Cuando nos levantamos cogemos el móvil y lo desbloqueamos mirándolo, eso ya es Inteligencia Artificial. Le pedimos al GPS que nos lleve al trabajo y automáticamente elige la ruta más rápida, eso también. Mientras escribimos un mensaje, el teclado termina la palabra o nos corrige algo que no sabíamos que estaba mal. Nada más abrir una app para escuchar música o ver una serie nos aparecen las opciones que queremos, como si nos conocieran. De hecho, hay un modelo entrenado con nuestro comportamiento haciendo ese trabajo silencioso 24/7 en segundo plano.
Lo interesante es que nada de esto lo pensamos como "Inteligencia Artificial". Lo pensamos como que el smartphone funciona bien, la app es cómoda, el banco nos avisa rápido cuando alguien intenta usar nuestra tarjeta desde otro país. Ese es justamente el punto: la Inteligencia Artificial que más nos cambió la vida hasta ahora no es la que sale en las noticias con robots o con voces que te contestan como humanos, es la que ya está tan interiorizada, que dejamos de verla. Se volvió invisible. Y cuando algo se vuelve invisible es porque ya ganó.
No es solo una impresión: un estudio de Gallup realizado en Estados Unidos encontró que el 99% de los adultos usó al menos uno de seis productos con Inteligencia Artificial (asistentes virtuales, mapas, aplicaciones de clima, redes sociales, streaming o compras online) durante la última semana, y que ocho de cada diez usaron cuatro o más. Sin embargo, el 64% no se dio cuenta de que lo estaba haciendo. La brecha entre lo que usamos y lo que creemos usar es, hoy, la mejor medida de cuánto se naturalizó la Inteligencia Artificial en la vida diaria.
Suele decirse que la Inteligencia Artificial va a cambiar todo, que va a ser como Internet, que no habrá industria, tarea o rutina que quede al margen. Comparto esa mirada, pero conviene matizarla: cuando hablamos del tema solemos irnos directo al futuro (los coches que se conducen solos, el trabajo que podría desaparecer) y se nos escapa el presente, que ya está transformado por ella.
Hoy, las barreras para aprender, crear y acceder a información se han reducido. Cualquier persona con un teléfono móvil en la mano tiene, sin siquiera darse cuenta: un asistente que traduce idiomas en tiempo real, otro que reconoce una canción a partir de unos pocos segundos de audio, uno que corrige la iluminación de una foto sin necesidad de apretar ningún botón adicional y, finalmente, uno que filtra el spam antes de que llegue a la bandeja de entrada. Hace diez años, cada una de estas cosas habría sido un logro de laboratorio. Hoy es un martes cualquiera. Y esa comodidad ya se refleja en la disposición de las personas: según el Pew Research Center, el 62% de los estadounidenses afirma interactuar con Inteligencia Artificial al menos varias veces por semana, y el 73% estaría dispuesto a dejar que la IA los ayude, aunque sea un poco, en sus tareas cotidianas.
No estoy planteando esto para alarmarlos ni para generar la idea de que se acerca una ola incontrolable. Todo lo contrario: creo que el primer paso para aprovechar algo es darse cuenta de que ya lo estamos usando. La IA no es una puerta que todavía no se ha abierto, sino una herramienta más que ya se ha sumado al conjunto de herramientas con las que vivimos y que seguirá expandiéndose sin pedir permiso. Quien la observa desde lejos, esperando el momento "oficial" en que llegará a su vida, está dejando de percibir que llegó hace mucho tiempo.
La próxima vez que desbloquees el teléfono, que el GPS te ayude a esquivar el tráfico, que la aplicación del banco impida un fraude antes de que ocurra o que el buscador complete la frase que estabas a punto de escribir, recuerda: no es magia, no es coincidencia y no es el futuro. Es la Inteligencia Artificial funcionando en este preciso momento, en el bolsillo de cada uno, mientras nadie se da cuenta.
Desde mi punto de vista, esta es la mejor noticia de todas: no hace falta esperar nada, porque esto ya está sucediendo. La cuestión ya no es si la IA va a llegar a nuestra vida cotidiana, sino con qué rapidez nos vamos a animar a mirarla de frente y aprovecharla, en lugar de dejarla pasar desapercibida, como viene sucediendo hasta ahora.
*** Nicolás Benenzon es CEO y cofundador de Humand
