Cuando la geopolítica lo ha permitido, en los últimos tiempos los inversores han intensificado el foco en aquellas derivadas “satélite” asociadas a la inteligencia artificial (IA) con mayor impacto en el crecimiento económico.
Entre ellas, las necesidades de alimentación energética, la expansión hacia la economía real (con el impacto de la IA en multitud de dispositivos físicos cotidianos), el desarrollo de los agentes de IA o la creciente expectativa de demanda de materias primas derivada de toda la infraestructura citada.
Una de las más relevantes (sino la que más) es la referente a la alimentación de los centros de datos utilizados para el desarrollo de la tecnología de vanguardia. Hasta hace bien poco, la principal restricción para la evolución y el progreso en este ámbito estaba ligada al acceso al software y a las unidades de procesamiento general (GPU) necesarios para el entrenamiento de los modelos, con cuellos de botella en la cadena de semiconductores para acceder a los chips más novedosos.
Si bien este sigue siendo un requisito clave, el foco empieza a virar hacia una segunda cuestión igual de relevante, como es el acceso a la energía necesaria para abastecer la enorme capacidad de computación que se está generando. Garantizar este acceso exige no sólo tener la capacidad de generar los megavatios necesarios, sino también disponer de la capacidad de transformación y transporte de la energía.
En la satisfacción de estas necesidades, la cuestión temporal se convierte en un asunto clave. Las redes tradicionales de interconexión requieren un periodo de desarrollo de entre 36 y 60 meses en función de la entidad del proyecto, mientras que las necesidades de demanda de los desarrolladores de IA exigen obtener la energía en periodos más cortos (entre 12 y 24 meses vista).
Este desfase temporal entre capacidad y necesidad ha originado una nueva tendencia en el sector, denominada “Produce tu Propia Generación (BYOG)”.
Esta práctica está empezando a llevarse a cabo por algunos de los principales hyperscalers, que, en la búsqueda de “saltarse” potenciales cuellos de botella energéticos (no pueden esperar a la expansión plurianual de las redes eléctricas), empiezan a desplegar una generación in-house para sus propios centros de datos.
A priori, este desarrollo interno tiene poco sentido a nivel microeconómico, toda vez que necesitas una inversión muy elevada para crear tu propia generación eléctrica.
Sin embargo, si tenemos en cuenta que una “nube de IA” genera unos rendimientos de entre 10.000 y 12.000 millones de dólares estadounidenses (USD) al año por gigavatio de energía empleado, parece razonable desembolsar una buena suma de capital para tener tu centro de datos operativo antes que la competencia (como es lógico, estos cálculos sólo son rentables para enormes proyectos capaces de generar ingresos superiores a la inversión).
Los ejemplos empiezan a ser numerosos, con el reciente caso de xAI (startup fundada por Elon Musk), construyendo un centro de datos de 100.000 GPU con más de 500 MW de generación energética interna a través de turbinas y motores de gas en apenas cuatro meses, como uno de los más espectaculares.
Otros, como el campus de Meta en Ohio, han firmado también acuerdos para suministros gasísticos a razón de 200 MW y, de forma reciente, esta compañía anunció también acuerdos con varias compañías nucleares para ampliar esos volúmenes.
Lo expuesto, no implica, en absoluto, que la demanda de electricidad para la red convencional vaya a decaer o quedar al margen. En EEUU, la demanda energética asociada al desarrollo de centros de datos está experimentando continuas revisiones al alza. Bloomberg ha elevado de forma reciente sus estimaciones de demanda de potencia instalada para 2035 en un 36% sobre su proyección previa (realizada hace apenas 8 meses).
Y, de la mano de esta demanda pujante, las inversiones a nivel global para ampliar la capacidad de la infraestructura de redes eléctricas están también repuntando (pasando de una inversión de 358.000 millones de USD en 2023 a unas proyecciones de 580.000 millones de inversión para 2027).
Sin embargo, incluso estos crecimientos anuales de la inversión del 15% serían insuficientes (tanto en tiempo como en capacidad) para cumplir con la demanda.
Lo susodicho tiene, por tanto, una relevancia notable en términos de inversión. Esa narrativa BYOG se une, así, a los planes de incremento de capacidad de la red, creando una oportunidad de revalorización, tanto por crecimiento de beneficios como por una asignación estructural de múltiplos más altos, a una industria típicamente cíclica, que podría gozar ahora de un periodo prolongado de bonanza.
Si desgranamos el cuello de botella, podemos identificar cuatro áreas clave que podrían verse beneficiadas:
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Generación “primaria” de energía: en lo alto de la jerarquía se sitúan tanto la materia prima a utilizar como vector energético, como la maquinaria necesaria para su producción. Turbinas de gas, motores de combustible, además de la logística necesaria para suministrar el combustible de forma continua, se antojan sectores críticos.
Los tiempos de espera para la entrega de turbinas se sitúan entre 12 y 24 meses, reflejo de que los libros de pedidos están completos, con una estructura de mercado concentrada en pocos oferentes, lo que les otorga una capacidad de fijación de precios muy elevada, que las tecnológicas estarían dispuestas a pagar a cambio de una entrega más rápida.
