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Las claves

Esta crónica de cuatro décadas encuentra su epílogo, o podríamos decir su razón de ser, en Santander. Como cada año, y ya van 40, se celebra en la capital cántabra el Encuentro de la Economía Digital y las Telecomunicaciones de Ametic, la misma patronal que nació prácticamente cuando los mainframes de nueve pistas cedían el sitio a los primeros ordenadores personales.

Así que el hecho de que la cifra redonda de los cuarenta años coincida con este relato no es un capricho editorial: el encuentro veraniego de Santander ha servido, edición tras edición, de toma de contacto con cada mutación del sector, desde el software corporativo de los noventa hasta la actual pugna por la soberanía del dato que nos ocupa hoy.

Empero, la cita ha perdido, antes de que comience siquiera, a su cabeza de cartel. El presidente Pedro Sánchez ha cancelado su asistencia al encuentro, después de que el Congreso de los Diputados adelantara al tres de septiembre su comparecencia sobre la crisis migratoria de Ceuta. Será finalmente el vicepresidente primero y ministro de Economía, Carlos Cuerpo, quien cierre la cita.

Sigue siendo un nivel relevante, unido a la presencia del ministro del ramo, Óscar López, aunque en este último caso habrá que esperar por si decide dar un plantón de última hora como aconteció el pasado curso.

El cambio de plantel no altera, en todo caso, el fondo de la cuestión: la agenda de Santander gira una vez más en torno a la capacidad de cómputo y la dependencia de los hiperescalares extranjeros, la financiación europea de infraestructuras estratégicas y el despliegue de la inteligencia artificial en la industria.

Porque en cuarenta años no han cambiado los fundamentales: donde antes se hablaba de cintas, ahora se discuten petaflops, megavatios y miles de millones de euros de inversión extranjera. Seguimos anclados en la misma discusión sobre el potencial digital de un país que nunca llega a consolidarse entre los grandes, de un tejido empresarial que parece nunca aprovechar las olas disruptivas en su plenitud y de un ecosistema innovador atrapado por la burocracia y la sobrerregulación.

Del Spectrum al mainframe

Aquella España de 1986 vivía ya una dualidad tecnológica fascinante, la misma que la próxima semana se escuchará en los pasillos del Palacio de la Magdalena. Mientras miles de jóvenes cargaban juegos de casete a duras penas en su ZX Spectrum de 48 kilobytes en el salón de casa, el verdadero poder transaccional operaba en los sótanos blindados de las conspicuas entidades de la gran banca, como el Banco de Bilbao, el Santander o el Vizcaya. En las tripas de la Administración, la Gerencia de Informática de la Seguridad Social, creada en 1980, ejecutaba aplicaciones críticas programadas en COBOL sobre el sistema operativo MVS de los mainframes IBM 3081.

Esta fue la era en la que el músculo financiero y estatal dependía en exclusiva del hierro importado. ¿Les suena de algo la historia?

A pocos kilómetros de esos búnkeres, la maquinaria del Estado digital daba sus primeros pasos firmes hacia la modernización. En el Ministerio de Hacienda, embrión de la futura Agencia Tributaria constituida en 1992, los sistemas del fabricante Nixdorf comenzaban a erradicar las infinitas barreras de archivadores físicos. Fue un triunfo de la soberanía pública que demostró cómo la tecnología podía domesticar la burocracia, agilizando procesos que antes dependían de la tracción mecánica del papel y el tampón, sin que la tosquedad del soporte fuera óbice para recaudar los tributos de la nación.

Primera jornada del 39º Encuentro de la Economía Digital de Ametic. Alberto Iglesias

Aquel apetito por la digitalización tuvo incluso su reflejo en el intento de construir una industria de hardware propia. Los ordenadores clónicos Inves, concretamente el emblemático Inves PC-1060 ensamblado por Investrónica, la entonces pujante filial tecnológica de El Corte Inglés, poblaron las mesas de oficina armados con microprocesadores Intel 8088. Representó, en última instancia, del último gran intento soberano de España por retener el ensamblaje físico del hardware local antes de sucumbir definitivamente ante la avalancha implacable de la importación.

Del hierro a la red global

Rendida la batalla de los componentes, el tejido empresarial español entregó el control a la estandarización de sus procesos lógicos. Con la fundación de SAP España en mayo de 1987 y el lanzamiento de SAP R/3 en julio de 1992, la soberanía del software desarrollado a medida fue sustituida por el canon germánico.

Este tráfago de información interna organizó de golpe la cadena de suministro y consagró el nacimiento del CIO en el comité de dirección, institucionalizado en 1995 con la fundación de la Asociación de Usuarios de SAP España, AUSAPE, pionera de mil y una comunidades de directivos de tecnología existentes en la actualidad.

La dependencia tecnológica estalló con la amenaza del efecto 2000, un pánico de carácter sistémico que transformó radicalmente el mercado laboral. Las consultoras de body shopping, bautizadas popularmente como 'cárnicas' (gigantes como Indra o Coritel), movilizaron a legiones de programadores novatos para depurar líneas interminables de código antiguo. Fue en esta trinchera laboral más cruenta donde miles de ingenieros pasaron noches en vela para evitar el colapso de las infraestructuras... al mismo tiempo que consolidaban un modelo de producción masivo e intensivo en capital humano que perdura hasta hoy.

