Es una cara habitual de los eventos sobre digitalización. Su experiencia como profesora le avala unas buenas dotes comunicativas, su conocimiento sobre la materia le brinda seguridad en sus discursos y el vídeo online le concede incluso el don de la ubicuidad. La visibilidad es solo una parte de su trabajo: en el proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2021, aprovechando la lluvia de millones de Europa, Carme Artigas se ha propuesto acelerar todas las grandes transformaciones digitales que tiene pendientes nuestro país.

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Aterrizada en enero desde el sector privado, Artigas es la máxima responsable en el Gobierno de España para los asuntos de digitalización e inteligencia artificial. La secretaría de Estado que representa forma parte del Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital, dirigido por una Nadia Calviño que esta legislatura ha "ascendido" a vicepresidenta tercera.

Este departamento preparó la hoja de ruta España Digital 2025, presentada este verano, que por primera vez desde hace muchos años marca el camino a seguir, estableciendo cuáles serán las líneas de actuación estratégicas para nuestro país. [Para que se haga una idea el lector, la última vez que España dispuso de una agenda digital fue en 2013. Por supuesto, ha seguido habiendo programas públicos de impulso a la conectividad o a la alfabetización digital, pero han carecido del necesario marco estratégico que les diera coherencia.] 

Es viernes a la hora de comer. Artigas habla deprisa: "Queda mucho todavía por divulgar sobre la importancia de la digitalización". Y mucho por hacer. Sabe que nos encontramos ante una oportunidad única, posiblemente la última, para hacer de España una potencia digital. Sabe también que el éxito de este objetivo dependerá en buena medida de la capacidad que tenga la Unión Europea de marcar las reglas del juego en el próximo escenario post-pandemia. ¿Compitiendo con Estados Unidos o con China en su terreno? No, dibujando nuestro propio tablero. 

Europa ha sido muy clara con respecto al destino que quiere para sus fondos para la reconstrucción…

El plan europeo de recuperación (Next Generation EU) tiene unas directrices muy claras, pero después cada país concreta cómo distribuye los fondos. En nuestro caso, de los 72.000 millones de euros que recibiremos a fondo perdido, el 33% va a ir destinado a la transformación digital, muy por encima de la recomendación europea del 20%. Queremos recuperar el terreno perdido porque partimos de un punto más retrasado que otros países. 

De los 72.000 millones de euros que recibiremos a fondo perdido, el 33% va a ir destinado a la transformación digital. Queremos recuperar el terreno perdido

¿Tiene el sector público la capacidad de acelerar cambios de calado?

Las administraciones públicas hacen varias cosas. En primer lugar, no molestar. En segundo lugar, ayudar [a la sociedad y ayudar al sector privado]. Pero en tercer lugar, y esto es algo que en el mundo tecnológico quizá no lo tenemos tan interiorizado, la Administración debe ser un catalizador y un impulsor del cambio. 

Tenemos que ser capaces de hacer apuestas de país para conseguir alinear los esfuerzos públicos y privados, de modo que remen en la misma dirección y, así, alcanzar un mayor impacto. Lo que ocurre muchas veces en un país como el nuestro, con una heterogeneidad como la nuestra, es que existen acciones que se solapan; muchas pequeñas acciones repetidas pero inconexas con un impacto reducido. Hoy en día no nos podemos permitir este lujo porque tenemos por delante muchísimos retos como país, sobre todo para recuperarnos de una pandemia con un gran coste humano. El cambio debe ser coyuntural. Estamos ante una oportunidad única para reinventar la economía de nuestro país en clave digital.

A día de hoy, es difícil ser un gran país sin contar con cierta soberanía tecnológica. ¿Cómo podemos, desde Europa, reducir nuestra dependencia digital de otros territorios?

La soberanía digital es un punto realmente importante y la pandemia ha puesto en evidencia que también es urgente. Europa ha tomado conciencia de la excesiva dependencia que tenemos de las cadenas de suministro globales, así como de proveedores de tecnología a nivel global. No se trata ni mucho menos de que las empresas internacionales que invierten, que crean puestos de trabajo y que desarrollan prestaciones de las que nos beneficiamos todos dejen de hacerlo. Se trata de aumentar la competencia, de que haya más players y de que, entre esos nuevos jugadores digitales, Europa sea relevante. 