Respecto a la materia prima, y pese a que el compromiso con la generación renovable es indiscutible, la imperiosa necesidad de entrega lo más rápido posible y la necesidad de estabilidad en la generación sitúan al gas natural en una posición privilegiada, convirtiéndose en una materia prima estratégica. Las restricciones en este aspecto también son llamativas: una instalación de dos gigavatios (entidad prevista para futuros proyectos) requiere entre 400 y 500 millones de metros cúbicos de gas al día, el equivalente al de un complejo petroquímico o a la carga base permanente de 1,5 millones de hogares estadounidenses.
Otra de las opciones, por la estabilidad del suministro, sería la energía nuclear (como hemos indicado, empresas como Meta ya están firmando proyectos en base a esta fuente), si bien el horizonte temporal en el que operan estas empresas, a través de los pequeños reactores modulares (SMR), es muy superior, por lo que, si bien suponen una oportunidad estructural, tendrían un papel menos relevante en aquellos proyectos con mayor urgencia.
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Equipamiento de transformación y distribución energética: probablemente, el sector donde el cuello de botella actual es más intenso. Transformadores de alta tensión y equipos de interconexión a la red tienen ahora hasta 100 semanas de plazos de entrega, y, de nuevo, la estructura oligopolista del mercado (con tres productores acaparando el 68% de la producción) permite incrementos de precio de entre el 10% y el 30%. Se trata, además, de un mercado con elevadas barreras de entrada y escasez de personal cualificado, por lo que la entrada de nueva oferta al mercado que elimine la ventaja competitiva sería complicada.
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Arquitectura y equipamiento de gestión térmica. Los centros de datos necesitan refrigeración, pero los sistemas tradicionales, basados en aire, se antojan insuficientes, debido a la elevada densidad del equipamiento utilizado en los nuevos centros de datos (en torno a 60 y 100 KW por rack¸ frente a los 5-10 KW de los centros de datos tradicionales). Con esta intensidad energética, la refrigeración por aire es inviable, requiriéndose sistemas de refrigeración líquida.
Esta migración supone riesgos de ejecución y un nuevo cuello de botella. La capacidad de producción de estos sistemas está en aumento (y con ella, los libros de pedidos), si bien los tiempos de espera en este aspecto comienzan también a dilatarse.
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Por último, una vez superados los escollos anteriores, la optimización de la gestión energética es vital. Baterías, sistemas de conversión y, sobre todo, software de control para garantizar la estabilidad del sistema. Los tiempos de espera aquí podrían ser algo menores, aunque la creciente demanda de minerales críticos para esta producción también limita la capacidad de expansión de la oferta.
Así, entramos en una nueva fase en lo que respecta a la alimentación de la IA. La velocidad a la que se ha incrementado la demanda de computación ha llevado a un incremento paralelo de los requerimientos energéticos, inasumible para la red energética convencional con la capacidad instalada actual.
Este desequilibrio ha provocado incrementos en los precios de la electricidad minorista en algunos puntos críticos de EEUU, despertando quejas entre la población que han llamado la atención del regulador. Así, al propio cuello de botella por la escasez de infraestructura se añade el conflicto de interés con los usuarios tradicionales de la red.
Los tiempos de espera para la interconexión a la red son demasiado elevados debido a lo extenso del proceso administrativo (donde también se están generando cuellos de botella debido al exceso de solicitudes), que, además de los permisos de interconexión a la red, requiere de permisos medioambientales, de ubicación física, etc.
Esta serie de circunstancias ha contribuido a desarrollar la narrativa BYOG, que consta, básicamente, de la producción individual de generación eléctrica por parte de las hyperscalers.
Desde Washington se está comenzando a empujar a las grandes tecnológicas a hacerse cargo de este asunto, con el objetivo de hacer más asequibles las facturas domésticas y reducir potenciales problemas de capacidad.
El último ejemplo, la iniciativa de la Casa Blanca instando al gestor del sistema de transmisión PJM Interconnection a realizar una subasta energética de emergencia para abordar ese crecimiento de la demanda, que fue respondida por PJM con un plan exigiendo a los grandes consumidores aportar su propia generación.
“Deshecho el nudo”, y desgranada la tesis sobre la necesidad de generación energética, las oportunidades de inversión en segmentos concretos del sector energético (gas y uranio como “alimentos”) y del sector industrial (con las cuatro verticales identificadas -maquinaria de combustión, transformadores, equipamiento de refrigeración y software de gestión de red) serían muy llamativas.
Sectores con múltiplos de valoración históricamente propios de empresas muy cíclicas podrían observar un rerating, asignando el mercado un múltiplo más alto de forma estructural ante el cambio sistémico de la demanda de estas compañías.
La tesis de la IA, así, va cogiendo forma más allá del sector tecnológico. La penetración en el conjunto del tejido económico iría in crescendo durante los próximos meses/años, generando oportunidades en el mundo físico, en sectores como salud, robótica, automoción…
No obstante, para que esto sea posible, la disponibilidad eléctrica es vital, y así podría reflejarlo el mercado.
*** Alfonso García Yubero es director de Estrategia de Inversión Santander Private Banking.
