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LO ESENCIAL
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Umbral está sentado frente a un micrófono de Radio Nacional de España, que es la radio del régimen. 14 de julio de 1975. Faltan cuatro meses para la muerte de Franco. El entrevistador le pregunta al escritor cómo prefiere “los senos”, “la espalda” y “las piernas” de una mujer.

La respuesta de Umbral, que un funcionario-censor desconocido va tecleando disciplinadamente y quizá erecto, conduce rocambolescamente a una escena que el escritor nunca contó.

El día que unos guardaespaldas contratados por Paco Rabal le dieron una paliza, le rompieron ocho costillas y lo dejaron tres meses ingresado en una clínica.

Si La noche que llegué al Café Gijón es el título de uno de sus libros paradigmáticos, podríamos titular este reportaje La noche que me llevé el hostión.

Es posible escribirla gracias a la publicación de Escribir lo vivido, la antología de Umbral de próxima aparición hilvanada por Miguel González Somovilla. Se trata de uno de esos libros marrones y gordotes de la Biblioteca Castro, que es nuestra Pléiade.

De Umbral se han publicado tropecientas antologías, pero de los 350 artículos que incluye esta… 303 estaban hasta ahora inéditos en libro. En el enjundioso estudio que introduce los textos de Umbral, Somovilla publica el contenido del “Sobre 32”, que ha encontrado y exhumado del Archivo General de la Administración.

En ese sobre, dormían el sueño de los injustos los informes de la censura más reveladores sobre Umbral. Espionaje, seguimiento, análisis de su obra… Unos informes que probablemente él nunca llegó a conocer.

El estudio va salpicado también del libro de familia, fotos de los padres, objetos domésticos, dibujos del propio Umbral y algunas otras cuestiones no muy conocidas que hacen del tomo un objeto de culto. González Somovilla es periodista. Fue director de Comunicación de la RAE y de RTVE. Especialista también en otros grandes escritores del siglo XX como Álvaro Cunqueiro o Wenceslao Fernández Flórez.

Cubierta del libro recién publicado por la Biblioteca Castro. Cedida por la editorial

Volvamos a aquel 14 de julio de 1975. Volvamos al “tardofranquismo”. Un término, por cierto, que muchos expertos, entre ellos Somovilla, atribuyen al propio Umbral, que moldeó el lenguaje hasta lograr que muchas palabras de su cosecha fueran muy utilizadas.

Son las 16:25. Entrevista con el “enemigo del régimen y pornógrafo” Francisco Umbral. “Contestó que los senos debían ser breves, sin grasas y lo menores posibles. Las piernas, largas y delgadas, y la espalda, lo más sustancial y bello: importantísimo”, leemos en el informe de la censura.

Tenía razón la censura. Umbral era un pornógrafo –por decirlo con buenas palabras– y un enemigo del régimen. Lo asombroso es que el régimen tuviera a otro pornógrafo como entrevistador.

La siguiente pregunta tiene su gracia: “Señor Umbral, usted que acaba de llegar de Ibiza, de las playas… ¿Cómo reconoce en bañador a los hombres de derechas o de izquierdas?”. Respuesta: “Los de izquierdas están sin bañador”.

Entonces, el censor añade una observación a pie de página. “Es una llamada complementaria, puesta directamente sobre el término pornógrafo”, cuenta a este periódico Somovilla.

Dice así: “La novela El Giocondo –publicada por Umbral unos años antes– reflejaba tan a las claras la vida del actor Paco Rabal que este, al reconocerse, mandó a unos guardaespaldas que, a la salida de F.U de unos locales de inverecundia, acometieran a este con barras de hierro, rompiéndole ocho costillas. Umbral permaneció tres meses en una clínica”.

El Giocondo es una novela que causó sensación a su publicación, pero que hoy tiene poco interés. Era una especie de crónica con nombres camuflados de la noche madrileña de la época, sobre todo de sus ambientes homosexuales.

