Supongo que no todos los lectores recordarán de qué iba mi última columna de opinión. Sea porque vivimos aceleradamente, sea porque habéis podido desconectar durante vuestras vacaciones, no me sorprende ni un poquito. Así que empiezo por el último párrafo de la misma:
No tengo las respuestas a todas las alarmantes preguntas que pasan por mi cabeza humana. Pero mi mensaje es que tenemos las vacaciones para pensar sobre el futuro que estamos construyendo con la IA y la robótica; sobre cómo podemos controlar a los agentes autónomos y la seguridad en la era de la IA; sobre qué sabemos y qué no sabemos de este puñado de empresas que dominan estas tecnologías, sobre el ecosistema chino de IA abierta y de ciberseguridad ofensiva/defensiva; sobre si el open source es menos seguro o si es más difícil de proteger hoy en ciertos contextos porque la IA está acelerando la explotación de vulnerabilidades públicas… ¡menudo veranito nos espera!
Desconozco cuánto habéis pensado vosotros sobre este tema, pero os aseguro que hay otras personas que siguen pensando mucho sobre el mismo, desde Bill Gates hasta Jensen Huang, CEO de Nvidia, pasando por políticos de todo tipo. La verdad es que Bill y Jensen tienen visiones bastante distintas, aunque tienen en común que ambas son más que preocupantes y alarmantes.
Por un lado, he oído a Jensen Huang criticar a todas las personas que a su vez critican la revolución de la Inteligencia Artificial; arremeter contra todos los que insisten en convencer al mundo de que la revolución de la IA nos conduce inexorablemente a un futuro dominado por unas pocas grandes multinacionales estadounidenses y chinas. Según él, este mensaje del miedo no busca proteger a la humanidad, sino justificar marcos regulatorios hiper restrictivos. Su mensaje es que esto no ha hecho más que empezar. Tras la IA generativa y conversacional, vendrá la IA física, la verdadera convergencia entre los modelos inteligentes y la materia —la robótica, la industrial y los sistemas autónomos reales—, abriendo una era de productividad sin precedentes.
Por otra parte, Bill Gates hace una reflexión muy distinta y nos dice que ante los peligros inimaginables que pueden nacer de la IA descontrolada es imperativo crear una serie de salvaguardas. Él sugiere la creación formal de una categoría de empleos reservados para los humanos, no porque dude de la capacidad técnica de los algoritmos, sino porque está preocupado de manera consciente por las consecuencias de dejarlo todo en manos de la IA. Por eso propone que sectores como el cuidado de la salud, la empatía en la mediación social, la educación profunda o las decisiones éticas de fondo deben permanecer intencionadamente en manos humanas (suponiendo que esos humanos están equilibrados). Según Bill, definir qué debe ser reservado para la persona es un acto de preservación de nuestra propia dignidad e identidad colectiva, de nuestra especie.
Y sí, ahora viene el momento en el que os explico de dónde nace el título de esta columna. El pegamento que uso como hilo conductor viene de la inspiración que he encontrado en la iniciativa de Miguel y Delia, la de loverascuandolocreas, que ha nacido con unas pulseras que nos recuerdan la famosa consigna pronunciada por el Papa Juan Pablo II en 1978: "¡No tengáis miedo!". Aquel histórico llamamiento ante una época de profundas sacudidas políticas y sociales no era una invitación a la ingenuidad ni a la temeridad, sino una apelación a la templanza y al liderazgo moral.
Si esto lo llevamos al momento actual, debemos seguir avanzando, asumiendo que no debemos tener miedo, pero que es muy importante que hagamos algo tan complejo como lo que se hizo en su momento con la energía nuclear (el Tratado de No Proliferación, la OIEA o las moratorias europeas): definir algún tipo de tratado global para controlar la explosión de la IA. Sé que es algo muy complicado porque la aldea global es muy grande, porque hay muchos intereses y porque el riesgo que se asume es que no se sume todo el mundo y que regiones como Europa se queden atrás por preocuparse más por la ética que Estados Unidos y China, por ejemplo.
Lo único que está claro es que no debemos asumir con resignación que la IA se desarrolle tanto que por los intereses económicos y de control de unos pocos acabemos dejando a los humanos en posición de subordinación frente a las máquinas.
El desafío es definir unas reglas del juego, del desarrollo de la IA, que sean éticas, que no lo dejen todo en manos de la fascinación ciega por la tecnología y que apliquen salvaguardas inspiradas por el liderazgo moral humano, no por los intereses de un puñado de personas con motivaciones individuales más que cuestionables.