Una de las características que define la comunicación pública de las instituciones europeas es la forma recurrente en cómo se incorporan determinadas palabras o expresiones en los discursos, documentos y entre las conversaciones de agentes públicos y privados del continente. Véanse, por ejemplo, como términos del tipo ‘competitividad’, ‘autonomía estratégica’ o ‘level playing field’ alcanzan en ocasiones un punto de no significación e inacción. En mi opinión, esto perjudica el camino de construcción de una narrativa e identidad europea ambiciosas.
Desde el inicio del actual ciclo europeo, un nuevo término ha entrado en escena: el denominado Régimen 28. Una iniciativa de la Comisión Europea para crear un marco jurídico único, opcional y armonizado a nivel de la UE para que las empresas innovadoras, especialmente startups y scaleups, puedan operar en el mercado único bajo un solo conjunto de reglas, en lugar de enfrentarse a veintisiete sistemas nacionales distintos.
La regulación de este nuevo marco societario pan-europeo no es baladí, y si algo parece es que no va a ser un término "mantra" como los que antes indicaba sino que va a seguir un proceso legislativo ambicioso durante los próximos meses. Este hito, de conseguirse, resultaría un revulsivo para reducir la fragmentación normativa, incrementar el acceso a capital y talento por parte de las empresas y, de manera práctica, un avance fundamental del mercado único (otro mantra).
Que la presidenta de la Comisión Europea se presentara recientemente en Davos o, meses atrás, en su discurso del Estado de la Unión, situando este régimen como eje estratégico de política económica es un éxito, muy especialmente para el tejido de empresas emergentes antes citado. Solo imaginar que una scaleup española pueda tener una posición continental de origen es un punto diferencial para acceder a inversión y su competitividad global. Pensemos en el ejemplo de Delaware en Estados Unidos y cómo muchas empresas europeas optan por constituirse allí cuando precisan seguridad jurídica, captación de capital y un crecimiento global.
Todo lo anterior parte de un diagnóstico positivo, como creo debe ser. Sin embargo, el Régimen 28 se enfrenta a un proceso arduo de negociación este 2026 en el que se tienen que neutralizar los incentivos nacionalistas y el planteamiento de que se regule a través de una Directiva y no sobre un Reglamento de directa aplicación. No hay tiempo.
Las empresas, España y la UE se encuentran en una encrucijada en la configuración de su futuro tecnológico e industrial. En el momento actual, el éxito de muchas de las empresas de nueva generación está condicionado por la necesidad de un ecosistema regulatorio e inversión coherente; de hecho a día de hoy estas tienen la discrecionalidad de decidir dónde nacer, dónde escalar y bajo qué reglas competir. El valor de esta nueva tipología de agentes económicos es que no son simplemente una fuente de innovación: constituyen una palanca estratégica de liderazgo económico y, por tanto, de defensa de modelo social y prosperidad.
Algo que sabe bien el Ministerio de Economía de España en el diseño de sus políticas, el año pasado aceleró el uso del Laboratorio de Competitividad Europea para avanzar en políticas de mutuo reconocimiento entre Estados miembro, y recientemente ha anunciado el fondo soberano España Crece con más de diez mil millones de euros.
Asimismo, la concepción del Régimen 28 nos debería servir para ilustrar el verdadero valor de unir una visión empresarial, política y regulatoria europea. Una buena forma es recordar la concepción de dos grandes hitos tecnológicos y empresariales integrados como la creación de Airbus y de Galileo. A finales de los años sesenta, Airbus nació como un proyecto político-industrial europeo para crear un campeón tecnológico capaz de competir con Estados Unidos, mediante cooperación entre Estados, financiación pública inicial y una posterior integración empresarial.
Por otro lado, en los años 2000 Europa lanzó su propio sistema de posicionamiento global, Galileo, abierto y compatible con el GPS estadounidense, pero con mayor precisión. Esta iniciativa impulsó a Estados Unidos a eliminar las restricciones de su GPS y ofrecer también máxima precisión. Hoy, ambos sistemas operan de forma complementaria a escala global.
La competitividad (otro mantra) y la relevancia geopolítica de Europa en las próximas décadas dependerán de su capacidad para reducir los incentivos nacionales en favor de un verdadero enfoque a escala continental en apoyo de empresas impulsadas por tecnologías emergentes. Quizá copiar el modelo Delaware a la europea es el camino: una forma estratégica de ejercer soberanía mediante el mayor avance práctico del mercado único en décadas.
***Miguel Ferrer, 'senior advisor' de Adigital y EsTech.
