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Las claves

"Esto se ha acabado". Esta es la reflexión que cruza transversalmente los despachos de las grandes empresas españolas valorando la situación política en el comienzo del curso.

El problema es que ya no estamos ante una reflexión ideológica y el deseo de algunos empresarios o directivos del Ibex que no comulgan con Pedro Sánchez.

Hablamos de reflexiones de los departamentos de asuntos públicos de los gigantes cotizados basándose en previsiones reales y en la prospección de los actuales acontecimientos.

"Y cuanto antes acabe mejor", agrega con preocupación un directivo de una cotizada con muchos años en su puesto y que ha sobrevivido a varios gobiernos de los dos colores políticos.

El problema es que la salida de Sánchez no es segura -coinciden- y todo parece indicar que agotará la legislatura hacia mediados de 2027 o finales del próximo año. Es algo que "sólo alargaría la agonía", sostienen.

Es indudable que el Ibex 35 da definitivamente por amortizado el Gobierno de Pedro Sánchez, no sólo por los casos de corrupción que le cercan y la parálisis parlamentaria, sino también por el descalabro económico que se podría producir en los próximos meses.

Todo ello aderezado por un complejo escenario internacional del que España probablemente no pueda escapar y menos con un gobierno débil y un margen de maniobra económico muy reducido.

Un sentimiento y reflexiones que llegan probablemente en el peor momento de las relaciones entre las grandes empresas españolas y el Gobierno central.

Para nadie es un misterio que los puentes entre los grandes empresarios y Sánchez están completamente dinamitados desde hace años, pero es que ahora mismo pasan quizás por su peor momento.

Han pasado siete meses desde que Sánchez compartió impresiones con empresarios relevantes (que no estén vinculados a empresas públicas o participadas por el Estado) y nada parece indicar que vuelvan a coincidir.

El último fue un breve encuentro en Davos con Ignacio Galán (Iberdrola), Carlos Torres (BBVA), Jon Josu Imaz (Repsol), Ana Botín (Santander) y Marc Murtra (Telefónica). De esta charla no trascendió agenda ni imágenes, como en años anteriores.

Días antes, en el Spain Investors Day, todos los grandes estuvieron representados en la cita anual de los inversores extranjeros, pero a la hora del discurso de Sánchez sólo se quedaron en el salón ministros de su gabinete y directores de compañías vinculadas con el Estado.

En el comienzo del curso, Sánchez no encabezó un gran acto como hizo en años anteriores. En la pandemia, todos los directivos de grandes empresas le acompañaron para cerrar filas, pero la situación actual no llama a grandes fastos.

En Moncloa ni se plantearon intentar montar un evento de estas características y ni siquiera sondearon a empresas y sociedad civil para ponerlo en marcha. Son conscientes de que cada vez menos gente quiere estar cerca de Sánchez.

Partiendo por los empresarios. Desde comienzos de año, muchos de ellos evitan encuentros públicos con el presidente del Gobierno, lo que aleja cualquier tipo de acercamiento.

Es más, hay cierto temor en las grandes empresas a que si se les relaciona con Sánchez se podrían frenar sus negocios en el exterior, en países como Estados Unidos y en sectores como el energético.

Y quizás con razón. No ha dejado un buen recuerdo entre las grandes corporaciones la intervención del Gobierno en sectores como el bancario y el energético por los impuestos extraordinarios lanzados tras la guerra de Ucrania. Y el veto que se hizo a la opa del BBVA al Banco Sabadell.

Y hablando de apoyos. Uno de los pocos directivos que siempre acudió a las convocatorias del presidente del Gobierno ya no está. José Bogas abandonó Endesa en abril de este año y su sustituto Gianni Vittorio Armani tiene una agenda pública extremadamente acotada.

Pero el sentimiento generalizado de los directivos de las grandes empresas va más allá de la lejanía y nula cercanía con Sánchez. Tiene que ver con el futuro más inmediato de España, con sus instituciones y con su economía.

"El que herede esto lo tendrá muy complicado", dice un gran empresario. Se refiere al estado en el que se encontrarán las finanzas públicas y el tejido empresarial cuando Sánchez ya no esté en La Moncloa.

Y para ello hay varios elementos que invitan al pesimismo. En primer lugar, una deuda de más de 1,7 billones de euros que está en máximos históricos y que hipoteca la hoja de ruta de cualquier nuevo Gobierno.

No hablamos de una situación similar al fuerte ajuste fiscal que tuvo que hacer Mariano Rajoy tras la herencia recibida de José Luis Rodríguez Zapatero, pero es evidente que la Unión Europea pedirá que a partir de 2028 se hagan ajustes de verdad para cuadrar las cuentas públicas.

Pero es que, además, este curso se acaba el impulso de los fondos europeos Next Generation, el verdadero dopaje de la economía española en el último lustro.

También se han enquistado problemas estructurales que no se resolverán antes de las próximas elecciones. Los empresarios se refieren a la pérdida de poder adquisitivo y a la imposibilidad de acceder a la vivienda.

A este negativo escenario hay que agregar un contexto internacional convulso con los precios de los combustibles y de la energía disparados y una cesta de la compra que puede volverse inalcanzable para buena parte de la población en los próximos meses.

Un asesor de grandes empresas sostiene, además, que en estos momentos la inversión extranjera está paralizada y así lo demuestra el desplome en términos netos y las desinversiones.

Del mismo modo, advierte que la tasa de inversión de empresas privadas en general (incluyendo las españolas) está muy por debajo de 2018. Y eso no se recupera de un día para otro, aunque el Gobierno cambie de color político.

Así, todos coinciden en señalar que un nuevo Ejecutivo del PP, con o sin Vox, no lo tendrá nada fácil y puede encontrarse con una economía muy deteriorada, que puede empeorar mucho más en el año que queda a Sánchez.

El actual contexto político tampoco sugiere que se aprueben los Presupuestos Generales del Estado (PGE) para el próximo año, lo que mantendría completamente la actual parálisis de las cuentas públicas.

A esto hay que sumarle otro elemento. Incluso si PP y Vox sacan 200 diputados en conjunto, el hundimiento de la izquierda podría dar al PSOE al menos 100 diputados, lo que le legitimaría perfectamente como líder de la nueva oposición.

Esto supondría que -ante unos probables ajustes al gasto público del PP- la izquierda y el PSOE agiten la calle y generen una inestabilidad institucional que tampoco quieren las empresas.

Una coyuntura altamente nociva en todos los escenarios que no termina de aclararse y cuyo futuro tiene muy mala pinta. En esta línea, las grandes corporaciones lo tienen claro: wait and see. Esperar y analizar, o lo que es lo mismo, resistir hasta que pase el temporal.