Al tiempo que las empresas parcheaban sus fechas, el ordenador abandonaba su aislamiento para siempre con el lanzamiento de Infovía en septiembre de 1995. Llegaba internet, las máquinas dejaron de ser una herramienta de procesamiento puramente local para convertirse en un terminal conectado a un vasto ecosistema global.

Internet demostró que el puente conceptual hacia la cesión de los datos ya no residía en la capacidad de cálculo del ordenador que teníamos delante de nosotros, sino en la información que fluía a través de las redes globales. De nuevo, ¿les suena de algo a lo que vivimos en la actualidad con la inteligencia artificial?

Francisco Hortigüela, presidente de Ametic. Javier Carbajal

El cambio de milenio aceleró la necesidad de ensanchar esas autopistas, sorteando los vericuetos de la red mediante la desregulación de las telecomunicaciones, marcada por la LGT 11/1998 y la irrupción de actores como Retevisión o Airtel. Telefónica lanzó su mítica tarifa ADSL en 1999 por 9300 pesetas al mes, encendiendo la mecha de una conectividad física a gran escala que culminó el 19 de abril de 2024 con el apagón del cobre y el cierre de 8532 centrales.

Ahora, España luce un espectacular tendido de fibra óptica FTTH que alcanza al 95% de los hogares según el FTTH Council Europe, frente al 79% de media de la UE. Una red capilar que sirve como ninguna para la optimización física de la economía, desde la industria hasta la logística. Aunque también podemos retrotraernos en el tiempo para ver cómo la digitalización de los entornos fabriles no es nada nuevo: la robotización de la factoría de SEAT en Martorell, inaugurada en 1993, trazó la pauta de automatización física que años después perfeccionaría Inditex mediante la implantación global de la tecnología RFID en toda su cadena de valor.

El paso a la nube

Y si primero fue la construcción de ingentes centros de datos con los que dar soporte a las empresas en su incipiente adopción de lo digital, también hemos visto en estas cuatro décadas su (parcial) desmantelamiento.

La migración de los servidores locales a la nube pública ha sido imparable en los últimos años: según el INE, la adopción de la tecnología cloud pasó del 14% en 2014 al 44,3% en 2026. Y una vez más, al claudicar de sus viejas salas locales en favor del software como servicio alojado en la nube elástica estadounidense, las compañías del Ibex 35 sacrificaron el control físico de sus sistemas a cambio de la eficiencia operativa (y, al menos en teoría, de unos menores costes).

Si están al tanto de las discusiones acerca de la adopción de la IA generativa en local frente a los grandes modelos públicos, verán al instante un nuevo paralelismo histórico.

En cualquier caso, el territorio español ha mutado en una inmensa placa base para la infraestructura de terceros con el aterrizaje de las regiones cloud de Google en Alcalá de Henares, en mayo de 2022, Microsoft (Madrid y Aragón) en junio de 2024, y la inyección extraordinaria de 33.700 millones de euros de AWS en la estepa aragonesa.

Es la respuesta a la saturación energética de los tradicionales mercados FLAP (Fráncfort, Londres, Ámsterdam, París), buscando baja latencia y devorando capacidad -y energía- para la inteligencia artificial. Y, nuevamente, España va más tarde que el resto de países europeos en esta particular carrera. Aunque quizás viendo los niveles de deuda que están asumiendo estos colosos extranjeros y las crecientes dudas sobre su retorno de la inversión, a lo mejor en este caso nos sale bien la jugada...

Los límites de la colonia digital

La magnitud de este despliegue es evidente en las cifras macroeconómicas de 2026, donde el PIB digital ya representa un espectacular guarismo del 27,0% y mueve 455.300 millones de euros, un 13,42% directo y un 12,49% indirecto, según los últimos datos de Adigital y BCG (a la espera de los que ofrezca esta próxima semana Ametic).

Pero este crecimiento estructural choca contra los habituales frenos a la innovación y lo digital en este país. Para muestra, tomemos el 'boom' de los centros de datos: el consumo eléctrico de estas instalaciones pasará de 439 MW en 2025 a 2537 MW en 2030, según estimaciones de SpainDC. Pero las licencias para nuevos despliegues de red van por los derroteros de la lentitud, muchos actores ajenos a la industria han copado parte de estos permisos con la especulación como telón de fondo y, encima, el Gobierno recrudece los requisitos energéticos para futuras instalaciones con un 'decretazo' muy lejos de los estándares europeos.

Sigamos para bingo: el Estado evidencia su impotencia tras la Ley de Startups que no ha llevado a mejoras sustanciales en el devenir del ecosistema, el PERTE Chip de 12.250 millones de euros de Jaime Martorell que no logró la mil veces prometida fábrica de chips (con el fiasco de la fábrica de Broadcom que nunca abrió), avivando la discusión sobre la soberanía tecnológica e industrial que sobrevuela cada edición del encuentro de Santander.

Muchos de esos temas ya se han analizado, debatido y desglosado en previos eventos de la patronal en Santander. Y, como si los 40 años apenas pasaran factura, seguiremos hablando de ellos estos próximos días. Con especial hincapié en la dependencia de la nube extranjera, la financiación de infraestructuras estratégicas y el impacto de la inteligencia artificial en el empleo.

Así que cuatro décadas después de que el ZX Spectrum conviviera con los mainframes de la banca, el país sigue debatiendo el mismo dilema de fondo, cambiando únicamente el vocabulario con el que lo nombra, ahora plagado por la inteligencia artificial. Eso sí, siempre nos quedarán las rabas y los sobaos de Santander para olvidarnos por un rato de este aciago diagnóstico...