Es probable que mis lectores más fieles recuerden que hace unas semanas escribí sobre cómo las redes sociales usan técnicas parecidas a las de las sectas para enganchar a los usuarios. Pues bien, también hace un tiempo leí un artículo de Sarah O'Connor en FT titulado: Will social media addiction go the way of cigarettes? que me hizo reflexionar.
Cada vez hay más tribunales de justicia que consideran probado que los gigantes tecnológicos se han inspirado en las técnicas neurobiológicas utilizadas por la industria del tabaco y del juego para maximizar la adicción en menores. ¿Os suena el scroll down infinito de las redes sociales o las recompensas variables de los juegos? Pues eso es exactamente lo que están haciendo.
Hay tribunales que lo ven tan claro que están declarando a estas grandes empresas tecnológicas responsables civiles y hay quien cree que estamos ante un cambio legal histórico, como lo fue en su día dejar de normalizar el fumar y poner límites a las tabaqueras o las empresas de máquinas tragaperras, aunque hay bastantes más ejemplos en el mundo del juego.
También empezamos a oír cada vez más voces desde la UE, desde Inglaterra y desde EEUU que abogan por dejar de culpabilizar sólo a los usuarios de las redes sociales… Si queremos parar esta pandemia digital que está reduciendo la capacidad de pensar y de vivir de los humanos necesitamos controlar a este puñado de empresas que nos roban no sólo la atención, sino la capacidad de tener un pensamiento crítico y de ignorar lo que no nos aporta nada.
En EEUU hay quien exige que las redes sociales lleven etiquetas de advertencia sanitarias en las aplicaciones igual que las cajetillas de tabaco llevan mensajes e imágenes impactantes (¿Os imagináis ver imágenes de jóvenes que se han suicidado por culpa de las RRSS?). Estamos ante una emergencia de salud pública que puede salirle muy cara a nuestra sociedad y debemos actualizar las reglas del juego de manera urgente.
Es verano, así que no quiero extenderme mucho con este importante tema, me conformo con que empecemos a darnos cuenta del impacto de las redes sociales en nuestra sociedad y que es urgente que cambiemos nosotros hasta que haya leyes más restrictivas que nos protejan más y mejor. Siendo conscientes de que era mucho más fácil aplicarlas con el tabaco que con las redes sociales.
Si pensamos en franjas de edad, la industria del tabaco sabía que si lograba enganchar a niños y niñas de menos de 18 años, tenían clientes asegurados de por vida. Claramente, las redes sociales hacen lo mismo (dejaré para otra columna la adicción de los abuelos que pasa de las telenovelas a las redes sociales).
Otro ángulo preocupante es cuando miramos los datos teniendo en cuenta los distintos países y regiones del planeta, no debemos olvidar que hay lugares en los que la penetración tecnológica supera a la educación digital. En África o en India el uso del móvil entre la población joven es incluso más alta que aquí y tienen el agravante de que su infraestructura de salud mental y su regulación de plataformas es todavía peor que en estos lares.
Cuando pensamos en el nivel cultural y socioeconómico vemos que ha nacido una nueva brecha: la del bienestar. Como hemos comentado en algunas ocasiones las familias de nivel sociocultural bajo usan más el móvil como niñera digital porque tienen menos recursos para alternativas de ocio. En cambio, las familias de nivel sociocultural y económico medio y alto tienden a limitar el uso de las pantallas a sus hijos y a darles actividades alternativas como las extraescolares, las artísticas y los campamentos de verano, lo que reduce la dependencia del refugio digital.
¿Estamos entrando en una fase como la que vivió el tabaco el siglo pasado, donde pasó de ser un símbolo de estatus a ser principalmente consumido por las clases más desfavorecidas? Esperemos que hayamos aprendido algo y que consigamos proteger a todo el mundo, sino estaremos fortaleciendo otro caldo de cultivo para los radicalismos.
Por último, pedir que no se confíe nadie pensando que a ellos no les pasará, las adicciones no distinguen ni perdonan a nadie y las tasas de dependencia digital de los niños así lo demuestran: las familias con nivel cultural medio y alto también están expuestas. El hecho de que los padres tengan mayor acceso al teletrabajo hace que normalicen que estén ante pantallas, aunque sea para trabajar y no para estar en redes sociales…