Hay algo profundamente fascinante, y asaz desconcertante, en este 2026 que ya empieza a enfilar su recta final. Arrancamos el año todavía digiriendo el jarro de agua fría de un estudio del MIT, publicado meses antes, que advertía de que el 95% de las iniciativas empresariales de inteligencia artificial generativa no estaban obteniendo un retorno económico medible. Y hemos llegado a octubre escuchando, a grito herido, admoniciones sobre el inminente apocalipsis tecnológico, el advenimiento de una superinteligencia descontrolada y la posibilidad, nada baladí, de que nuestra especie acabe periclitando por obra y gracia de los algoritmos que ella misma ha engendrado.

Entre la decepción crematística y el estertor de la humanidad se ha desarrollado buena parte del debate público sobre la tecnología más trascendental de nuestro tiempo. Convendrán conmigo en que semejante galimatías resulta difícil de explicar sin recurrir a cierta dosis de ironía.

Porque vivimos instalados en una dicotomía casi religiosa, con conspicuos gurús de la inteligencia artificial ejerciendo de arcontes de una nueva era de prosperidad y sus correspondientes predicadores del averno digital, todos ellos entregados a una salmodia de promesas, amenazas y profecías que apenas admite mesura.

Los primeros nos prometen una cornucopia de productividad, abundancia y conocimiento, una suerte de paraíso terrenal donde las máquinas nos exonerarán de nuestras cuitas laborales y nos permitirán entregarnos al solaz de una existencia casi epicúrea. Los segundos anuncian un porvenir ominoso, cuando no directamente execrable, en el que nuestra proverbial estulticia nos habrá llevado a crear una inteligencia superior dispuesta a arrebatarnos el control de nuestro destino.

Y lo más curioso es que, en ocasiones, ambos discursos emanan de los mismos gerifaltes de la industria, capaces de anunciar por la mañana la salvación de la humanidad y advertir por la tarde de su posible extinción.

A esta plétora de contradicciones se suma el vodevil regulatorio europeo, donde Bruselas parece empeñada en compaginar el afán de proteger a sus ciudadanos con la premura por evitar que sus empresas acaben convertidas en actores secundarios de la revolución digital. El llamado Ómnibus Digital y la simplificación de las obligaciones sobre inteligencia artificial han introducido aplazamientos y flexibilizaciones en un marco normativo cuya Ley de IA comenzó a desplegar buena parte de sus disposiciones este verano.

Un movimiento pendular entre la regulación y la desregulación que, aunque responda a preocupaciones legítimas sobre la competitividad continental, amenaza con alimentar la incertidumbre de quienes necesitan reglas claras para invertir, innovar y competir. A ratos exigimos garantías perentorias frente a cualquier eventualidad algorítmica; a ratos descubrimos que semejante celo puede constituir un óbice para nuestra propia industria.

España tampoco escapa a semejante tráfago. La atracción de inversiones multimillonarias en centros de datos, convertidos en infraestructuras estratégicas de la economía digital, convive con las tribulaciones derivadas del acceso a la red eléctrica, la disponibilidad energética y las nuevas exigencias ambientales que amenazan con condicionar algunos despliegues. Resulta comprensible que un país aspire a preservar sus recursos y garantizar la sostenibilidad de estas instalaciones, pero también que los inversores reclamen certidumbre antes de comprometer cantidades ingentes de capital.

Los ganadores y los finalistas de los DISRUPTORES Innovation Awards 2026. Javier Carbajal.

Entre quienes consideran cualquier limitación un anatema contra el progreso y quienes parecen contemplar cada nuevo centro de datos como una afrenta ecológica, seguimos sin resolver de manera satisfactoria el encaje entre ambición industrial, soberanía tecnológica y responsabilidad ambiental.

Y mientras discutimos sobre todo ello, nuestra existencia continúa su inexorable digitalización, con una creciente preocupación por unos derechos cuyo alcance apenas empezamos a comprender. Lo recordaba ayer Luisa Alli, coordinadora del Observatorio de Derechos Digitales y presidenta de la Fundación Hermes, durante la inauguración de los DISRUPTORES Innovation Awards 2026. La defensa de estos derechos adquiere especial relevancia precisamente cuando estamos trasladando cada vez más parcelas de nuestra vida personal, profesional y social a entornos gobernados por sistemas cuya lógica resulta, en demasiadas ocasiones, ignota para sus propios usuarios.

Nos preocupa nuestra privacidad, la identidad digital, la autonomía de nuestras decisiones o el tratamiento de nuestros datos, pero seguimos incorporando tecnologías a nuestra cotidianeidad con una mezcla de entusiasmo, resignación y desconocimiento de sus consecuencias últimas. Quizá porque la comodidad inmediata suele ejercer un influjo más poderoso que cualquier preocupación sobre riesgos todavía difíciles de aprehender.

Con semejante panorama, el sector tecnológico vive un momento indudablemente dulce, incluso exuberante, aunque su prosperidad presente esté atravesada por incertidumbres de enorme calado. Nunca habíamos contemplado semejante movilización de recursos, semejante concentración de talento y semejante apetito inversor alrededor de unas tecnologías cuyo potencial resulta extraordinario. Pero tampoco convendría ignorar el apalancamiento financiero y, sobre todo, el apalancamiento sobre expectativas futuras que sostiene buena parte de este entusiasmo.

