Nunca habíamos tenido tanto conocimiento al alcance de la mano. En segundos podemos consultar millones de documentos, traducir un texto, comparar investigaciones o pedirle a una inteligencia artificial que nos explique cualquier concepto. Y, sin embargo, corremos el riesgo de ser cada vez menos capaces de pensar por nosotros mismos.

La nueva pobreza no será únicamente energética, alimentaria o digital. Puede ser cognitiva: tener acceso a muchísima información, pero carecer de criterio para interpretarla; recibir respuestas instantáneas, pero perder la paciencia para formular preguntas; delegar la discusión, el análisis y hasta la imaginación en sistemas que nos devuelven textos rápidos, correctos y razonables.

La inteligencia artificial nos puede aumentar. Pero también puede atrofiarnos. Un estudio experimental publicado en 2025 observó una menor implicación cognitiva en estudiantes que utilizaron ChatGPT para realizar tareas de escritura frente a quienes trabajaron sin asistencia. Otro trabajo, elaborado a partir de seis estudios con 1.365 participantes, ha analizado la capacidad de verificar, reflexionar y cuestionar las respuestas generadas por la IA. La conclusión parece evidente: no basta con utilizar estas herramientas. Hay que saber supervisarlas.

Pensar exige esfuerzo. Leer un texto largo, mantener una conversación difícil, comparar argumentos, sostener una duda o construir una opinión o narrativa propia son actividades que requieren tiempo. Si cada vez que aparece una dificultad la delegamos en una máquina, podemos ganar velocidad y perder músculo mental.

El problema es que no todos partimos del mismo lugar. La encuesta británica HEPI sobre estudiantes universitarios muestra que el uso de IA generativa pasó del 18% en 2024 al 42% en 2025, pero también advierte de una brecha creciente: los estudiantes con una situación socioeconómica más favorable son más propensos a utilizarla. La primera brecha digital era tener o no conexión. La siguiente será saber qué preguntar, qué contrastar y cómo convertir una respuesta automática en conocimiento propio.

Si no ponemos remedio, además puede aparecer una nueva desigualdad: la de los tokens. Los modelos básicos son cada vez más baratos y el coste de utilizar sistemas avanzados ha caído de forma espectacular. Algunas estimaciones apuntan a una reducción de hasta 280 veces en pocos años. Pero las mejores capacidades, los contextos más amplios, la privacidad, la personalización y los agentes especializados no son necesariamente iguales para todos.

Quien pueda pagar más tendrá acceso a una inteligencia artificial más potente, rápida y sofisticada. Quien no pueda hacerlo recibirá respuestas más genéricas, más limitadas o más planas. No será únicamente una diferencia tecnológica. Será una diferencia en la capacidad de aprender, decidir, crear y competir.

La inteligencia artificial podría democratizar el conocimiento, pero también puede concentrar la inteligencia aumentada en quienes ya tienen más educación, mejores dispositivos, más tiempo y mayor capacidad económica.

Por eso deberíamos empezar a prevenir esta nueva ola antes de que se convierta en una nueva forma de exclusión. Igual que desarrollamos programas de prevención cardiovascular, hábitos saludables o alfabetización digital, necesitamos programas de desarrollo cognitivo.

En las escuelas, habría que enseñar a debatir; a construir argumentos antes que a pedir respuestas; a leer fuentes distintas, tolerar la duda y defender una posición que pueda cambiar. En las empresas, reservar espacios para el pensamiento propio, la discusión y la creatividad antes de automatizar cada proceso. En las bibliotecas, asociaciones, centros cívicos y universidades, impulsar laboratorios de ideas, debates intergeneracionales y talleres de pensamiento crítico.

La discusión no es una pérdida de tiempo. Es un gimnasio mental. Tampoco podemos permitir que la IA sustituya la conversación pública. Una sociedad que deja de discutir acaba aceptando lo primero que suena convincente. Y los modelos de inteligencia artificial son muy buenos produciendo respuestas convincentes, incluso cuando se equivocan.

La tecnología debe ayudarnos a pensar mejor, no a dejar de pensar. Debe ampliar nuestras capacidades, no homogeneizar nuestras preguntas ni aplanar nuestras diferencias.

Nunca hemos tenido tanta información. La gran cuestión es si tendremos suficiente criterio para convertirla en bienestar, suficiente conversación para transformarla en inteligencia colectiva y suficiente educación para que nadie quede fuera de la era aumentada.

Porque el futuro no será de quienes acumulen más respuestas. Será de quienes todavía sepan hacerse buenas preguntas.