Por otra parte, tenemos claro que la reinvención industrial europea pasa por una nueva estrategia digital. La industria europea debe seguir siendo fuerte en clave digital y esto tiene mucho que ver con la transición hacia una economía del dato. Fuimos pioneros en el mundo en la regulación de los datos personales; ahora queremos serlo también en la protección de los datos industriales. La economía del dato pasa por entender que la nueva materia prima de las empresas y del conocimiento son los datos. Es como si tuviéramos un gran yacimiento de petróleo: no queremos que todo el mundo meta una manguera en el yacimiento, en todo caso le venderemos nosotros el barril. Se trata de entender de que en Europa tenemos nuevas bases para una ventaja competitiva global, entre ellas, nuestros datos industriales.

Fuimos pioneros en el mundo en regular los datos personales; ahora queremos serlo en la protección de los industriales

En definitiva, la soberanía digital europea se entiende en base a dos grandes palancas. La primera es la soberanía de datos. Aquí, seremos nosotros quienes marquemos las reglas del juego sobre cómo se van a utilizar y explotar esos datos. La segunda gran palanca será reforzar nuestra capacidad para desarrollar tecnologías propias, capacidad de computación e inteligencia artificial.

Los gigantes tecnológicos estadounidenses crecieron, en parte, amparándose en leyes más laxas de protección de datos. ¿Regulación e innovación son necesariamente conceptos antagonistas?

Yo diría que todo lo contrario. Europa fue fuerte en GSM durante mucho tiempo porque tuvo una regulación. Cuando en EEUU aún iban con el busca y era imposible hacer roaming entre estados porque cada uno tenía operadores de telecomunicaciones distintos, Europa se puso de acuerdo, definió un estándar 3G y desarrolló una industria potente a nivel mundial. Por tanto, la regulación no siempre mata un sector sino que lo crea, porque lo ordena y define unos estándares. 

El gran problema no es tanto regular mucho o poco, sino que la regulación sea inteligente. Hay tecnologías que tienen un impacto importante sobre nuestras vidas, como por ejemplo la inteligencia artificial, que no tiene sentido que regulemos ex ante cuando todavía no conocemos siquiera los impactos positivos y negativos que va a tener. Hemos de abogar por una autorregulación, estar vigilantes a los impactos y regular solamente aquello que sabemos que son riesgos. Por tanto, debemos encontrar el equilibrio entre el european way -el espíritu de protección de derechos característico de nuestro continente-, sin matar un sector antes de que nazca.

Hemos de abogar por la autorregulación, estar vigilantes a los impactos y regular sólo aquello que sabemos que son riesgos

La economía digital tiende a la creación de plataformas. Son mercados oligopolísticos por naturaleza. Pero el control de los datos por parte de estas plataformas no hace sino afianzar su poder, entorpeciendo el avance de otras startups. ¿Qué se puede hacer para re-equilibrar las reglas del juego?

Europa tiene muy claro que ha de haber una redefinición de lo que es un monopolio y un oligopolio en los tiempos digitales, igual que tenemos que revisar la fiscalidad en la era digital.  Es importante volver a definir las reglas de juego para la interacción entre las grandes y pequeñas empresas tecnológicas. Si no, sólo las grandes podrán absorber a las pequeñas y estaremos matando la innovación. 

Estoy convencida de que, de la misma manera que hemos obligado a las empresas de ferrocarriles a abrir las vías a otros ferrocarriles y hemos obligado a las empresas de telecomunicaciones a que abran sus redes a otros players virtuales para aumentar la competencia, también deberíamos promover que las grandes firmas digitales liberen sus datos para que el resto pudieran entrenar sus propios algoritmos.

