Durante décadas, la innovación empresarial ha tenido un foco muy claro: la optimización de la cuenta de resultados. Reducir costes, aumentar ingresos, ganar eficiencia. Un modelo que funciona, pero que, en un mundo acelerado por la crisis climática, la desigualdad y las demandas cada vez más crecientes de los grupos de interés (empleados, clientes, comunidades) empieza a parecer insuficiente.

Existe una nueva palanca para impulsar la innovación de las empresas del siglo XXI, que implica mirar su negocio desde un ángulo completamente distinto: el impacto. La lógica del impacto obliga a identificar fallos de mercado (brechas de acceso, ineficiencias, externalidades negativas) y, a partir de ahí, diseñar soluciones que aprovechen las fortalezas propias de la compañía.

Cuando se habla de sostenibilidad e impacto en el contexto empresarial, la mayoría de las mentes van directamente a la regulación: la taxonomía europea, los informes ESG, los objetivos de emisiones. Son importantes, por supuesto, pero quedarse ahí es como confundir el mapa con el territorio. La sostenibilidad y el impacto no son un conjunto de requisitos que cumplir, son una palanca de valor desde el que la empresa puede gestionar su negocio de una manera completamente diferente.

Pensemos en lo que significa exactamente. La gestión empresarial tradicional parte de una premisa: ¿cómo puedo vender más? El impacto propone otra: ¿cómo puedo dar respuesta a lo que necesitan mis grupos de interés y a la vez mejorar mi cuenta de resultados? Y esa segunda pregunta abre un espacio de innovación enorme.

La innovación con impacto parte de identificar las necesidades no cubiertas de los grupos de interés. Empleados que buscan propósito y conciliación, clientes con necesidades específicas que el mercado ignora, comunidades afectadas de manera negativa por nuestra operativa y un planeta cuyos recursos se agotan.

Cuando una empresa identifica estas necesidades desatendidas y analiza cómo puede contribuir de forma diferencial y específica a resolverlas, diseña soluciones escalables para responder a ellas que no solo generan valor social o ambiental, sino que abren mercados latentes, diferencian su oferta, atraen talento comprometido y construyen resiliencia a largo plazo.

El punto clave es que muchas de estas necesidades no son nichos ni excepciones, sino problemas estructurales compartidos por millones de personas y organizaciones. Los retos más grandes del mundo (el acceso al agua limpia, la gestión del residuo, la energía asequible, la igualdad de oportunidades, la sostenibilidad del sistema alimentario) representan también los mercados más grandes del futuro.

Aquí es donde el cambio de paradigma se hace más evidente. El rol de la empresa está cambiando de forma acelerada porque son ellas las que tienen capacidades únicas para hacer frente a estos desafíos. Una empresa que sabe leer esa realidad tiene una ventaja competitiva que no se puede copiar fácilmente: un propósito que coincide con una oportunidad.

Existen infinitas oportunidades en todos los sectores de la economía. Pensemos en el agua. La escasez hídrica afecta a más de 2.000 millones de personas en el planeta. Una empresa de tecnología de filtración que parte de esa necesidad no solo desarrolla un producto, desarrolla un producto con escala casi infinita, con demanda creciente y con un impacto que tiene sentido narrar.

O pensemos en el desperdicio alimentario: un problema que genera millones de toneladas de residuos anuales, pero que también representa una oportunidad enorme para quien sepa transformarlo en valor. Aplicaciones que conectan restaurantes con excedentes y consumidores en tiempo real, empresas que convierten residuos orgánicos en proteína para alimentación animal, plataformas que rescatan productos "imperfectos" rechazados por la gran distribución. Cada una de estas iniciativas resuelve un problema real y construye un negocio viable sobre esa solución.

El caso de la industria textil es igual de revelador. El sector de la moda es uno de los más contaminantes del planeta, pero también uno de los que más rápido está transformándose. Marcas que antes competían por precio y rotación están ahora desarrollando servicios de alquiler de ropa, plataformas de reventa certificada, programas de reparación y personalización. No solo responden a la demanda de consumidores más conscientes. Crean nuevas fuentes de ingreso, fidelizan clientes a largo plazo y reducen su dependencia de la producción masiva. La sostenibilidad se convierte en el motor de un nuevo modelo comercial.

Aquí es importante introducir un concepto fundamental: la adicionalidad. No basta con hacer lo que ya se hacía y llamarlo "impacto". El verdadero impacto implica generar un cambio que no ocurriría sin nuestra intervención específica.

La innovación con impacto crea soluciones adicionales: productos, servicios, tecnologías o modelos de negocio que atienden necesidades que el mercado tradicional no cubre. Es ir más allá de las mejoras incrementales y atreverse a pensar de forma disruptiva desde las necesidades de las personas y el planeta.

La sostenibilidad no ha cambiado las reglas del juego empresarial, ha añadido una capa de valor por encima. Ha incorporado nuevas variables que obligan a las empresas a preguntarse dónde pueden crecer resolviendo los fallos del mercado.

En ese contexto, el impacto orienta dónde invertir, qué desarrollar y qué escalar. Las compañías que integran esta lógica no solo reducen riesgos o responden a expectativas externas. Construyen negocios capaces de crecer a largo plazo porque generan soluciones útiles para la sociedad y económicamente viables para la empresa.



*** Ana Ruiz, socia de Transcendent.