Los colosos del presente son aquellos de la IA: NVIDIA, AMD, TSMC, Broadcom, Google… Estas empresas copan hoy todas las portadas, los telediarios y las carteras de inversión. Sus chips son el motor que propulsa la inteligencia artificial, la tecnología llamada a redefinir nuestra era.
Hablamos de un mercado dividido en dos grandes categorías: las empresas fabless tradicionales como Nvidia, AMD, Broadcom (y nuevas llegadas como Google, Apple y Amazon), y las foundries como TSMC, UMC, Intel, Samsung y en menor medida las europeas NXP, XFAB, etc.
Sin NVIDIA, la taiwanesa TSMC seguiría existiendo, fabricando los cerebros de nuestros teléfonos, coches y ordenadores para decenas de otros clientes. En este momento, la demanda de microchips supera ampliamente la oferta, en especial para los nodos más avanzados; Musk acaba de anunciar una colaboración con Intel para ejecutar TeraFab para suministrar a Tesla y SpaceX ante los cuellos de botella existentes. Sin embargo, sin TSMC, habría NVIDIA, pero probablemente no sería la envidia del NASDAQ.
Los diseños más brillantes y exigentes del mundo, aquellos que exprimen cada bit y cada ciclo de reloj, no son más que ideas en CAD si no hay una fábrica capaz de litografiarlos. Si la manufactura es entonces tan crítica y la demanda es tan alta, ¿por qué no vemos nacer nuevas fábricas de chips tradicionales todos los días? La respuesta, como la fabricación, es compleja.
La manufactura en silicio es una industria muy consolidada, los actores están muy establecidos y las reglas del juego son despiadadas. Para entrar a competir en la fabricación de chips avanzados destinados a HPC y teléfonos móviles (prácticamente todo por debajo del nodo planar de 22nm), se requiere una inversión extraordinaria, con fábricas de nueva generación que cuestan por encima de las decenas de miles de millones de euros sólo en CAPEX.
Existen otros tipos de chips de legado, también absolutamente imprescindibles (véase el caso reciente Nexperia) aunque de una menor exigencia tecnológica, menor CAPEX y márgenes de beneficio todavía más ajustados.
Pero construir la fábrica es solo el principio. Este es un negocio de volúmenes titánicos y economías de escala salvajes. Para que una de estas “fabs” avanzadas sea mínimamente rentable, necesita operar con una ocupación de su capacidad productiva superior al 90% de manera constante.
Un ligero parón o una caída en la demanda condena a la planta a pérdidas millonarias. Es un negocio extremadamente difícil, donde el margen de error es cero y donde intentar desbancar a los gigantes actuales en su propio terreno es en la práctica una misión económicamente suicida para nuevos actores.
¿Significa esto que la partida de la manufactura tecnológica está cerrada para siempre? En absoluto. Mientras el mundo se pelea por exprimir los últimos nanómetros del silicio, están emergiendo otras tecnologías que prometen cambiar las reglas del juego. Estas tecnologías no vienen a competir cara a cara con los procesadores de silicio en su terreno, sino a abrir nuevas fronteras donde el silicio es ineficiente. Y lo más importante desde el punto de vista económico: permiten el establecimiento de una manufactura primigenia con unas reglas totalmente distintas a las del silicio.
A diferencia de los dispositivos más tradicionales, éstos otros materiales y tecnologías alternativas aún no exigen esas mastodónticas economías de escala. Hablamos de tecnologías menos exigentes técnica y económicamente en cuanto a infraestructura de partida, y de menores costes operacionales.
En este nuevo tablero, es posible ser rentable aportando un alto valor añadido con volúmenes de producción mucho más bajos.
Una planta puede especializarse en sensores médicos avanzados o telecomunicaciones cuánticas, encontrando la rentabilidad sin necesidad de fabricar millones de unidades diarias ni de invertir decenas de miles de millones de euros. Las barreras de entrada para estas alternativas son, hoy por hoy, mucho más democráticas.
El error de muchos gobiernos e inversores es mirar únicamente a la tecnología que domina el presente: obsesionarse hoy con construir grandes fábricas de silicio para competir con Asia es llegar tarde a una carrera que ya tiene ganador.
La verdadera oportunidad estratégica reside en ser los primeros en dominar la manufactura de lo que viene. Estas tecnologías ya están resolviendo cuellos de botella reales en los centros de datos de inteligencia artificial, en la computación avanzada y en sensórica molecular.
Las empresas y regiones que se atrevan a establecer hoy esa "manufactura primigenia", aprovechando que las economías de escala son aún pequeñas y accesibles, estarán sembrando una ventaja competitiva irremplazable. Quien aprenda a fabricar hoy, con rentabilidad en nichos de alto valor, se convertirá en un coloso en el futuro.
La próxima NVIDIA no nacerá diseñando un chip de silicio un poco más rápido, sino dominando una tecnología completamente nueva. Y la próxima TSMC será aquella empresa que haya aprendido a fabricarla.
La carrera no ha terminado, simplemente ha cambiado de circuito.
***Elías Torres, Foundry Division Manager en Graphenea
