Más de tres de cada cuatro sanitarios sufre burnout, según una encuesta realizada a profesionales catalanes e impulsada por la Fundación La Caixa. El síndrome de estar quemado afectaría especialmente a los más jóvenes.
Los factores que protegen a médicos y enfermeros de sufrirlo tendrían que ver no tanto con la capacidad de sobreponerse a la adversidad sino más bien con el entorno organizacional, la autonomía y el reconocimiento a la labor.
El trabajo ha sido liderado por Oriol Yuguero, de la Universitat Oberta de Catalunya, y Anna Mitjans, de la Fundación Galatea, y combina cuestionarios mensuales, realizados a lo largo de medio año, con grupos de discusión y una experiencia de realidad virtual, para obtener una panorámica cualitativa del burnout y su evolución a lo largo del tiempo.
El síndrome del trabajador quemado es una respuesta al estrés laboral que puede afectar tanto a la salud de los profesionales como a la calidad de la atención percibida por sus pacientes.
El estudio encuestó a 992 médicos y enfermeros, de los que solo 239 (el 24,1%) no presentaron burnout en el periodo de estudio.
Estos tenían una experiencia profesional más dilatada: la mediana —el punto que divide un grupo al 50%— de años trabajados era de 25 entre aquellos no quemados, por 20 años en el que mostraba indicios de burnout.
Sin embargo, los autores no observaron diferencias significativas por género o profesión (médica o enfermera).
Menos sueño, más ansiedad
La mayor prevalencia en jóvenes, apuntan, "sugiere que los primeros años de formación y ejercicio constituyen una etapa especialmente relevante para su prevención".
Esto conlleva unas consecuencias para la salud de los profesionales. El 28,3% de los afectados por el burnout duerme menos de seis horas, frente al 10,8% de los que se libran de él.
Además, la presencia de ansiedad y depresión llega al 17,7% entre los afectados, por el 3,6% del resto. También se muestran más cansados a mitad de la jornada y al final del día, tienen más cefaleas, dolor de espalda, dolor articular y molestias digestivas.
Los autores resaltan que los datos de la encuesta desmontan los mitos de vocación ("puede sostener el compromiso, pero no compensa indefinidamente") y la fortaleza individual para prevenir el burnout y le dan, en cambio, más importancia a los factores organizativos, el buen trato y el reconocimiento al trabajo.
El 97,9% del grupo no quemado presentaba un elevado nivel de control percibido y el 94,5%, un nivel elevado de apoyo social.
El 92,8% registraba un nivel bajo de soledad, y el 86,4%, un nivel alto de bienestar total. También había proporciones elevadas de felicidad, satisfacción vital y optimismo.
El estudio también describe una mayor estabilidad emocional y recursos de regulación entre los profesionales con ausencia de burnout.
En los grupos de discusión, los participantes hablaron de poner límites, preservar intereses fuera del trabajo y mantener vínculos con compañeros, amistades y familia.
No obstante, estos profesionales se consideraban mejor tratados por sus respectivas organizaciones, así como los mandos y el equipo, y un mayor reconocimiento por parte de pacientes, compañeros y responsables institucionales, reflejaban las encuestas.
En los grupos de discusión se hizo hincapié en estas percepciones. Un equipo cohesionado, que muestre confianza y apoyo mutuo, con una comunicación fluida y un liderazgo cercano, era altamente valorado.
Por el contrario, la sobrecarga de trabajo, la burocracia y la falta de tiempo para conciliar vida laboral y personal eran los factores más negativos.
Los investigadores concluyen señalando la importancia de que se reconozcan las primeras señales de saturación profesional y la necesidad de apoyo, de que los equipos puedan establecer espacios de conversación y cooperación, así como la revisión de las cargas de trabajo, los horarios o el liderazgo.
