inflacionaria que tendrá también efectos financieros por el aumento de tipos de interés.
La OCDE ha actualizado sus previsiones respecto a las de diciembre, incluyendo ya el impacto de la guerra en la economía y los precios. La dependencia energética por la guerra frena el crecimiento europeo a un modesto 0,8%, frente al 1,2% previsto, y la inflación escalará siete décimas.
Por su parte, el BCE considera que los nuevos desafíos ponen en riesgo la estabilidad y que el aumento de los precios de la energía repercutirá en los precios de los alimentos. Su escenario base es que la inflación alcance un techo del 3,1% en 2026, durante el segundo trimestre; y si el conflicto se prolongara y el petróleo alcanza 145 $/barril y el gas natural 106 €/Mwh, la inflación se dispararía hasta el 4,4% este año y al 4,8% el año que viene.
La situación es algo peor en nuestro país: el Banco de España estima una inflación media del 3% este año, pero advierte que si el conflicto se enquista podría acercarse al 6%.
En definitiva, Europa se prepara para una economía de guerra. Aunque se acuerde el cese de las hostilidades entre Estados Unidos - Israel e Irán, la economía y el comercio mundiales no volverán a la situación previa al inicio del conflicto.
Por un lado, ha quedado patente el control real del tráfico en el estrecho de Ormuz por parte de Irán, que incluso pretende imponer el pago de una tasa en yuanes a los petroleros que autoricen a cruzarlo. Ese control no requiere un bloqueo total del estrecho, basta con que ocasionalmente ataque embarcaciones en la zona para que el coste de los seguros haga prohibitiva la navegación para las embarcaciones con seguros occidentales.
Por otra parte, el incremento de los precios del gas y del petróleo para Europa hacen aún más necesario reforzar la autonomía estratégica, de seguridad energética y de defensa de la UE. Con un papel del “Estado” fuerte que garantice esos objetivos.
