Madrid

Ana Martínez tiene una sonrisa afable y una mirada inquisitiva. De esas que invitan a entablar una conversación con la seguridad de que una se sentirá cómoda y que, seguro, terminará con más de un aprendizaje

Martínez recibe a esta periodista en su despacho del CIB-CSIC, el Centro de Investigaciones Biológicas ‘Margarita Salas’ del CSIC, en el campus Ciudad Universitaria de Madrid. Lo hace pocos días después de que el Ministerio de Ciencia e Innovación le otorgara el Premio Nacional de Investigación Juan de la Cierva, en el área de transferencia de tecnología.

Unos galardones creados en 1982 que “distinguen a aquellas personas investigadoras de España que están realizando una labor profesional destacada de relevancia internacional en sus respectivas áreas de investigación y campos científicos”, explican desde el Ministerio.

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Fue la propia titular de esta cartera, Diana Morant, quien comunicó personalmente a Martínez la noticia. Una llamada que la investigadora califica de “muy emocionante”. “En ese momento se te olvida todo [en referencia a las dificultades que han de superar los investigadores para llevar a cabo su trabajo]” y hace un símil fácilmente compresible para cualquiera: “Los zapatos que te aprietan, te dejan de apretar por unos segundos”.

“Es la inyección de optimismo que necesito para seguir luchando contra todos los obstáculos que tiene el día a día, sobre todo las trabas administrativas”, afirma sin titubear.

La investigadora Ana Martínez en su despacho del CIB-CSIC.

Los pacientes, su principal motivación 

Martínez es químico orgánico de formación por a Universidad Complutense de Madrid y químico médico de profesión. “Somos los que diseñamos y desarrollamos los fármacos innovadores que algún día podrán llegar a comercializarse”, aclara.

Desde el año 1996 ha centrado sus investigaciones en encontrar aquellos destinados al tratamiento de enfermedades neurodegenerativas, como alzhéimer, párkinson o esclerosis lateral amiotrófica (ELA).

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Su llegada a la química médica fue fruto de una vocación sanitaria y también de la casualidad. Confiesa que siendo joven quería estudiar Medicina, pero creía que los 11 años que tardaría en completar estos estudios le impedirían cumplir su sueño más personal: ser madre joven. No recuerda quién le recomendó optar por la bioquímica como alternativa, pero el argumento le convenció “porque aunaba temas de vida y salud”.

Otros premios

Ana Martínez recibió el Premio a la Mejor Patente Madri+d en 2015, el Premio Científico de la Real Academia Nacional de Farmacia en 2018 y el Premio a la Mejor Invención Protegida de la Oficina Española de Patentes y Marcas (OEPM) en 2022.

Martínez también tiene un fuerte compromiso con la difusión de su trabajo a la sociedad. Es autora de los libros 'El Alzhéimer' y 'El Párkinson', publicados por el CSIC y Los Libros de la Catarata.

Ingresó en la facultad de Químicas y, ahí, se produjo un nuevo giro: “Tuve un maravilloso profesor de química orgánica que me convenció de las posibilidades de esta disciplina y es lo mejor que me ha pasado porque me abrió la puerta a la química médica”. Su tesina ya daba pistas sobre por dónde discurrirían sus intereses: “la dediqué al desarrollo de agentes anticancerígenos”.

Tras pasar por el Instituto de Química Médica del CSIC y recibir dos becas de este organismo púbico, en el año 90 tomó posesión de su plaza como colaboradora científica. Aquí ha desarrollado toda su carrera investigadora en la que “he tenido mucha relación con los pacientes”. Durante toda la entrevista hace alusión a esos pacientes, a como estar cerca de ellos y de las asociaciones que les representan, “me motiva muchísimo para seguir luchando”, admite.

En este tiempo su laboratorio ha ido creciendo poco a poco y ahora cuenta con un equipo multidisciplinar formado por una red de investigadores nacionales e internacionales: “No sólo necesitamos química para sintetizar las moléculas, también hay que recurrir a la informática, a la bioquímica y a la biología”.

Al lado de la industria

La ilusión por el premio y por los logros conseguidos a sus 61 años no le hacen perder la perspectiva. Trabas, obstáculos, dificultades, lucha… Son palabras que salpican las respuestas de Martínez a las preguntas acerca de su trabajo.

También a las cuestiones planteadas sobre cómo se transfiere el conocimiento adquirido en el laboratorio a la sociedad, área por la que, recordemos, el Ministerio de Ciencia e Innovación le ha otorgado el galardón. “En mi ámbito, la investigación básica de nuevos fármacos, siempre he creído que debemos ir de la mano de las necesidades globales de salud y muy al lado de la industria farmacéutica”.