Se construyen infraestructuras para atender una demanda todavía en formación, se justifican valoraciones con crecimientos venideros y se comprometen inversiones cuyos retornos dependen de hipótesis que algún día deberán superar el examen de la realidad. Hasta la más excelsa de las entelequias tecnológicas acaba teniendo que rendir cuentas ante una cuenta de resultados. Y las matemáticas, para disgusto de los vendedores de quimeras, acostumbran a mostrar bastante menos indulgencia que los mercados en sus momentos de euforia.

Precisamente por eso adquiere especial sentido detenerse, siquiera durante unas horas, para reconocer a quienes están aportando soluciones concretas a problemas reales. Ayer tuvimos ocasión de hacerlo en el Palacio de Neptuno de Madrid, donde 350 personas se congregaron para celebrar una nueva edición de los DISRUPTORES Innovation Awards. Fue un evento espectacular, permítanme la lisonja hacia el extraordinario equipo que lo hizo posible, y también una oportunidad para reivindicar una digitalización propositiva, constructiva y capaz de generar valor económico y social frente a la cacofonía de promesas hiperbólicas y pronósticos apocalípticos que domina demasiadas conversaciones.

Los galardones, materializados en una pieza impresa en 3D cuyo valor trasciende ampliamente su naturaleza física, sirvieron para reconocer a los mejores entre 50 finalistas seleccionados por la redacción de DISRUPTORES a partir de las historias que hemos contado durante los últimos 12 meses. Desde Qilimanjaro Quantum Tech, distinguida como mejor startup del año, hasta Santander X, reconocida por su impulso al ecosistema emprendedor; desde Marc Badosa, de 4Founders Capital, premiado como mejor inversor, hasta los proyectos de digitalización de Ribera Salud y Pyratex. También merecieron reconocimiento Sergio Merchán, CIO de Iberdrola; Tekniker, por su aportación desde los centros tecnológicos; Laura Ferrer, por su trabajo investigador; la Xunta de Galicia, por su apuesta por las comunicaciones cuánticas; y Clip, desde México, por su contribución a la inclusión financiera.

DISRUPTORES Innovation Awards 2026. Javier Carbajal

Diez reconocimientos diferentes que permiten apreciar la amplitud de un ecosistema donde la innovación se expresa a través de empresas, investigadores, instituciones y emprendedores con ambiciones y desafíos muy disímiles.

Mi enhorabuena más sincera a todos los ganadores y, por supuesto, a los restantes finalistas, cuyo trabajo merecía igualmente ocupar un lugar destacado en esta celebración. Permítanme extender el agradecimiento al jurado independiente que hace posibles estos premios y cuya labor constituye, probablemente, uno de sus mayores activos. Fernando Suárez, Elena Gorostiza, Francisco Hortigüela, Miguel Sánchez Galindo, Soledad Díaz, César Tello, Paco Bree, Teresa Rodríguez de las Heras, Mónica Villas, Juan Riva de Aldama, Julio Miravalls, María Guerra, Ignacio Martínez de Lizarrondo, Valero Marín y Bianca Dragomir conforman un plantel que reúne a representantes de las patronales, la academia, la investigación, la empresa, la consultoría y el periodismo especializado.

Quince profesionales que han dedicado su tiempo y criterio a evaluar las candidaturas con absoluta independencia de los intereses comerciales del medio.

Y conviene hacer especial hincapié en esta circunstancia, porque constituye uno de los rasgos que tenemos a gala en DISRUPTORES: nuestros premios son los únicos del sector que garantizan una ausencia total de influencia comercial en la elección de sus ganadores. La redacción selecciona las candidaturas y un jurado externo decide los galardonados conforme a criterios previamente establecidos. Ningún patrocinio compra un premio, ninguna relación comercial determina un resultado y ninguna veleidad empresarial altera el veredicto.

Esa independencia, defendida con abnegación a lo largo de los años, explica buena parte del reconocimiento y respeto que estos galardones han conquistado tanto en España como en el conjunto del mundo hispanohablante.

Sería una muestra de estulticia, además de un ejercicio de presunción periodística que no me corresponde, arrogarse desde estas páginas la condición de juez supremo de cuanto acontece en un sector tan complejo, proceloso y sometido a transformaciones constantes. Quienes hacemos DISRUPTORES aspiramos a ejercer una labor bastante más humilde, aunque también más afanosa: contar lo que sucede, contrastar los hechos, cuestionar los asertos de los poderosos, reconocer el talento cuando aparece y poner en solfa las promesas que carecen de suficiente sustento.

Nuestra tarea exige convivir con las contradicciones de una industria capaz de alumbrar avances extraordinarios y, al mismo tiempo, incurrir en dislates mayúsculos, sin dejarnos arredrar por los augurios de los neoluditas ni embelesar por los sortilegios de los nuevos profetas digitales.

Los DISRUPTORES Innovation Awards responden a ese mismo empeño editorial. Su alcance va mucho más allá de la entrega de un galardón, de la espectacularidad de una gala o del merecido ágape que acompaña a toda celebración colectiva. Durante todo el año contamos las historias de quienes investigan, emprenden, invierten, digitalizan organizaciones y ponen la tecnología al servicio de necesidades concretas. De ese trabajo cotidiano surgen estos premios. Ayer reconocimos a diez de ellas, con la satisfacción de haber podido reunir a buena parte de sus protagonistas y agradecer también el esfuerzo de quienes, desde nuestro equipo editorial y la organización, hicieron posible la ceremonia.