Desde hace algunos años son muchas las acciones, tanto en España como a nivel internacional, que hablan de fomentar el talento femenino en STEM (siglas en inglés de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) porque sigue habiendo pocas mujeres que deciden dedicarse a estas áreas, especialmente a algunas como las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC). Concretamente, en Ingeniería Informática pasamos de tener un 30% de mujeres en los años 80 a un 12% en 2016 (el peor año desde entonces).

Actualmente, hemos conseguido frenar esa caída y comenzar a revertir la tendencia (también en el resto de las áreas STEM y no STEM) y actualmente son más del 17% las chicas que eligen esta profesión.

Ante esta situación, cabe plantearse diversas cuestiones. La primera por qué se insiste tanto en que haya mujeres en estas áreas. La respuesta sencilla sería decir que por justicia social, que ellas tienen tanto derecho a disfrutar de esta profesión como cualquiera. Pero no es sólo eso. Los estudios nos dicen que la diversidad de género y étnica correlaciona con mejores resultados, tanto económicos como de calidad de la innovación. No porque exista una forma ‘femenina’ de liderar, sino porque las trayectorias y experiencias diversas enriquecen los procesos.

Porque la educación y socialización diferenciada, que sigue asignando (aunque no nos demos cuenta) las tareas de cuidados a las mujeres, hace que ellas trasladen las competencias adquiridas a todos los ámbitos de sus vidas. Y, por supuesto, porque es muy difícil que se hagan avances en temas que afectan mayoritariamente a las mujeres si ellas no están al frente de esas investigaciones. Y los ejemplos en este sentido son incontables. Desde los sistemas de reconocimiento de imágenes que fallan al reconocer a mujeres de piel oscura (mientras la tasa de aciertos en hombres blancos es del 100%) o a los sistemas de IA que penalizan a las mujeres a la hora de contratarlas. Problemas todos que no dejan de ser reflejo de los estereotipos que tenemos todas las personas, también las que desarrollan la Ciencia y la Tecnología.

La siguiente pregunta sería por qué ellas no eligen las profesiones STEM. Y aquí la estadística nos apunta algo importante: ante la ausencia de condicionantes externos, todos los estudios deberían tener una presencia equilibrada en cuanto a género. Por lo tanto, si no ocurre esto, hay causas que pueden estar pasando desapercibidas. Y aquí es donde necesitamos ajustar el foco: a las chicas no les pasa nada. No hay un problema de capacidad, ni de interés innato, ni de talento. El problema está en el sistema. En cómo desde edades muy tempranas se construyen expectativas, se transmiten estereotipos y se condiciona qué caminos parecen accesibles y cuáles no.

Sabemos, por ejemplo, que a partir de los seis años las niñas empiezan a percibirse como menos brillantes que los niños, interiorizando una idea de inteligencia muy asociada a lo masculino. Este no es un fenómeno casual ni individual, sino el resultado de un contexto social que lanza mensajes constantes, muchas veces sutiles, sobre quién pertenece a determinados ámbitos y quién no. Por eso, la pregunta relevante no es por qué ellas no eligen, sino qué estamos haciendo como sociedad para limitar sus elecciones.

Además, necesitamos transmitir normalidad. Durante demasiado tiempo hemos presentado las carreras tecnológicas como sacrificadas, aisladas o incompatibles con una vida plena. Y no es así. Desde la ingeniería, la informática o la ciencia se puede disfrutar, crear, colaborar y contribuir a mejorar la sociedad sin renunciar a otros ámbitos de la vida. Este mensaje es clave porque conecta con lo que muchas jóvenes buscan: sentido, impacto y equilibrio entre su trabajo y el resto de las facetas de su vida.

También conviene revisar el tipo de referentes que ofrecemos. Marie Curie ha sido y seguirá siendo una figura inspiradora, pero no puede ser el único ejemplo. Primero, porque es una figura muy lejana en el tiempo, verse reflejada en un espejo en blanco y negro no ayuda. Segundo, porque su excepcionalidad puede reforzar la idea de que hay que ser extraordinaria para dedicarse a la ciencia. Y tercero, porque no todas las personas que se dedican a las STEM llevan una bata blanca y trabajan en un laboratorio sin contacto con la realidad cotidiana. Y son muchas las mujeres que hoy son grandes referentes, pero también muchas y muy diversas las mujeres que son referentes cercanas y que tanto las chicas como los chicos necesitan conocer.

Porque ellas necesitan espejos en los que mirarse e imaginarse, pero tanto ellas como ellos necesitan saber que las vocaciones y las profesiones no tienen género, que las mujeres pueden ser ingenieras o informáticas y que los hombres pueden ser enfermeros. Pero hay una cuestión fundamental que a menudo olvidamos: no podemos dejar a los chicos y a los hombres fuera de esta conversación. El hecho de que haya pocas mujeres en ingeniería o informática tiene su reflejo en que hay pocos hombres en profesiones vinculadas a los cuidados. Es la otra cara de la misma moneda. Mientras sigamos asociando determinadas vocaciones a un género, estaremos restringiendo las posibilidades de todas las personas. La igualdad no consiste solo en que ellas entren en STEM, sino en que ellos también puedan habitar otros espacios sin que se cuestione su masculinidad.

Deberíamos abandonar también de una vez por todas la sempiterna dicotomía Ciencias-Humanidades, esa histórica brecha intelectual que separa el conocimiento científico-técnico centrado en cómo funciona el mundo físico, lo cuantificable, del pensamiento humanista enfocado en por qué existimos, los valores éticos, la historia y la filosofía (si eres inteligente a ciencia y si no, a letras) y que tantos límites impone a la comprensión del universo y la sociedad que nos rodea. Dicotomía en la que, dicho sea de paso, las mujeres hemos caído tradicionalmente del lado menos “inteligente”. Y empezar a ser realmente conscientes de que unas no tienen sentido sin las otras.

Y, por supuesto, deberíamos dejar de medir las cosas con una vara a medida de, en realidad, poco más del 3% de la población. Porque sí, nuestra sociedad entera está diseñada pensando en un modelo de persona (hombre blanco, de mediana edad, 1’8 metros de altura y unos 75 kilos de peso, heterosexual, con no pocos ingresos, vivienda en propiedad y esperanza de vida por encima de los 80 años). Porque la sociedad es mucho más diversa, no sólo en género y etnia, sino en muchos otros factores socio-culturales que intersectan esa realidad. Y porque para atender esa diversidad es necesario que todas y todos, trabajemos en lo que trabajemos, empecemos a pensar todas las personas y a poner los cuidados en el centro.

Porque, en definitiva, no se trata de convencer a más chicas para que elijan carreras STEM, se trata de transformar un sistema que todavía condiciona quién puede hacer qué y quién no. Y si no afinamos el foco, corremos el riesgo de que venza el mensaje de que “ya está todo conseguido”, cuando todavía queda mucho por hacer.

*** Silvia Rueda es profesora titular de Informática en la Universitat de València, vicepresidenta segunda del Colegio Oficial de Ingeniería Informática de la Comunidad Valenciana (COIICV) y coordinadora de Girls4STEM.