Ana Martínez junto a su equipo en el Centro de Investigaciones Biológicas ‘Margarita Salas’ del CSIC.

Y se explica: “Mis moléculas, mis candidatos a fármacos, pueden desarrollarse en un laboratorio, obtener buenos resultados de experimentación, pero en el mejor de los casos tienen que pasar entre 13 y 16 años de trabajo muy duro y altísimas inversiones para que se vendan en una ‘pastillita’ que puedan tomar los pacientes, y esto solo puede ocurrir en un entorno empresarial”. 

Precisamente por esto, en su equipo de trabajo siempre han seguido una política muy activa para proteger los resultados de sus investigaciones con solicitudes de patentes –ya acumula en su haber más de 40­– que, en última instancia, son propiedad del CSIC. Un conocimiento público que se transfiere a la empresa con acuerdos de licencia y contratos regulados y que, en ocasiones, tras la solicitud de una excedencia, los investigadores desarrollan en la empresa privada.

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Una experiencia que también figura en el currículo de Martínez, quien en 2002 se trasladó a la empresa NeuroPharma como directora de I+D. Allí contribuyó hasta 2008 al desarrollo, desde las fases iniciales hasta la prueba de concepto en diferentes modelos animales, de un fármaco para el tratamiento de la distrofia miotónica congénita (una enfermedad rara heredada que provoca en los recién nacidos problemas respiratorios y dificultades en la alimentación).

Aunque por motivos que no concreta el proyecto pasó a manos de otra compañía, es posible que empiece a comercializarse en 2024, "siempre y cuando las pruebas a las que lo sometan el próximo marzo den un resultado positivo y obtengan la aprobación de la FDA [Food and Drug Administration, la agencia estadounidense que se encarga de dar el visto bueno a alimentos y medicamentos antes de su salida al mercado].

El 'valle de la muerte'

El camino para llegar hasta ahí no es fácil, como se ha encargado de recordar la propia investigadora a lo largo de la conversación. Es tan crítico ese periodo que separa la investigación de un fármaco de su práctica clínica que se le conoce como el ‘valle de la muerte’, en alusión a todos aquellos tratamientos que no prosperan.

Llega el momento de hacer algunos números: la inversión acumulada se estima entre 1.500 y 2.000 millones de euros; de las 5.000 moléculas que se crean en un laboratorio, tan solo una tiene posibilidades de llegar al mercado; y eso ocurrirá al cabo de 15 años “en el mejor de los casos”, reconoce Martínez. “Con estos datos a ningún economista le salen las cuentas”.

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De ahí que haya investigadores que se animen a crear sus propias compañías (spinoffs de sus centros de investigación) para hacer desarrollos preclínicos y ofrecer a las grandes empresas el compuesto con prueba de eficiencia animal y con las tareas regulatorias cumplimentadas “A partir de ahí ya puedan solicitar la fase de investigación en clínica”, confirma Martínez. 

Llevar a cabo el paquete de trabajos anterior requiere de una inversión que ronda los 2,5 millones de euros. “Una cifra más manejable, pero para la que es necesaria buscar fondos”. Por eso, cofundó en 2014 la empresa Ankar Pharma a partir de un tratamiento innovador para la esclerosis múltiple descubierto en su grupo, para realizar ensayos en humanos.

“Inicialmente, los socios éramos dos científicas y tres economistas, que se encargaran de toda la burocracia necesaria para constituir una empresa, de hablar con inversores… Los investigadores no sabemos manejarnos en esos terrenos”. Afortunadamente, el CSIC cuenta que con un departamento que presta asesoramiento tanto para licenciar patentes como para poner en marcha una spinoff.

Y aquí hace hincapié en algo que se viene repitiendo de manera insistente desde la comunidad científica: “Dedicamos mucho de nuestro tiempo a gestiones” y formula un deseo: “Ojalá las próximas generaciones lo tengan más fácil con las cargas burocráticas y puedan acumular más rendimiento científico”. Lanza una idea: incluir formación en patentes y en propiedad intelectual en las carreras investigadoras.

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Con la entrevista llegando a su fin, y sin perder ese espíritu optimista que se atisba durante toda la conversación, Martínez pida prudencia cuando se hacen públicos logros que todavía están en fase preclínica, porque "existe la posibilidad de que, a pesar de haberse publicado en revistas científicas prestigiosas, no lleguen a la farmacia". 

Recuerda que la investigación farmacéutica es una “carrera de fondo”, como la suya personal como madre de familia numerosa (sí, también cumplió con este sueño), con unos retornos a largo plazo y en la que nunca hay que perder de vista que “lo más importante son los pacientes”.