Si alguien hubiera dicho hace pocos años que tokens privados podrían influir en debates sobre pagos globales, regulación financiera o soberanía monetaria, habría sonado a ciencia ficción. En los últimos meses, esa conversación es cotidiana.

Las stablecoins -tokens que intentan mantener paridad con monedas como el dólar o el euro- se han multiplicado impulsadas por cuatro factores muy concretos: (1) tracción del mercado cripto, (2) eficiencia tecnológica, programabilidad a través de contratos inteligentes y liquidación 24/7, (3) demanda de activos refugio en economías con inflación y divisas inestables y (4) avances regulatorios.

Para entenderlas sin tecnicismos innecesarios, basta una definición operativa: una stablecoin es un “vale digital” cuyo valor se vincula a un activo de referencia, normalmente una divisa. Las más comunes son las stablecoins colateralizadas (respaldadas por una reserva de activos líquidos) mientras otras recurren a mecanismos algorítmicos; todas prometen reembolso a la par.

La referencia a “estable” en su nombre, sin embargo, puede inducir a error: incluso las colateralizadas pueden desviarse de 1:1 y llegar a perder el anclaje en episodios de estrés.

¿Para qué se usan realmente? A día de hoy, el principal caso de uso sigue estrechamente ligado al mundo cripto: las stablecoins actúan como puente de liquidez para entrar y salir de otros criptoactivos. El vínculo con la actividad cripto es fuerte: cuando sube la intensidad de trading en criptoactivos (no respaldados), se mueve también el volumen de stablecoins.

Los riesgos para el usuario son más variados de lo que sugiere el nombre

En segundo lugar, como reserva de valor allí donde la moneda local pierde credibilidad o donde el acceso a monedas fuertes (dólar, euro) es limitado. América Latina y África subsahariana han sido ejemplos destacados de este uso para preservar valor.

En términos sociales, no es difícil comprender el atractivo: pasar del ahorro en una moneda que se deprecia a un “dólar digital” accesible desde el móvil. Por último, también destaca su utilización para pagos transfronterizos haciéndolos más eficientes.

El modelo de negocio de los emisores es relativamente sencillo: cuando un usuario entrega dólares, euros u otra moneda fiduciaria, el emisor acuña stablecoins e invierte esa reserva en activos líquidos y, en principio, de alta calidad (por ejemplo, deuda pública a corto plazo, repos o depósitos).

El ingreso principal para el emisor es el rendimiento de esos activos de reserva; la diferencia crucial respecto a un fondo monetario es que, con la actual regulación, ese rendimiento no se puede compartir con el tenedor de stablecoins.

Los riesgos para el usuario son más variados de lo que sugiere el nombre. Se pueden ordenar en cuatro bloques muy intuitivos: (i) riesgo de mercado: si las reservas pierden valor o cae la confianza, aparece el riesgo de desanclaje y de corridas; (ii) riesgo de contraparte: el emisor o la plataforma pueden tener problemas de solvencia o liquidez y no existe un seguro de depósitos ni un prestamista de última instancia (el banco central) como en la banca; (iii) riesgo operativo: hackeos, fraude y fallos tecnológicos y (iv) riesgo de liquidez: reembolsos no necesariamente inmediatos, a veces escalonados por volumen y con acceso limitado. Esta lista explica por qué la regulación se ha centrado en reservas, segregación de activos y derechos de reembolso, buscando proteger al usuario final.

Para los bancos, las stablecoins son a la vez reto y oportunidad. Pueden erosionar ingresos por pagos transfronterizos y remesas, y si compiten por depósitos, encarecer financiación y limitar crédito, especialmente en economías emergentes. Al mismo tiempo, abren nuevas líneas: custodia y gestión de reservas, provisión de liquidez y emisión de depósitos tokenizados, o incluso stablecoins bancarias.

En política monetaria, el riesgo mayor aparece cuando se adopta masivamente una stablecoin en divisa extranjera: se produce una sustitución monetaria de facto, una “dolarización digital” que debilita la transmisión de la política monetaria local y puede aumentar la volatilidad de flujos, especialmente donde instituciones y moneda son frágiles.

Pero incluso en economías avanzadas pueden surgir problemas: la proliferación de stablecoins puede erosionar la unicidad del dinero (la idea de que diferentes formas de dinero se aceptan a paridad y sin fricciones). Además, si las reservas de stablecoins se concentran en instrumentos concretos (por ejemplo, letras del Tesoro a muy corto plazo), pueden amplificar tensiones en el mercado de deuda pública: aumentar la demanda en momentos de expansión y forzar ventas rápidas en episodios de estrés.

No es casual que algunas autoridades estadounidenses hayan visto en el crecimiento de stablecoins una vía para reforzar la demanda estructural de deuda del Tesoro y, posiblemente, el papel internacional del dólar.

Para la estabilidad financiera, el desafío aparece si el volumen y la interconexión alcanzan escala sistémica. Un episodio de pérdida de confianza puede desencadenar corridas -reembolsos masivos y simultáneos- que obliguen a liquidar reservas con rapidez y tensionen a los mercados donde se invierten.

Además, si una parte relevante de los saldos se desplaza desde depósitos bancarios hacia stablecoins, se produce desintermediación, encareciendo la financiación bancaria y reducción de la capacidad de conceder crédito. A ello se añade la interconexión creciente entre emisores, bancos, custodios, fondos, plataformas y sistemas de pagos, que abre canales de contagio operativo y de liquidez (incluida la concentración en pocos proveedores críticos).

Adicionalmente, destaca el riesgo del uso de stablecoins para actividades ilícitas, blanqueo de capitales, evasión de sanciones o financiación del terrorismo, por su velocidad, alcance transfronterizo y facilidad de integración con redes cripto.

A partir de aquí, el debate deja de ser si “triunfan o no” las stablecoins y pasa a ser cómo encajan en una arquitectura monetaria que ya se está reordenando.

Lo más probable es un ecosistema de convivencia: depósitos bancarios (tradicionales y tokenizados) para canalizar crédito y sostener la intermediación; dinero público digital -como el euro digital- como ancla de confianza, soberanía y autonomía estratégica y acceso universal; y stablecoins como capa privada útil en ciertos nichos (especialmente cripto y pagos transfronterizos), pero que debe estar condicionada por un perímetro regulatorio eficaz y por su encaje geopolítico.

Más allá de la eficiencia, las stablecoins podrían convertirse en un instrumento estratégico: pueden acelerar la fragmentación financiera por bloques, reforzar áreas de influencia monetaria y contribuir -voluntaria o inadvertidamente- a una nueva arquitectura financiera global.

***  Olga Gouveia, BBVA Research.