Mi primer jefe me dijo que nunca titulara un artículo con una pregunta si no incluía la respuesta en el texto. Y como siempre he sido muy bien mandada, contesto ya: sí que puede. Los youtubers, tiktokers, instagramers y demás personajes de internet han adquirido tanta relevancia entre el público joven que podrían derribar los cimientos sociales si su enorme capacidad de influencia no se aplica en la dirección correcta.

Prueba de ello fue el escándalo descubierto hace un par de meses, cuando una misteriosa agencia de márketing rusa intentó fichar a estrellas de YouTube para que promocionaran una campaña de desinformación sobre la vacuna de Pfizer. El suceso salió a la luz gracias a que uno de los youtubers al que intentaron seducir, el francés Léo Grasset, está especializado en ciencia.

Dada su formación, no tardó en darse cuenta de que había intereses ocultos en la petición, y lo mismo le pasó youtuber alemán Mirko Drotschmann, periodista de profesión. Ambos alertaron de la artimaña en sus redes sociales, y no tardó en llegar a los principales medios de comunicación. Sin embargo, parece que hubo otros influencers que no identificaron la maniobra o que simplemente prefirieron cobrar el cheque en lugar de velar por la verdad y la salud pública.

Youtubers, tiktokers e instagramers han adquirido tanta relevancia que podrían derribar los cimientos sociales

El youtuber indio Ashkar Techy y el brasileño Everson Zoio publicaron vídeos relacionados con el enfoque de la compañía rusa, bastante alejados del tono habitual, principalmente humorístico. Cuando recibieron las primeras preguntas de la prensa acerca de dichos vídeos, ambos los borraron de sus respectivos canales, según cuenta la BBC en un reportaje en profundidad publicado esta semana.

Aunque todavía no se sabe quién fue el responsable de intentar que asociáramos la vacuna de Pfizer a un mayor número de fallecidos, lo que sí está claro es que los millones de seguidores de Techy y Zoio pudieron ver cómo sus ídolos lanzaban el bulo. Y el problema no solo reside en la enorme cantidad de fans de los influencers, sino en que, además, se han convertido en la fuente de información más fiable para la Generación Z.

Este fenómeno se debe a que, en redes sociales, la credibilidad de una persona se basa principalmente en su identidad. Y dado que los jóvenes tienden a buscar una mayor sensación de pertenencia y comunidad que los adultos, acaban depositando su confianza en aquellos a los que más se parecen, independientemente de la solidez de sus afirmaciones, según el Observatorio de Internet de la Universidad de Stanford.

Por eso no es de extrañar que el 60 % de los usuarios adolescentes de YouTube recurra a influencers para informarse en vez de a medios de comunicación, de acuerdo con la ONG Common Sense Media. Si lo que buscan son espejos en los que mirarse, lo más lógico es que los chavales prefieran ver a Ibai Llanos que a Matías Prats.

En redes sociales, la credibilidad de una persona se basa principalmente en su identidad

Pero, aunque Llanos nos ha ofrecido maravillosos ejemplos de madurez en varias polémicas recientes, lamentablemente esta no es la norma que rige el ecosistema influencer. En las últimas semanas he visto cómo el tiktoker Naim Darrechi se jactaba de mentir a sus parejas sexuales para mantener relaciones sin preservativo, y a la instagramer Marina Yers haciendo apología de la bulimia en un vídeo en el que afirmaba que le "encanta vomitar".

El caso de Darrechi es tan grave que el Gobierno Balear le ha denunciado por abuso sexual. Lamentablemente no hay ninguna ley que permita actuar contra Yers ni contra cualquiera que diga que la Tierra es plana, que el coronavirus no existe y que los resultados de las últimas elecciones de EE. UU. fueron manipulados. De hecho, este último ejemplo demuestra que no hace falta ser joven para decir y creerse barbaridades como pianos.

Aun así, el asalto al Capitolio estadounidense a mano de una turba de descerebrados impulsados por Trump tampoco es lo peor que le ha pasado a la sociedad a causa de la desinformación. Por si no lo recuerda, más de 24.000 musulmanes rohingya fueron asesinados en Myanmar en 2017 tras una escalada de odio y bulos contra ellos en las redes sociales del país.

Es normal que los más jóvenes digan y se crean cualquier cosa. Pero cuando esas cosas suponen delitos, fomentan los trastornos alimenticios e impulsan el odio, y las redes sociales les permiten llegar a millones de personas, queda claro que necesitamos mecanismos y herramientas para arreglarlo. Y, sobre todo, necesitamos empezar a prestar atención a este enorme problema.

Es normal que los más jovenes digan y se crean cualquier cosa, pero cuando son delitos hacen falta herramientas para arreglarlo

El propio youtuber francés Léo Grasset advierte: "Si quieres manipular la opinión pública, especialmente la de los jóvenes, no vas a la televisión. Basta con gastar el mismo dinero en creadores de TikTok y YouTube. Todo el ecosistema está perfectamente construido para maximizar la eficacia de la desinformación".

Poco podemos hacer ante el constante desinterés de las plataformas por moderar mejor su contenido, ni contra quienes intentan aprovecharse de ello. Así que, una de las mejores vías está, como siempre, en la educación. Del mismo modo que la automatización nos obliga a adquirir nuevas habilidades como la comunicación y la flexibilidad para poder seguir siendo competentes, la desinformación debe impulsar el pensamiento crítico para que los bulos no nos consuman.

No siempre podremos confiar que en el altavoz de las redes sociales esté en manos de personas con la sensatez de Llanos o la profesionalidad de Grasset y Drotschmann, porque el mundo también está lleno de Trumps, Darrechis y Yers.

Así que, igual que yo le hice caso a mi primer jefe, ahora hágame caso usted a mí: la desinformación en manos de influencers amenaza la sociedad tal y como la conocemos. Hace dos años fueron los musulmanes rohingya, pero mañana podría ser usted.

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