En este sentido, hay en marcha varios cambios legislativos que esperamos para 2021. Durante el primer trimestre saldrá la Data Act, relativa al uso y compartición de datos; hace unos días conocimos un primer reglamento sobre la gobernanza de los datos; y por supuesto será determinante la Digital Services Act, la próxima directiva europea, que ayudará a definir este mercado único digital y el nuevo rol de las plataformas. Esta directiva sustituirá a la normativa actual, que es del año 2005, antes de que existieran muchas de las plataformas actuales.

¿Podría ese nuevo marco normativo ahuyentar a las empresas digitales internacionales?

No lo creo, en primer lugar porque Europa es un gran mercado. Al igual que las empresas de otras zonas del mundo y que operan en Europa se someten ya a nuestro reglamento de protección de datos, lo mismo vamos a hacer al nivel de los datos industriales y al nivel en el que queremos que operen estas plataformas digitales.

¿Cuál es la diferencia entre una pyme y una startup, y qué retos principales encuentran ambas en España?

El tamaño no importa tanto en el mundo digital: una startup del sector fintech de veinte empleados puede disrumpir el negocio bancario. En cambio, cuando miramos a una pyme con veinte empleados, pensamos que necesariamente tendrá poco impacto. La diferencia tampoco deriva del acceso a las tecnologías porque hoy en día, con el software as a service y con todas las capacidades que tenemos en cloud, una empresa de pequeño tamaño tiene acceso a una capacidad de computación infinita. La diferencia entre una pyme y una startup, por lo tanto, está en la mentalidad digital. 

Hace falta que las pymes españolas entiendan las dinámicas de la nueva comunidad digital. Hablamos de más de 3 millones de empresas y más de un millón y medio de autónomos, que necesitan adoptar los mecanismos de trabajo de la digitalización. La pandemia nos ha dicho que esto es posible. En estos meses, por ejemplo, nos hemos acostumbrado a leer el menú de un bar o de un restaurante a través del móvil. Tenemos por delante un reto de adopción tecnológica por parte de las pymes, para darles facilidades para adaptarse a las nuevas tecnologías, pero también un reto de cambio cultural y de competencias.

En cambio las startups son nativas digitales. Su reto es crecer. El gran problema de la startup española es que no tiene la posibilidad de escalar. Estamos revisando en la Ley de Startups [cuyo borrador está previsto que salga a audiencia pública próximamente] muchos mecanismos de apoyo, de cambios en la legislación, en la fiscalidad, para poder hacer más fácil el emprendimiento en nuestro país.

También hay un reto de tamaño. Es importante que que las scaleups, es decir, las empresas que han conseguido superar el valle de la muerte y que están en fase de primeras rondas de financiación, encuentren en España y en Europa mecanismos de crecimiento, para que su única salida no sea vender el negocio a una compañía americana o china. Europa está alineada en levantar este tipo de mecanismos y en España, en particular, dentro de la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial anunciaremos la creación de un fondo de capital riesgo público-privado orientado al crecimiento de empresas digitales y scaleups

La Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial anunciará la creación de un fondo de capital riesgo público-privado para hacer crecer a empresas digitales y scaleups

El desarrollo tecnológico trae innumerables ventajas pero también evidencia y amplifica las desigualdades, complica la protección de los derechos fundamentales de las personas y hace posible innovaciones disruptivas que pueden llegar a ser cuestionables desde un punto de vista ético. Europa se ha posicionado como un territorio para la digitalización ética. ¿Puede eso restarnos oportunidades como futura potencia tecnológica?

Estoy convencida de que se convertirá en una ventaja competitiva y de que Europa será una potencia digital, pero con su propio estilo. Una de las cuestiones en que Europa se está diferenciando de Asia o de Estados Unidos es en que se está poniendo a las personas en el centro del desarrollo tecnológico. 

En España, este enfoque lo estamos impulsando con la creación de una Carta de Derechos Digitales, que está estos días en consulta pública. De hecho, vamos a ampliar el plazo para que la gente pueda verla y hacer sus aportaciones hasta el 20 de diciembre. La Carta abre un debate social profundo acerca de las preguntas que nos tenemos que volver a hacer como sociedad: cuáles son los derechos que queremos preservar, y cuáles son los valores y principios éticos con los que queremos abordar este desarrollo tecnológico. En primer lugar, todas las conquistas de derechos que hemos conseguido en el mundo analógico no las queremos perder. Al mismo tiempo, hemos de ampliar las miras y abordar nuevas extensiones de derechos fundamentales ante nuevos entornos. 

