“La ciudad no es un lugar donde vivimos, sino el modo en que vivimos juntos.”

— Richard Sennett

Quienes tenemos la responsabilidad de pensar, diseñar y gestionar la ciudad deberíamos hacernos hoy una pregunta antes de trazar una acera, reformar un barrio o proyectar una plaza: ¿para quién? No solo en un sentido técnico, sino profundamente moral.

Porque el espacio público no puede ser el sobrante entre edificios. Es el tejido que sostiene lo común; el escenario donde ocurre —o deja de ocurrir— la vida compartida.

Durante décadas hemos construido ciudades supuestamente eficientes para desplazarse y muy poco habitables para encontrarse. Plazas duras que nadie pisa en agosto, parques sin sombra ni bancos, calles pensadas para el coche y no para la conversación. El resultado no ha sido solo estético: ha sido social. La degradación del espacio público es siempre, antes o después, una degradación del vínculo entre personas.

Rehabilitar ese espacio no significa solo embellecerlo. Significa devolverle su función real y ponerlo al servicio de quienes lo habitan: la persona mayor que necesita un banco donde descansar, el niño que necesita jugar sin miedo, el joven que busca un lugar donde estar sin tener que consumir. La calidad del espacio público es una política de inclusión, aunque rara vez se la nombre como tal.

La soledad no deseada es hoy una de las grandes epidemias silenciosas de nuestro tiempo. No afecta únicamente a las personas mayores —aunque ellas la sufren con especial crudeza—, sino también a jóvenes, familias monoparentales o personas en situación de vulnerabilidad que viven rodeadas de gente y, sin embargo, profundamente solas.

Frente a la soledad solemos pensar en soluciones extraordinarias: programas, intervenciones, protocolos. Sin embargo, la investigación y la experiencia apuntan a algo más sencillo y más profundo: los hábitos cotidianos saludables son uno de los mayores antídotos contra el aislamiento. Caminar por el mismo parque a la misma hora. Participar en un huerto urbano. Acudir a una clase de movimiento en un centro deportivo del barrio. No porque el ejercicio sea la solución en sí misma, sino porque el hábito crea rutinas de presencia, de reconocimiento mutuo, de pertenencia.

Cuando alguien te saluda porque te ve cada mañana, cuando alguien nota tu ausencia y se pregunta si estás bien, ahí comienza una red de cuidado que ningún servicio puede fabricar de forma artificial. Los hábitos saludables no son solo un asunto de salud individual: son lo que podríamos denominar la infraestructura social invisible de la ciudad.

Y llegamos así a un tercer elemento clave para responder a la pregunta inicial: la ciudad inteligente. Raro es el día en que no escuchamos hablar de sensores, datos, algoritmos y plataformas digitales como el futuro de la gestión urbana. Y es cierto: la tecnología tiene un enorme potencial para mejorar servicios, anticipar necesidades y optimizar recursos. Pero hay una trampa en la que no podemos caer: confundir la herramienta con el fin.

La tecnología es válida y sostenible cuando une a las personas. Esa debería ser la brújula de cualquier decisión de innovación urbana. Una ciudad realmente inteligente no es la que ofrece más aplicaciones, sino la que usa los datos para garantizar que nadie quede fuera: la que detecta dónde se concentra el aislamiento, la que facilita el acceso a servicios a quien no puede desplazarse, la que simplifica la burocracia para quienes cuentan con menos recursos —también digitales—. La capa tecnológica de la ciudad debe ser, en esencia, una capa de equidad.

El verdadero riesgo no es la tecnología en sí, sino su uso como factor de fragmentación. Una ciudad que solo funciona bien para quien maneja con soltura un smartphone, que digitaliza servicios sin garantizar el acceso universal y penaliza la ausencia de competencias digitales, no es una ciudad más inteligente. Es una ciudad más desigual, con mejor packaging.

El verdadero indicador del éxito de una ciudad no es su posición en ningún ranking de smartness. Es algo más sencillo y, a la vez, más difícil de medir: ¿cuántas personas se sienten parte de ella?

La rehabilitación del espacio público, la promoción de hábitos saludables como tejido social y la integración humana de la tecnología no pueden entenderse como políticas separadas. Son tres expresiones de una misma convicción: que la ciudad existe para cuidar a las personas —a todas— y que cada decisión urbana es, en el fondo, una decisión ética.

Las ciudades que merecen ese nombre no son las que acumulan mejores infraestructuras, sino las que hacen posible que sus habitantes se encuentren, se cuiden y se reconozcan como parte de algo común.

Son esas ciudades las que tenemos que construir. Y ese es, sin duda, el trabajo que tenemos por delante.

*** Alfonso Arroyo es adjunto a la Presidencia de GO fit.