Europa se enfrenta a una encrucijada. En un momento marcado por la incertidumbre geopolítica y una competencia global cada vez más intensa, la pregunta ya no es si necesitamos una industria europea fuerte, sino cuánto tiempo más podemos permitirnos no actuar con la ambición y la urgencia que la situación exige.
Porque no puede haber una Europa resiliente, próspera y segura sin una base industrial sólida y competitiva.
Esta reflexión ha sido el eje central del tercer European Industry Summit, donde nos hemos reunido líderes industriales y responsables políticos europeos para debatir sobre el futuro del continente.
Tras encuentros como el de Amberes, lo que se espera ahora es liderazgo político, visión estratégica y valentía para tomar decisiones
El encuentro, celebrado dos años después de que los sectores industriales reclamaran medidas urgentes para reindustrializar Europa en la Declaración de Amberes, ha vuelto a poner de relieve una realidad ampliamente compartida: el diagnóstico está claro, pero los avances siguen siendo insuficientes frente a la magnitud de los desafíos que afronta la industria europea.
Los ciudadanos europeos demandan empleo de calidad, estabilidad y oportunidades de desarrollo profesional sin salir de Europa. Sin embargo, esta aspiración choca con una realidad cada vez más preocupante: el riesgo creciente de deslocalización industrial.
Cuando producir en Europa deja de ser viable, no solo pierden las empresas. Se pierde empleo, innovación, autonomía estratégica y cohesión social.
Las industrias europeas operan hoy en un entorno extremadamente complejo. Los elevados costes energéticos, muy superiores a los de nuestros principales competidores, lastran la competitividad y erosionan los márgenes de inversión.
A ello se suma una carga regulatoria y burocrática que, lejos de simplificar, añade incertidumbre y ralentiza la toma de decisiones. Y, en demasiados casos, los marcos normativos acaban frenando la innovación que necesitamos para avanzar en sostenibilidad y digitalización.
Mientras tanto, otras grandes economías no esperan. Estados Unidos y China están desplegando estrategias industriales ambiciosas, con importantes incentivos públicos, políticas energéticas competitivas y una clara orientación a fortalecer su tejido productivo.
Europa, en cambio, corre el riesgo de quedarse atrapada en el diagnóstico permanente. Informes como los de Draghi o Letta han identificado con claridad los problemas y las oportunidades. El mensaje que ha emergido con fuerza en Amberes es que ahora ha llegado el momento de pasar del análisis a la ejecución.
Los próximos cinco años serán determinantes. Si Europa no actúa de forma decidida y coordinada, la pérdida de competitividad industrial puede volverse estructural e irreversible. Por eso es imprescindible un paquete de medidas industriales de emergencia, coherente y ambicioso, a escala europea.
En primer lugar, es urgente reducir los costes de la energía. No puede haber una transición energética exitosa si esta se traduce en desventajas competitivas para la industria europea. Necesitamos mercados energéticos estables y predecibles, que garanticen precios asequibles y fomenten la inversión industrial.
En segundo lugar, debemos impulsar un comercio global justo y mejorar el acceso a la financiación. Europa debe defender condiciones de competencia equitativas, evitando que nuestras industrias compitan en desventaja frente a productos que no cumplen los mismos estándares ambientales, sociales o laborales.
Al mismo tiempo, es clave facilitar instrumentos financieros que acompañen la inversión industrial, especialmente en los sectores estratégicos para la autonomía europea.
Por último, resulta esencial reforzar los productos made in Europe y empoderar al consumidor. Apostar por la industria europea es apostar por calidad, sostenibilidad, empleo y seguridad de suministro.
Las políticas públicas pueden y deben contribuir a poner en valor este esfuerzo, generando un entorno que premie la producción responsable y cercana.
Desde España, esta llamada a la acción tiene una resonancia especial. Nuestro país cuenta con un tejido industrial diverso, moderno y comprometido con la descarbonización y la economía circular. Sectores como el pastero-papelero, representado por ASPAPEL, son un ejemplo de industria arraigada al territorio, generadora de empleo de calidad y alineada con los objetivos europeos.
Pero incluso las industrias más avanzadas necesitan un marco competitivo adecuado para seguir invirtiendo y creciendo.
El debate ya se ha producido y el consenso sobre el diagnóstico es amplio. Tras encuentros como el de Amberes, lo que se espera ahora es liderazgo político, visión estratégica y valentía para tomar decisiones. Porque defender la industria europea no es mirar al pasado. Es asegurar el futuro de Europa.
*** Manuel Domínguez es el director general de ASPAPEL
