En España, buena parte de las historias empresariales que hoy admiramos nacieron en una etapa en la que casi nadie quería estar: el momento en que apenas hay producto, no hay métricas consolidadas y la incertidumbre pesa más que las proyecciones de Excel. Sin embargo, es precisamente en ese tramo pre-semilla y semilla donde se decide si una tecnología con potencial transformador llegará a convertirse en empresa viva o se quedará para siempre en un prototipo olvidado. El problema es que, cuando el riesgo se percibe como demasiado alto, la mayoría de los fondos prefieren entrar cuando la foto está más nítida y dejan desatendido el tramo en el que la innovación aún necesita sus primeros aliados.
Lo llamamos riesgo, pero conviene preguntarse qué riesgo es mayor: ¿apostar temprano por proyectos que todavía están encontrando su modelo, o aceptar que esas compañías nunca llegarán a existir por falta de financiación inicial? En un país que aspira a competir en ciencia, tecnología y salud, la ausencia de capital en las etapas más tempranas no es solo un problema para los emprendedores; es una pérdida silenciosa de oportunidades industriales, empleo cualificado y soluciones que podrían mejorar la vida de miles de personas. Mientras el ecosistema celebra rondas de growth y operaciones mediáticas, sigue faltando una conversación honesta sobre quién se ocupa de los primeros cheques, los que permiten pasar del laboratorio al mercado.
Durante años se ha repetido que “el dinero nunca fue tan abundante” y que el capital privado se ha sofisticado. La realidad, sin embargo, es más matizada: hay liquidez para compañías que ya han demostrado tracción y encajan en plantillas conocidas, pero mucho menos apetito por negocios que exploran intersecciones nuevas —por ejemplo, la convergencia entre ciencia de datos, salud y modelos digitales— donde las métricas tradicionales no capturan todavía todo el valor potencial. Es aquí donde muchos fondos, por mandato o por comodidad, prefieren esperar a que otros hagan el trabajo duro de validación y solo entrar cuando ya hay señales claras de éxito.
Esa forma de entender el riesgo tiene consecuencias. Si los gestores solo se mueven cuando el camino está despejado, el sistema se hace dependiente de unos pocos actores dispuestos a asumir las primeras curvas. Y si esos actores no existen, el círculo se cierra: proyectos que podrían convertirse en empresas relevantes no pasan del “PowerPoint”, talento científico y clínico se frustra por falta de socios inversores y el país pierde capacidad para generar compañías tecnológicas propias en sectores estratégicos como las ciencias de la vida y la salud digital. No apoyar a las startups en sus etapas iniciales es, en última instancia, optar por un modelo en el que otros países capturan el valor de nuestras ideas.
Por eso, hablar de capital valiente no es un recurso retórico, sino una necesidad práctica. Capital valiente no significa invertir sin criterio; significa aceptar que la incertidumbre es parte de la ecuación y diseñar procesos de análisis, acompañamiento y construcción de cartera pensados para convivir con ella. Significa especializarse en entender tecnologías complejas, modelos de negocio aún en formación y equipos que están aprendiendo a la vez que ejecutan, en lugar de exigirles desde el primer día la foto que solo se consigue después de varios años de mercado.
También implica asumir que la rentabilidad de estas inversiones no se mide únicamente en multiplicadores financieros, sino en capacidad de construir tejido empresarial en sectores donde el impacto potencial es desproporcionado. Cada startup que se queda sin su primer cheque es una solución que nunca llegará a pacientes, usuarios o profesionales que podrían beneficiarse de ella. Al contrario, cada compañía que encuentra un socio dispuesto a entrar cuando todavía está dando sus primeros pasos multiplica las opciones de que, años más tarde, el país cuente con empresas líderes en segmentos en los que hoy apenas tiene presencia.
La pregunta, entonces, no es si invertir en etapas muy iniciales es arriesgado —lo es, y siempre lo será—, sino qué tipo de ecosistema queremos construir. Uno en el que el capital se reserva para momentos cómodos, o uno en el que existan gestores preparados para ir un paso antes, especializarse y acompañar a esas compañías desde el comienzo. El futuro de muchas soluciones innovadoras dependerá de que haya más del segundo tipo. Porque, al final, el verdadero riesgo para una economía que aspira a jugar en la primera división de la innovación no es apoyar a las startups cuando aún están naciendo; es no hacerlo y descubrir, demasiado tarde, que el tren pasó sin que hubiese capital valiente dispuesto a subir.
***Manuel Nieto es cofundador y socio director de First Drop VC.
