Hay anuncios políticos que se presentan como la gran solución y, sin embargo, dejan un regusto amargo: el de la imposición.

Ese “lo hacemos por vuestro bien” que tanto le gusta a la izquierda, y que, a fuerza de repetirse, termina pareciendo un justificante para todo. Cuando oigo la propuesta de prohibir el acceso a redes sociales a los menores de 16 años, de cargar contra los altos directivos de las plataformas, y sobre todo de perseguir la “huella de odio”, me viene a la cabeza una idea incómoda: confundir protección con control.

Y cada vez que el poder confunde esas dos palabras, alguien acaba muriendo matando: se mata la libertad en nombre de la seguridad y se hiere la confianza en nombre de la urgencia.

En toda esta dicotomía, tenemos que admitir algo obvio: tenemos un problema serio con la salud mental de los jóvenes y con la adicción a la dopamina digital. He hablado con padres desbordados que me preguntan desesperados, ¿y cómo consigo que no vea TikTok si todos los compañeros de clase lo hacen? He visto a jóvenes por nuestras calles, sentados en círculo, viendo, cada uno de ellos, su móvil, sin mediar ni una sola palabra durante minutos. No es un invento ni una moda moralista: es real, es doloroso y exige respuestas serias.

Precisamente por eso me inquieta la tentación del atajo. Prohibir por decreto, señalar culpables a conveniencia, vestirle de causa noble y dar carpetazo al debate. La política del “cierre por obras” puede sonar contundente, pero suele fracasar donde más importa: en la vida cotidiana de las familias. La protección de los menores es irrenunciable, sí; lo que discuto es el método. No es lo mismo proteger que tutelar. No es lo mismo regular que controlar. Y no es lo mismo exigir responsabilidades que criminalizar a golpe de anuncio.

Sé que es más fácil prometer una gran prohibición que construir un marco que funcione. Pero las democracias se degradan por acumulación de excepcionalidades. Las competencias extraordinarias rara vez se devuelven. Hoy se invoca a los menores; mañana, la misma lógica puede aplicarse a otros ámbitos con el mismo argumento paternalista “es por su bien”, recordemos el famoso pasaporte del porno que según el Ministro de turno, ya debería estar implantado.

No pretendo absolver a las tecnológicas de sus responsabilidades. Al contrario. Quien diseña entornos de atención infinita y segmenta a los usuarios con precisión quirúrgica debe responder por los riesgos que genera, especialmente en población vulnerable. Hay medidas serias que podemos y debemos exigir: controles parentales activados por defecto y simples de usar, límites a los patrones oscuros que buscan enganche, informes de riesgo para menores auditables por terceros, y pausas obligatorias tras largos periodos de uso en cuentas infantiles y adolescentes. Eso es exigir bien. Lo otro —crear un clima de miedo penal indiscriminado— es una cortina de humo.

También debemos mirarnos al espejo, los que somos casi nativos digitales hemos gozado de un universo de estímulos sin un mapa ni una brújula. La educación digital no puede ser un taller suelto, sino un itinerario evaluable desde Primaria: pensamiento crítico, gestión del tiempo, autoestima frente a la comparación social, criterios básicos de privacidad y reputación. Nada de esto “vende” electoralmente. Pero es lo que marca la diferencia cuando la pantalla se apaga y empieza la vida.

Me preocupa, además, el tono con el que se comunica esta cruzada. Hay una condescendencia de fondo —“vosotros no sabéis, el Estado sí”— que mina la confianza de nuestros jóvenes. Y sin confianza es imposible pedir colaboración a las familias, que son quienes más tienen que decir en este asunto, ya que, aunque la izquierda lo abandere, los hijos no pertenecen al Estado.

No estoy negando la urgencia. Estoy cuestionando la unilateralidad. Un presidente demócrata, discute, escucha, incorpora matices, corrige, pero por desgracia, este no es el caso.

Proteger a los menores no es negociable. Cómo lo hacemos, sí. Yo propongo el camino más difícil: proteger sin infantilizar, regular sin controlar, exigir sin demonizar. Es menos vistoso. Es más lento. Pero es el único camino que nos permite mirar a los ojos de los que hoy empiezan con las redes sociales dentro de diez años y decirles: os cuidamos sin encerraros y cuidamos la libertad sin soltarla. Si hacemos eso, ni morirá la innovación ni perderán los menores.

***Ángel Niño es concejal de Innovación y Emprendimiento del Ayuntamiento de Madrid.