Un año más, la ciudad de Madrid acogió el desfile militar del Día de la Fiesta Nacional. Como cada 12 de octubre, las Fuerzas Armadas marcharon por el centro de la capital a pie y en sus vehículos terrestres y aéreos, exhibiendo los medios humanos, el armamento y el material de que disponen para garantizar la defensa de todos.

La Fiesta Nacional se celebró esta vez en un clima preelectoral que, a quienes nos dedicamos a la industria de defensa, nos obliga a poner de relieve una reflexión que nos preocupa y nos afecta: cada uno de los vehículos y aeronaves que vimos pasar es fruto de decisiones adoptadas hace años, y su funcionamiento dependerá de la industria que lo fabricó mientras permanezca en servicio. Por tanto, el 12 de octubre también sirve para hacer balance de las políticas implementadas por gobiernos anteriores en contextos geopolíticos distintos.

Del mismo modo, los vehículos y aeronaves que recorrerán la capital dentro de una década responderán a decisiones derivadas de las necesidades y amenazas actuales, que seguirán ahí después de las elecciones del 29 de noviembre. La capacidad de nuestros ejércitos para responder al mandato constitucional de defender a los españoles no dependerá tanto del color político de quien nos gobierne los próximos cuatro años, sino de su firmeza en la determinación de dotar al país de un tejido industrial capaz de fabricar y entregar el material que los militares precisan para dicha labor.

Vivimos un momento de cambio acelerado en la manera de entender la defensa. Las capacidades que serán decisivas en los próximos años dependen cada vez más de la ingeniería y la electrónica avanzadas y de sistemas autónomos gobernados por inteligencia artificial. Nuestras Fuerzas Armadas ya preparan la transición: el Ejército de Tierra ya contempla en su planeamiento el uso de vehículos terrestres no tripulados como vanguardia de las unidades tripuladas, y el Ejército del Aire y del Espacio ha situado entre sus prioridades la adquisición de sistemas de defensa avanzada contra drones a reacción. Son tecnologías que evolucionan rápido, muchas veces al ritmo al que se desarrollan las operaciones en lugares como Ucrania e Irán, hasta el punto de que las necesidades pueden variar de una semana a otra.

Y aquí me gustaría enlazar con el concepto de soberanía, que en defensa se mide en última instancia por la autonomía a la hora de decidir. Un país la ejerce de forma plena cuando puede fabricar, mantener y modernizar sus sistemas críticos sin depender de otros. Por tanto, reforzar nuestra soberanía pasa por promover la creación de una base industrial que produzca y entregue el material necesario con autoridad de diseño propia, y que lo actualice con la frecuencia que demandan quienes lo utilizan. España ha dado pasos importantes en esa dirección: ya destina a la defensa el 2% del PIB, y la continuidad y

ampliación de los grandes programas debería ofrecer a la industria un horizonte de planificación sobre el que comprometer capital a futuro.

Una industria con vocación de Estado

La inversión en defensa también tiene un efecto tractor que genera riqueza más allá del propio sector. Cuando una plataforma y sus subsistemas se ensamblan en las plantas de prototipaje, el trabajo asociado abre la puerta del sector a numerosos proveedores. El resultado es más actividad, más empleo cualificado y un conocimiento tecnológico que permanece en España y que, en ocasiones, encuentra también aplicación en el ámbito civil, lo que amplía el retorno económico.

Pero para que el tejido industrial de defensa crezca, también es necesario que se cumplan algunas condiciones. La primera es la previsibilidad, porque conocer con antelación qué se va a necesitar y en qué plazos es lo que permite a las empresas invertir en maquinaria o ampliar plantillas. Y son muchos los proveedores solventes que en este momento aguardan una señal clara para dar el paso. La segunda es la agilidad. Reducir trabas burocráticas, acortar los ciclos de validación entre la industria y los ejércitos y simplificar los procedimientos que los acompañan facilitaría incorporar antes a quienes llegan con soluciones nuevas y llevar las innovaciones al teatro de operaciones mientras todavía pueden marcar la diferencia.

La convocatoria de elecciones generales para el 29 de noviembre da todavía más relevancia a la previsibilidad. Los programas de modernización en marcha tienen horizontes de ejecución que se prolongan durante muchos años y responden a necesidades de Estado que trascienden a la legislatura. Preservar su continuidad y la de los objetivos ya comprometidos, sea cual sea el resultado de las urnas, es la mejor señal para las Fuerzas Armadas y para la industria que trabaja a su lado.

En los desfiles del futuro volveremos a hacer balance, pero entonces será de las decisiones que tomemos ahora. Mi aspiración, y la de muchas otras personas, es que el respaldo gubernamental a la industria de defensa se mantenga firme para que en la próxima década veamos desfilar a las Fuerzas Armadas con más tecnología concebida y fabricada en España.

***Antonio Navarro Rodríguez, presidente ejecutivo de Miriad Global.