La inteligencia artificial es uno de esos nuevos entornos y por primera vez en un país del mundo, precisamente España, se empieza a hablar de los neuro-derechos: derechos alrededor de las neurotecnologías, de la manipulación del cerebro humano o de la intervención humana para el aumento de capacidades. Por lo tanto, estamos ante retos de un calado enorme. 

También hablamos de ética y de marco ético en la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial [otro de los grandes proyectos que presentará esta Secretaría de Estado próximamente]. La inteligencia artificial afronta varios grandes retos. El primero es el tecnológico, que tiene que ver con cómo desarrollamos una IA robusta, segura y auditable. Pero también un reto ético, sobre cómo desarrollamos una IA que cuadre con nuestros principios y valores, y es ahí donde se van a diferenciar las sociedades. En Estados Unidos los datos son de las empresas, en China son del Gobierno y aquí queremos que sean de los ciudadanos. No queremos renunciar a eso; es nuestro sello de identidad. 

En Estados Unidos los datos son de las empresas, en China son del Gobierno y aquí queremos que sean de los ciudadanos

España quiere estar a la cabeza de este debate del humanismo tecnológico. De la misma manera que Grecia se convirtió en potencia porque desarrolló la democracia, por qué no puede España convertirse en un país atractivo para invertir, generar y desarrollar talento y oportunidades, gracias a esta apuesta por los derechos digitales de la ciudadanía.

Por último, ¿qué otros retos y oportunidades ha evidenciado la pandemia?

Hay ámbitos donde España es muy buena y otras donde todavía no lo es, pero que lo podemos ser. España ocupa la posición 11 del índice europeo DESI. Esa posición es engañosa porque en algunas cosas estamos muy avanzados y en otras no. Estamos por encima de la media europea en conectividad y en administración digital, y por debajo en competencias digitales. Esto es algo en lo que estamos trabajando desde nuestra Secretaría de Estado, junto con el Ministerio de Educación. 

También tenemos una gran oportunidad para transicionar nuestra economía a una economía del dato. La pandemia ha puesto en evidencia la debilidad de nuestra estructura productiva en sectores muy dependientes del entorno físico y que también deben transitar hacia una economía digital. Por eso cuando hablo de la recuperación de España en un escenario post-pandemia, yo digo que no quiero estar donde estábamos antes del Covid, sino en un sitio distinto, mejor preparados para las transformaciones económicas que van a venir. 

Me gustaría poner en valor la gran capacidad de cambio que ha demostrado España. A mí me da mucha esperanza porque cuando nos ponen retos los abordamos. España ha hecho una transformación tremenda; antes ponía el ejemplo de la hostelería y la digitalización de sus menús a través de códigos QR, pero también hay que destacar a los autónomos y las pymes con el teletrabajo, o el auge del comercio electrónico. 

Quiero reivindicar el esfuerzo que ha hecho la Administración pública, porque durante la pandemia no se han caído las redes ni tampoco se ha caído la administración digital

Quiero reivindicar asimismo el esfuerzo que ha hecho la Administración pública, porque durante la pandemia no se han caído las redes y tampoco se ha caído la administración digital. Más de 200.000 empleados públicos se fueron a casa a teletrabajar de la noche a la mañana y se multiplicaron los trámites online un 500% en 24 horas. Hemos tenido que asumir unas capacidades incrementales y habilitar nuevos servicios de la noche a la mañana, con unos funcionarios públicos que estaban teletrabajando, que también enfermaban y que también perdían a sus familiares, y eso no se pone suficientemente en valor. En definitiva, hay muchos cambios que hemos tenido que hacer de la noche a la mañana y que espero que estén aquí para quedarse. Que la administración sea una fuente de simplificación, de eliminar trabas y burocracias, y de ser fuente de agilización y de innovación.