Los taxistas radicales de Barcelona han anunciado paros y manifestaciones con el objetivo de “colapsar toda la zona rodeando el Camp Nou” asegurando que “no habrá servicio (de taxis) en ninguna parte de la ciudad”. Desgraciadamente, eso ya no constituye una noticia, porque los barceloneses y los usuarios están tristemente acostumbrados a los abusos de unos pocos que bloquean el tráfico a su antojo.

Sin embargo, en esta ocasión hay una novedad, la protesta no se dirige contra las autoridades, sino contra un acuerdo comercial entre entidades privadas.

El trasunto del paro anunciado se basa en un acuerdo entre Uber y el F.C. Barcelona por el que la plataforma digital desarrollará servicios de movilidad para el Club.

Aunque ante un acuerdo de esta naturaleza cualquier tercero debería mantenerse al margen, los radicales del taxi en Barcelona actúan como si fueran dueños de las calles y volverán a secuestrar, una vez más, a la ciudad Condal para preservar sus privilegios ante una sociedad que parece anestesiada.

Conviene aclarar que la mayoría de los taxistas merecen respeto y profesionalidad; entre ellos tengo buenos amigos. Pero una facción radical, respaldada por la ultraizquierda catalana, se considera propietaria del espacio público y en cruzada permanente contra todo lo que amenace su estatus.

Estos radicales imponen su ley del miedo y amenazan a toda la ciudad porque no toleran que el F.C. Barcelona colabore con una multinacional

Privilegios que han llegado tan lejos que, a instancias de este colectivo -tras haber doblegado la voluntad de la Generalidad-, el Parlamento catalán tramita actualmente una ley destinada a eliminar a toda su competencia en el transporte urbano.

Estos privilegios se concretan en el monopolio de la movilidad, en la subvención fiscal derivada del régimen de “módulos”, en el mantenimiento de un sistema especulativo de licencias y en la reserva de carriles y zonas de parada exclusivas, sustraídas al uso general del espacio público.

El perfil de estos radicales es marcadamente estatista, colectivista y de ultraizquierda, convencidos de poseer la verdad absoluta y dispuestos a imponerla mediante coacción.

Su actitud victimista y soberbia los lleva a creerse infalibles e incluso a presentarse ante sus “seguidores” como “seres de luz” que combaten el mal “por el bien de todos”, cuando en realidad defienden sus propios intereses.

Afortunadamente, muchos otros taxistas comprenden el valor del mercado y la competencia, y trabajan cada día para ofrecer el mejor servicio posible.

Estos radicales imponen su ley del miedo y amenazan a toda la ciudad porque no toleran que el F.C. Barcelona colabore con una multinacional, aunque guardaron silencio ante un acuerdo publicitario del club con uno de los regímenes más corruptos del mundo como es la República Democrática del Congo. Quizá lo de “democrática” los despistó.

Mientras los ciudadanos se muestran partidarios de “flexibilizar la regulación del taxi para que se parezca más a los VTC”, los políticos y los taxistas afines prefieren endurecerla

Esa misma ultraizquierda no duda en vetar a una entidad transversal de la sociedad catalana como el F.C. Barcelona. El veto -del latín vetare, “yo prohíbo”- es una forma de poder unilateral.

Pero ¿qué legitimidad tienen estos taxistas para decidir con quién puede o no puede contratar el Barça? ¿En qué momento perdió el norte una sociedad que tolera semejantes actos totalitarios?

Vetos a la expresión, a la libre empresa, a símbolos, lenguas y banderas. Cuando algunos se creen portadores de la verdad revelada, el boicot y la censura se vuelven su método, y el interés general queda relegado.

Instalados en el discurso totalitario, la libertad de los demás les importa poco. Es inútil recordarles las palabras de Hayek cuando señaló que “La libertad consiste en que el individuo pueda actuar según sus propios planes, y no según los que le imponga la autoridad.” (Camino de servidumbre) o las de Adam Smith “Todo hombre, mientras no viole las leyes de justicia, es perfectamente libre para perseguir su propio interés a su manera.” (La riqueza de las naciones).

Su réplica encaja más con la de Mao Zedong “La libertad solo existe dentro de los límites de la disciplina revolucionaria”. Así exigen al F.C. Barcelona que “rectifique de inmediato y rompa cualquier acuerdo con Uber”, empresa que, según ellos, “lleva años atacando el transporte público”.

Tampoco parecen preocuparse por la realidad, ya que la ciudadanía opina justo lo contrario que esos taxistas. Según una encuesta reciente de Metroscopia (julio de 2025), el 67 % de los catalanes se opone a las restricciones que los radicales del taxi promueven junto con el presidente de la Generalidad, Salvador Illa. Medidas que, aplicadas con absoluta indolencia, podrían provocar el despido de más de 4.000 conductores de vehículos de alquiler con conductor (VTC).

En concreto, mientras los ciudadanos se muestran partidarios de “flexibilizar la regulación del taxi para que se parezca más a los VTC”, los políticos y los taxistas afines prefieren endurecerla y limitar aún más esa modalidad de transporte.

El resultado de tolerar o guardar silencio ante las actitudes coercitivas de los taxistas radicales es ceder a la extorsión de unos privilegiados con aspiraciones totalitarias, cuya influencia se extiende y contamina distintos ámbitos de la sociedad.

Bastante tienen ya los catalanes con soportar esa deriva en la política como para padecerla también en el fútbol. ¿Seguiremos consintiendo el señalamiento y la coacción, o la sociedad decidirá ponerles freno?

***Emilio Domínguez del Valle es abogado experto en movilidad y transportes.