Confío en la ciencia. Mucho. Pero empiezo a sospechar que repetir el consejo «confía en la ciencia» puede ser una de las peores maneras de defenderla.
La razón es incómoda. No es mi caso, pero parece claro que se puede confiar en la ciencia y, al mismo tiempo, creer en auténticos disparates que se presentan con apariencia científica. Se puede confiar en las vacunas y pensar que existe una conspiración para ocultar sus efectos. Se puede creer en el cambio climático y, a la vez, dar crédito a quien asegura que los científicos manipulan los datos. Se puede admirar el progreso científico y terminar convencido de que un investigador solitario ha descubierto una verdad que miles de expertos, por alguna razón, no quieren reconocer.
No es una contradicción tan extraña como parece. Quizá el problema esté en que muchas personas confían en la ciencia sin saber muy bien qué es la ciencia.
Hemos aprendido a reconocer sus símbolos, pero no necesariamente sus mecanismos. Sabemos que un científico lleva bata, utiliza palabras difíciles, enseña gráficos y cita cifras. Sabemos que una universidad prestigiosa da autoridad y que un documental con imágenes de laboratorio parece serio. Pero reconocer la estética de la ciencia no significa comprender cómo funciona.
Y aquí es donde las teorías de la conspiración encuentran un terreno extraordinariamente fértil.
Durante siglos hemos contado la historia de la ciencia como una sucesión de grandes genios: Newton, Darwin, Einstein, Severo Ochoa… Personas excepcionales que, casi siempre en soledad, tuvieron una intuición extraordinaria y cambiaron nuestra manera de entender el mundo.
Es una historia fascinante. También es una historia peligrosamente incompleta.
La ciencia real es mucho menos heroica. Es lenta. Es colectiva. Está llena de dudas, errores, discusiones y resultados que no funcionan. Un investigador publica un resultado y otro intenta reproducirlo. Un colega cuestiona sus métodos. Un tercero encuentra un error. Se revisan los datos. Se repite el experimento. La ciencia avanza, en buena medida, porque desconfía de sí misma. Ese detalle es fundamental. Y decisivo.
La revisión por pares, la replicación y el desacuerdo no son defectos del sistema científico. Son parte de su fortaleza. La ciencia no es fiable porque los científicos sean infalibles. Es fiable porque ha construido mecanismos para detectar y corregir sus errores.
Pero esta parte de la historia apenas aparece en la cultura popular.
Es difícil hacer una película apasionante sobre un comité que revisa un estudio durante meses. Es mucho más fácil contar la historia de un genio incomprendido. El héroe solitario resulta más atractivo que una comunidad de investigadores discutiendo sobre una tabla de datos.
Y las teorías conspirativas lo han entendido perfectamente.
Su protagonista suele ser el científico rebelde, el investigador que «se atreve a decir lo que nadie quiere escuchar». El mundo entero está equivocado, pero él ha visto la verdad. Los expertos lo ridiculizan. Las instituciones intentan silenciarlo.
Entonces ocurre algo perverso: el hecho de que la comunidad científica rechace su teoría se convierte, para sus seguidores, en una prueba de que la teoría es verdadera.
Si los expertos dicen que está equivocado, es porque tienen miedo. Si no publican su investigación, es porque quieren ocultarla. Si no existe evidencia suficiente, es porque alguien la ha eliminado.
Una teoría que puede convertir cualquier objeción en una confirmación es extraordinariamente difícil de refutar.
Por supuesto, cuestionar el consenso científico no debería estar prohibido. La ciencia necesita heterodoxos. Muchas ideas que hoy consideramos fundamentales fueron, en algún momento, minoritarias.
Pero hay una diferencia enorme entre ser un científico que cuestiona el consenso y ser alguien que utiliza el rechazo del consenso como prueba de que tiene razón.
No todo disidente es un Galileo. A veces, sencillamente, está equivocado.
El problema es que vivimos en una época en la que cualquiera puede parecer científico durante unos minutos. Basta un micrófono, un gráfico, un puñado de términos técnicos y una historia convincente.
Las redes sociales y los podcasts han democratizado el acceso al conocimiento. Es una buena noticia. Pero también han creado un mercado gigantesco de expertos, supuestos expertos y personas que saben hablar como expertos.
Por eso deberíamos hacernos una pregunta mucho más importante que «¿quién tiene razón?».
Deberíamos preguntar: ¿cómo sabemos que tiene razón?
¿Dónde se ha publicado esa investigación? ¿Quién la ha revisado? ¿Se ha replicado? ¿Otros equipos han obtenido resultados similares? ¿Existe un consenso científico? ¿La evidencia procede de un único estudio o de décadas de investigaciones acumuladas?
Estas preguntas deberían formar parte de nuestra cultura general.
Sin embargo, la educación científica suele enseñarnos qué descubrió Newton, qué dijo Darwin o qué explicó Einstein, pero dedica mucho menos tiempo a explicar cómo se construye el conocimiento científico.
Tal vez ahí esté una de nuestras mayores debilidades.
Necesitamos menos educación científica basada exclusivamente en memorizar respuestas y más educación científica basada en entender procesos.
No todo el mundo tiene que convertirse en científico. Pero todos deberíamos ser capaces de comportarnos como observadores competentes de la ciencia. Saber distinguir entre una hipótesis y una conclusión, entre un estudio aislado y una evidencia acumulada, entre la opinión de un investigador y el consenso de una comunidad científica.
Y, sobre todo, deberíamos aprender a convivir con una idea incómoda: la ciencia no siempre tiene respuestas definitivas. A veces cambia de opinión. Eso no es una debilidad. Es exactamente lo contrario.
La ciencia cambia porque aparecen nuevos datos. Corrige sus errores porque alguien los encuentra. Abandona teorías porque otras explican mejor la evidencia. Reconoce la incertidumbre porque sabe que fingir certeza cuando no la hay es intelectualmente deshonesto.
Las teorías conspirativas ofrecen algo mucho más sencillo: certezas.
La ciencia dice: «No lo sabemos todavía».
La conspiración responde: «Yo sí sé lo que ocurre. Y además sé quién intenta ocultarlo».
No es difícil entender cuál de las dos respuestas resulta más seductora.
Por eso creo que el futuro de la defensa de la ciencia no pasa únicamente por pedir a la gente que confíe en ella. Pasa por enseñar a la gente por qué merece confianza.
No necesitamos ciudadanos que crean ciegamente en los científicos. Necesitamos ciudadanos capaces de entender por qué una conclusión respaldada por cientos de estudios, revisada por miles de investigadores y reproducida en distintos laboratorios merece más confianza que el vídeo viral de un supuesto experto.
La diferencia puede parecer pequeña. No lo es.
Porque quizá la mejor vacuna contra la próxima teoría de la conspiración no sea otra campaña de verificación de datos. Quizá sea enseñar, desde la escuela, que la ciencia no pertenece a un genio solitario que descubre secretos ocultos.
La ciencia pertenece a una comunidad que discute, comprueba, se equivoca, se corrige y vuelve a empezar. Y, personalmente, creo que esa historia —mucho menos espectacular, pero infinitamente más verdadera— es la que se debería contar.