A pesar de ser España el país de la UE con un mayor nivel de desempleo y de haber destruido durante la pandemia mas puestos de trabajo que la media de los Estados europeos, el Gobierno se enorgullece de los buenos datos registrados en ese campo y, en especial, asigna a su contrarreforma laboral un éxito histórico: la reducción de la contratación temporal.

En 2020, el 25% de los trabajadores asalariados estaban acogidos a esa fórmula contractual; en abril de 2022, últimos datos disponibles, la tasa de temporalidad ha caído hasta casi el 23%, la cifra más baja desde que se tienen registros. Uno de cada dos contratos cerrados ese mes ha sido “indefinido”. 

La Sra. Diaz habría logrado el milagro y, mejor, habría destruido la falacia sostenida desde tiempos inmemorables por los empresarios y por muchos representantes de la ciencia lúgubre al servicio del capital ,según la cual los contratos temporales eran una necesidad.

Sobre esta infundada tesis, el mercado de trabajo se había justificado el crecimiento y consolidación de su precariedad. Al combatir esta lacra, el Gobierno cumplirá con honores el mandato de la Comisión Europea y acabará con la crónica dualidad existente en el mercado laboral. Por desgracia, esta visión pseudo idílica y triunfalista no responde a la realidad.

Si se analiza con detalle la evolución de cada uno de los tipos de contratos existentes, se ve con claridad meridiana que el aumento de los indefinidos se concentra en los denominados fijos discontinuos. En la práctica, con orweliana intención y habilidad, el Ministerio de Trabajo ha realizado un cambio de nomenclatura de las distintas figuras contractuales sin cambiar de facto su esencia.

Se ha efectuado una metamorfosis virtual. Las restricciones impuestas por la contrarreforma al uso de los temporales por obra y servicio se ha traducido en un incremento del recurso a los fijos discontinuos, pero la temporalidad efectiva de estos empleados sigue siendo la misma. Resulta muy sorprendente que esta mutación semántica haya pasado desapercibida o sea ignorada por buena parte de la opinión pública, incluidos algunos ilustres economistas.

Los fijos discontinuos son contratos sin fecha de caducidad y, desde este punto de vista, serían indefinidos

Los fijos discontinuos son contratos sin fecha de caducidad y, desde este punto de vista, serían indefinidos. Tienen los mismos derechos que los trabajadores sometidos a aquellos a efectos de su despido y de las cuantías de indemnización.

Sin embargo, su característica principal es que los acogidos a esa figura trabajan un espacio temporal, aquel en el que se concentra la actividad en su sector, y, cuando éste termina, se convierten en desempleados reales aunque figuran en las estadísticas como demandantes de empleo en vez de como parados.

Esta es una original forma de 'maquillar' las cifras y la razón es muy simple: los trabajadores temporales por obra y servicio se computaban como desempleados cuando finalizaba el objeto del contrato. Con el nuevo nombre eso no ocurre. Esta es la varita mágica de la Sra. Diaz, su gran truco de ilusionista.

Cuando los empleados fijos discontinuos finalizan su cometido dentro de una empresa, su contrato seguirá en vigor pero la compañía queda liberada de pagar su salario. Pero sí cobrarán la prestación por desempleo mientras la firma no precise de sus servicios.

Esto es, son parados reales que no se contabilizan como tales a efectos estadísticos. Como en el caso de los ERTE y de los autónomos en cese de actividad se ha creado un instrumento para camuflar el desempleo y para transmitir  a la sociedad la falsa imagen de que se está produciendo una caída de la temporalidad en el mercado laboral patrio. El gran Houdini y David Copperfield, dos maestros insignes del escapismo considerarían una honrosa heredera de su legado a la Sra. Diaz.

Dicho esto, es necesario ser justos y reconocer la capacidad de invención de la titular de la cartera de Trabajo y de su brillante equipo de colaboradores a quienes es preciso felicitar. Se han convertido en unos auténticos virtuosos de la ficción y eso tiene mérito.

Si prosiguen por esta línea y siguen ideando ingeniosos artilugios, España llegará en breve a alcanzar o, al menos, a acariciar un sueño largamente perseguido desde hace décadas: el del pleno empleo. Esto tiene una importancia capital en una economía en la dramática situación de la española y constituye un motivo para tener esperanza.

En los viejos Estados del Telón de Acero, el desempleo era "inexistente" por decreto. En la España de 2022 se camina con paso decidido y firme el ademán hacia esa meta a través de la imaginación creadora del Ministerio de Trabajo.

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