“No puedo”, “no puedo hacer una gestión online”, “no puedo aprender esto a mi edad”.
Poder recibir un mensaje familiar, compartir una fotografía con amigos, gestionar citas sanitarias o hacer trámites con el banco son ya actividades cotidianas en 2026 para gran parte de la población. Configuran nuestra cultura digital y social. Sin embargo, no todo es tan sencillo para todos. Enviar una imagen, descargar una aplicación o realizar una gestión desde el teléfono móvil, especialmente si se trata de gestiones más sofisticadas como las que hemos mencionado con el médico o el banco, todavía puede ser fuente de inseguridad, frustración o dependencia para muchas personas.
La velocidad de la transformación digital en la última década es impresionante, pero, mientras una parte de la sociedad ha incorporado con naturalidad las nuevas herramientas y servicios digitales a su vida diaria, otra parte continúa intentando ponerse al día o directamente ha desistido. Y no hablamos únicamente de conectividad, tecnología y uso de dispositivos, sino de autonomía, acceso a servicios esenciales y comunicación con nuestros seres queridos y, en definitiva, de no quedar excluidos y poder participar plenamente en la sociedad sin perder oportunidades.
Esta realidad afecta especialmente a las personas mayores. A medida que los servicios públicos, las entidades financieras, los centros sanitarios y las empresas trasladan más gestiones al entorno digital, disponer de unas competencias tecnológicas básicas deja de ser una ventaja para convertirse en una absoluta necesidad. El analfabetismo, en su versión digital, reaparece con fuerza. Para muchas personas, especialmente aquellas que no han crecido rodeadas de tecnología y que no han podido desarrollar esas habilidades digitales, esta transición puede generar una sensación de desconexión respecto a esta sociedad que avanza cada vez más deprisa.
Otro factor relevante a tener en cuenta es que la brecha digital no es únicamente generacional. Tiene también una dimensión territorial que merece especial atención. La tecnología puede ser una herramienta fundamental para que las personas que viven en pequeños municipios accedan a oportunidades que antes parecían reservadas a los grandes núcleos urbanos. De esta forma podrían tener acceso a servicios, formación, empleo o atención sanitaria, reduciendo distancias y generando nuevas posibilidades de desarrollo personal y profesional.
La buena noticia es que existen motivos para el optimismo. Nuestra experiencia en MasOrange, a través de los programas que impulsamos desde Orange y la Fundación Orange en el marco de la iniciativa “Todo por aprender”, nos demuestra que el interés por aprender no entiende de edad ni de territorios.
Cada vez más personas mayores -y ciudadanos en general- se acercan a las herramientas digitales con curiosidad y ganas de seguir participando plenamente en una sociedad que cambia rápidamente. Al mismo tiempo, miles de personas en entornos rurales buscan adquirir competencias que les permitan desenvolverse con más autonomía y acceder a nuevas oportunidades laborales y sociales.
Prueba de ello es que, solo en el último año, hemos formado a más de 53.000 ciudadanos de toda España con nuestros programas de capacitación digital.
El reto es que, mientras seguimos cerrando estas “brechas históricas”, ha emergido una nueva realidad que, por un lado, ofrece un enorme potencial, pero que también amenaza con ampliar las diferencias: la inteligencia artificial.
La irrupción de la IA está transformando la forma en que buscamos información, aprendemos, trabajamos o nos relacionamos con la tecnología. Sin embargo, de nuevo, no todas las personas están accediendo a esta revolución en igualdad de condiciones. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, más de tres cuartas partes de los jóvenes entre 16 y 24 años utilizan ya herramientas de inteligencia artificial generativa. Entre las personas de 65 a 74 años, en cambio, el porcentaje apenas supera el 7%.
Estas cifras reflejan el nacimiento de una nueva brecha digital que ya no discrimina únicamente entre quienes tienen acceso a la tecnología y quienes no, sino que separa a quienes cuentan con los conocimientos necesarios para aprovecharla de quienes corren el riesgo de quedarse al margen de las oportunidades que genera. La disrupción tecnológica que provoca la IA puede tener similitudes con otras vividas en el pasado, pero tiene una diferencia fundamental: la rapidez en su adopción.
Además, plantea un desafío adicional: es capaz de crear imágenes, vídeos, voces y textos cada vez más realistas, lo que obliga a la ciudadanía a desarrollar nuevas capacidades para interpretar la información de forma crítica. La desinformación, los fraudes digitales y los contenidos manipulados encuentran en estas tecnologías nuevas vías de propagación, haciendo más necesario que nunca fortalecer la educación digital de toda la población, protegiendo especialmente a los más jóvenes y también a los más mayores.
Y es que hoy en día la alfabetización digital ya no consiste únicamente en aprender a utilizar dispositivos o aplicaciones. También significa comprender cómo funcionan las tecnologías, proteger nuestra privacidad, identificar noticias falsas, detectar intentos de fraude y utilizar la inteligencia artificial de forma responsable y segura. En el contexto actual, estas competencias son tan importantes como lo fue aprender a leer o escribir en otras etapas de nuestra historia.
Por ese motivo, la inclusión digital se ha convertido en uno de los grandes retos colectivos de nuestro tiempo. Necesitamos una formación accesible, cercana y práctica, que ayude a las personas a ganar confianza, comprender los riesgos del entorno digital y aprovechar las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías. Tenemos que construir una cultura digital que no deje a nadie atrás, donde la verdadera medida del progreso tecnológico no sea la sofisticación de las herramientas que desarrollemos, sino nuestra capacidad para garantizar que todas las personas puedan beneficiarse de ellas.
Esta nueva sociedad digital, marcada por el auge de la IA, solo será verdaderamente avanzada si es también una sociedad inclusiva, que ponga la tecnología al servicio de las personas.
*** Daniel Morales es director de ESG, sostenibilidad y fundaciones de MasOrange.
