La banca española da señales de fortaleza, pero desafíos se acumulan en el horizonte. El punto de partida aparenta solidez, con unos beneficios récord en el último ejercicio -han crecido un 7% en el conjunto del sector-, altas rentabilidades y un reducido nivel de riesgo de crédito.

El crecimiento de la economía, en un entorno de tipos de interés estables, apuntaría en la misma dirección. 

Pero detrás de esos buenos resultados, subyace la necesidad de operar una transformación profunda para hacer frente, simultáneamente, a los avances tecnológicos, la cada vez más compleja regulación, la mayor competencia -de la mano de las fintech, los neobancos y otros nuevos actores-, y el cambio radical en los hábitos de los clientes.

El panorama, por tanto, promete grandes cambios en un sector que había conseguido una cierta estabilidad tras el golpe de la crisis financiera. 

En primer lugar, la revolución tecnológica exige a la banca modernizar su core banking, es decir, avanzar hacia modelos más digitales, basados en servicios, comisiones y plataformas. El desafío es hacerlo sin interrumpir la operativa.

La IA y la automatización entrañan economías de escala que prefiguran nuevas fusiones en el sector

Porque migrar desde sus plataformas antiguas, difíciles de actualizar, hacia cloud, Interfaces de Programación de Aplicaciones (APIs) abiertas y arquitecturas modulares, supone un riesgo operativo y altos costes de transición. El nuevo escenario exige interoperabilidad, no solo sumar canales digitales. 

Además, esa transición debe tener en cuenta la irrupción de nuevos actores, en su mayor parte internacionales, cada vez más competitivos y que conectan muy bien con los hábitos de los clientes digitales. Las fintech y los neobancos, que funcionan totalmente online, sin oficinas físicas, operan con menores costes estructurales y presionan a la banca tradicional con precios más reducidos y servicios más ágiles.

Así, la competencia está creciendo muy rápidamente principalmente en los negocios de pagos, la gestión de patrimonio y los activos digitales.

De manera más general, la IA y la automatización entrañan economías de escala que prefiguran nuevas fusiones en el sector. No se trata solo de crear agentes inteligentes, sino de orquestarlos, de asegurar la calidad de los datos y de gestionar los riesgos operativos.

El mayor uso de la tecnología en el negocio bancario ha generado mayores riesgos de ciberamenazas, cada vez más agresivas y sofisticadas. Lo que hace necesario reforzar la seguridad e incorporar en las plantillas expertos en ciberseguridad y perfiles híbridos que integren a la vez, conocimiento del negocio bancario, de la regulación y de la tecnología.

La complejidad creciente en operaciones digitales trae consigo riesgos sistémicos interconectados y la dependencia de proveedores tecnológicos resulta crítica

En suma, la IA puede elevar los beneficios de la banca, pero requiere importantes inversiones y contar con talento especializado, de ahí la ventaja que puede suponer la concentración de entidades.

La regulación es otro gran desafío: la propia transformación tecnológica ha motivado un aumento de la carga regulatoria europea, principalmente con mayores exigencias en ciberseguridad, sistemas de pagos, protección del cliente, riesgo operativo y sostenibilidad. Porque la complejidad creciente en operaciones digitales trae consigo riesgos sistémicos interconectados y la dependencia de proveedores tecnológicos resulta crítica.

Actualmente, el 70% de los proveedores tecnológicos de la banca europea son de fuera de la UE, y el 50% son de EEUU -de hecho, la nube donde se almacenan todos los datos está controlada por tan sólo cuatro grandes tecnológicas-. No es extraño que se exijan requisitos reforzados de resiliencia operacional para garantizar la continuidad del negocio frente a ciberataques, fallos técnicos o eventos climáticos extremos.

La UE considera necesario contar con planes robustos de recuperación y test de estrés de operaciones, similares a los de solvencia. Así como con regulación de la IA para supervisar la transparencia y el riesgo algorítmico.

El cambio climático es otro eje de regulación, de modo que la banca, además de integrar criterios ESG en la gestión de carteras, se ve abocada a evaluar los riesgos físicos y de transición y la exposición a sectores contaminantes.

La mayor carga regulatoria en Europa coincide con el proceso de desregulación de la banca impulsado por Trump, lo que puede agravar la brecha competitiva entre bancos europeos y estadounidenses. En EEUU los requerimientos de capital se reducirán un 14%, lo que representa una capacidad de financiación adicional de 2,6 billones de dólares, y un aumento de la rentabilidad financiera de los bancos estadounidenses del 6%.

Los reguladores del Reino Unido, aunque a un ritmo menor, podrían seguir la senda norteamericana.

Todo ello sucede en un contexto de fragmentación del mercado europeo, que dificulta fusiones bancarias paneuropeas para consolidar un sistema financiero europeo capaz de competir en el entorno global. Un entorno cada vez más fragmentado, en el que el desacoplamiento económico entre los bloques EEUU, Europa y China, y las tensiones geopolíticas impactan en los flujos de capital y el riesgo financiero.

Con todo, la banca española parte de una posición de capital sólida, pero la estabilidad futura depende de adaptar su modelo de negocio a un entorno tecnológico y regulatorio disruptivo. El reto que tienen por delante: seguir innovando y adaptándose a la transformación tecnológica, haciendo frente a la vez a los diferentes riesgos y presiones regulatorias.

Y, al propio tiempo, abordar el riesgo de exclusión financiera y brecha digital para los colectivos vulnerables. Hará falta acometer un volumen ingente de inversión, con una visión de conjunto de un sector clave para el futuro de la economía española. 

*** Mónica Melle Hernández es consejera de la Cámara de Cuentas de la Comunidad de Madrid y Profesora de Economía de la UCM.