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Hay años que terminan el 31 de diciembre y otros que tardan mucho más en acabarse. El 2020 pertenece a estos últimos. Seis años después, todavía basta con volver a escuchar unas sirenas, contemplar un pasillo de hospital o recordar aquellas ciudades vacías para descubrir que algo de nosotros continúa allí, encerrado en aquellos meses en los que la muerte se convirtió en una cifra pronunciada cada tarde por televisión.

Juan Abarca Cidón volvió este martes a aquel tiempo. Lo hizo en un Auditorio Reina Sofía del Hospital Universitario HM Sanchinarro lleno hasta la bandera de sanitarios, familiares, amigos y representantes del sector, para presentar Cuando todo se tambalea. Gestionar lo imposible: crónica de una pandemia (Deusto).

A su lado estaba Pedro J. Ramírez, director y presidente ejecutivo de EL ESPAÑOL. Y durante algo más de una hora ambos hicieron algo más complicado que presentar un libro: regresar juntos a marzo de 2020 para recordar cómo, cuando todo empezaba a venirse abajo, hubo que aprender a gestionar lo imposible.

Pedro J. Ramírez conversa con Juan Abarca durante la presentación de Cuando todo se tambalea, la crónica del presidente de HM Hospitales sobre la gestión de la pandemia. Nieves Díaz.

Volver a 2020

Antes de comenzar la conversación se proyectó un vídeo con imágenes de aquellos días. Abarca, presidente de HM Hospitales pero médico antes que cualquier otra cosa, quedó visiblemente afectado. Quizá porque hay recuerdos que envejecen y otros que simplemente esperan.

Roger Domingo, responsable de Deusto, había explicado minutos antes que el libro pretende precisamente combatir ese olvido. Han pasado seis años, recordó, pero probablemente no los suficientes para que una sociedad pueda permitirse olvidar tan rápido cuanto ocurrió. La obra, añadió, no quiere limitarse a reconstruir el pasado: pretende extraer de él una enseñanza para la próxima crisis.

Roger Domingo, director editorial de Deusto, durante su intervención en la presentación de Cuando todo se tambalea. Nieves Díaz.

Pedro J. Ramírez llevó esa idea mucho más lejos. Situó la obra de Abarca en una tradición que comienza con Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, y desemboca en La peste, de Albert Camus. Pero encontró una diferencia esencial: aquello era literatura; esto sucedió.

El paralelismo que trazó entre Abarca y el doctor Rieux de Camus atravesó después toda la conversación. Ambos, sostuvo, comparten la obstinación por cumplir con el deber cuando alrededor empieza a desmoronarse la normalidad.

Abarca lo hizo desde una posición especialmente compleja. Era médico y era empresario; dirigía hospitales que, de un día para otro, tuvieron que multiplicar camas, respiradores y espacios mientras nadie sabía todavía exactamente cómo se transmitía el virus ni cómo tratar a quienes llegaban ahogándose. "Esta es nuestra guerra", recuerda haber dicho entonces a sus profesionales.

El infierno

Hubo días en los que cada jornada sólo permitía una certeza: que la siguiente sería peor. Respiradores insuficientes, médicos calculando qué paciente tendría mayores posibilidades de sobrevivir conectado a uno. Enfermeras derrumbadas, limpiadoras entrando en habitaciones infectadas cuando ni siquiera se conocía bien el mecanismo de contagio. Pacientes que morían sin que sus familias pudieran acompañarlos.

Pedro J. recuperó uno de los pasajes más duros del libro. Abarca describe los hospitales como una suerte de infierno de Dante: filas de pacientes inmóviles y el ruido constante de las máquinas sustituyendo a las voces. Lo más aterrador, escribió, no era únicamente el dolor. Era "la ausencia de consuelo".

Pedro J. Ramírez, durante la conversación con Juan Abarca: “Aquí no se trata de heroísmo, sino de honestidad”, recordó citando La peste, de Albert Camus. Nieves Díaz.

Pero la conversación no fue únicamente un inventario del horror. También apareció la improvisación prodigiosa de aquellos días: máscaras de buceo transformadas en sistemas de ventilación, profesionales multiplicándose donde faltaban manos y hospitales públicos y privados trabajando juntos cuando ya no quedaba espacio para las discusiones habituales.

Abarca defendió precisamente esa reacción de la sociedad civil. Frente a los errores, la descoordinación y algunas mezquindades políticas que recuerda de aquellos meses, quiso detenerse en quienes sostuvieron el sistema cuando parecía imposible sostenerlo.

Las teclas

Quizá por eso asegura que escribir el libro le resultó tan doloroso. "Es como si las teclas quemaran", explicó. No necesitaba escribirlo para recordar. Lo conserva todo en la cabeza. Conserva también los mensajes que publicó durante aquellos meses y el reconocimiento de personas que todavía hoy lo detienen por la calle. Pero sentía que había una historia que debía dejar por escrito.

Juan Abarca, presidente de HM Hospitales, agradece al público su asistencia al término de la presentación de Cuando todo se tambalea. Nieves Díaz.

Y entonces, ya al final, apareció la verdadera razón del libro. Abarca miró a los profesionales de HM que llenaban el auditorio: médicos y enfermeras, pero también limpiadoras, trabajadores de mantenimiento, fisioterapeutas y todos aquellos a los que llamó "los invisibles".

El volumen, explicó, pertenece también a ellos. Para que algún día puedan entregárselo a sus hijos o a sus nietos y decirles cuatro palabras que contienen una época entera: "Yo estuve ahí". Porque seis años después quizá ésa sea la distancia exacta que nos separa de la pandemia: suficiente para seguir adelante, pero todavía demasiado pequeña para olvidar.