Durante siglos, el trabajo no se midió en horas. Se medía en ciclos, en luz, en tareas terminadas. El día comenzaba con el amanecer y terminaba cuando caía el sol. Hasta que inventamos el reloj.
Medir el tiempo transformó para siempre nuestra forma de trabajar. Introdujo los horarios, la puntualidad y una nueva idea de productividad. Pero el reloj no solo organizó el trabajo: organizó a las personas alrededor del trabajo. Desde entonces, lo que medimos ha condicionado no solo cómo trabajamos, sino también cómo entendemos el valor, el esfuerzo y el rendimiento profesional.
Este ejemplo histórico nos recuerda algo esencial en el contexto actual de digitalización: lo que medimos importa. Y hoy, en plena adopción masiva de tecnología, seguimos midiendo con enorme precisión… pero quizá no siempre lo que realmente importa.
Durante años, las organizaciones hemos evaluado la tecnología a través de indicadores objetivos: eficiencia, velocidad, número de tareas o ahorro de tiempo. Métricas necesarias, pero incompletas. Porque la tecnología no es neutral. No solo cambia lo que hacemos; cambia cómo nos sentimos, cómo nos relacionamos y cómo trabajamos.
La incorporación de nuevas herramientas digitales generaba entusiasmo, pero también estrés, desconfianza y una creciente sensación de pérdida de control. Mientras medimos con precisión la eficacia de la tecnología, no estamos midiendo de forma sistemática su impacto en las personas.
De esta observación nace el Índice BEAT (Balance of Efficacy and Alignment with Technology), un marco diseñado para medir el equilibrio entre la eficacia tecnológica y su alineación con el bienestar de las personas. Inspirado en modelos como el Índice de Felicidad Bruta de Bután, BEAT parte de una premisa clara: no basta con que una tecnología funcione; debe contribuir positivamente a la experiencia humana.
El Índice BEAT se fundamenta en la Teoría de la Autodeterminación, desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan, que identifica tres necesidades psicológicas básicas para la motivación y el bienestar: autonomía, competencia y conexión. A partir de ellas, el índice se articula en nueve dimensiones, evaluadas mediante preguntas subjetivas y datos objetivos.
En el ámbito de la autonomía, BEAT analiza si la tecnología permite decidir, comprender y adaptarse. Dimensiones como la autonomía, la transparencia y la adaptabilidad evalúan si los sistemas apoyan a las personas o las sustituyen, si son comprensibles y si se ajustan a distintos estilos de trabajo, en lugar de obligar a adaptarse a ellos.
La dimensión de competencia examina si la tecnología ayuda a trabajar mejor o, por el contrario, genera fricción y frustración. Aquí se tienen en cuenta la eficacia percibida, la seguridad de la información y la contribución al propósito, poniendo el foco en si las personas sienten que progresan y que su trabajo tiene sentido.
Por último, la dimensión de conexión aborda el impacto relacional y emocional de la tecnología. Analiza si favorece la colaboración, el sentido de pertenencia, el bienestar y la diversidad, aspectos esenciales en entornos de trabajo cada vez más digitales e híbridos.
El valor del Índice BEAT no está solo en medir, sino en abrir conversaciones estratégicas. Permite evaluar la tecnología desde la experiencia del empleado y avanzar hacia una ética digital aplicada, donde la innovación no solo sea eficaz, sino también humana.
Medir el tiempo nos ayudó a organizarnos mejor. Medir el impacto humano de la tecnología puede ayudarnos a trabajar mejor y sentirnos mejor mientras trabajamos. Quizá el próximo gran avance en la gestión del talento no consista en crear tecnologías más inteligentes, sino en ser organizaciones más conscientes de cómo nos transforman.
*** Áurea Benito Liñán es Corporate People Director en ISDIN y Vicepresidenta de la Asociación Española de Directores de Recursos Humanos (AEDRH).