Curiosamente, la censura la autorizó sin apenas comentarios, pero su publicación provocó varios incidentes de este estilo; siendo el más grave el de los guardaespaldas de Rabal.

El sobre que contiene los expedientes de la censura de Umbral. Cedido por la Biblioteca Castro

Umbral jamás contó este episodio. Puede que la censura lo exagerara, pero es probable que el escritor no lo contara porque tenía por costumbre limitarse a convertir en literatura los pasajes de su vida que lo colocaban como un hombre fuerte y viril.

Cuando contaba su vida de niño sin padres, lo hacía a través de la novela, dando a entender que era una ficción o se trataba de otra persona. Umbral siempre mixtificó su identidad para paliar su sufrimiento.

Se camufló con mucha habilidad. En los informes de la censura, se lee: “Umbral es el seudónimo artístico de Francisco Pérez Martínez, natural de Madrid, nacido el 11 de mayo de 1932, hijo de Francisco y Pilar. Persona de ideas de izquierdas, en todos sus escritos hace una crítica parcial y sistemática del Gobierno y del Régimen”.

También se cuenta que arrancó su carrera periodística en León hacia 1958, “adonde llegó procedente de Valladolid como empleado del Banco Central”: “Se manifiesta de forma sinuosa y metódica, así como con el mayor desenfado, ataca a todo lo que representan nuestras instituciones y, por el contrario, procura glosar, de forma más o menos encubierta, aquellas tendencias de matiz marxista o liberal, el progresismo religioso, la libertad sexual, etcétera”.

Ni rastro siquiera de su verdadero nombre. Umbral siempre logró ocultarse hasta que llegó la biografía de Anna Caballé en 2004, cuando se contó que su padre no lo había reconocido legalmente y que su madre, soltera, se había hecho pasar por su tía para estar cerca de él. A Umbral, de hecho, lo crio una nodriza en Laguna de Duero, y el nombre de esa mujer, Pilar, es el que figura como "madre" en el expediente de la censura.

“Pérez Martínez” eran los apellidos de Ana María, su madre. Todo un totum revolutum.

El nombre del padre, Alejandro Urrutia, lo publicó Jabois en El País en 2007. En el pódcast “Expediente Umbral” se hilvana la historia del Umbral proscrito contada por quienes mejor le conocieron.

Uno de los papeles de la censura sobre Umbral. Cedido por la Biblioteca Castro

En ese Sobre 32 de la censura, de papel fino y cartulina, casi una veintena de documentos que ahora aparecen gracias a la antología de Somovilla, se puede atestiguar cómo los servicios del régimen perseguían a los escritores con ahínco en aquellos años setenta.

Vemos, por ejemplo, cómo un censor camuflado acude a una conferencia de Umbral sobre Miguel Hernández celebrada en un local de la Puerta del Sol el 2 de marzo de 1970. El censor tenía miedo de que Umbral se explayara en los detalles de la muerte del poeta, abandonado en una cárcel franquista.

Con alivio, escribe el censor: “Recordó que al terminar la guerra fue detenido y murió en la cárcel, pero sin extenderse o hacer hincapié en esta parte de la biografía. Elogió la obra de Miguel Hernández, afirmando que era una esperanza para la literatura española”.

Umbral sobrevivió con éxito a la censura a golpe de prestigio y publicación. Sus directores no se atrevían a despedirlo pese a las presiones del régimen… porque era “el mejor”. Cuenta Somovilla las presiones de Fraga siendo ministro a El Norte de Castilla.

Sin embargo, el mayor padecimiento de Umbral por culpa del franquismo –nos dice Somovilla– fue el del desprecio social, el sufrimiento ocasionado por la escasez y el repudio familiar.

El Umbral político, en palabras de Emma Rodríguez, hizo un viaje contra la autoridad que le hizo defender primero el comunismo, abominar del socialismo después y, ponerse, al final, del lado de la derecha. En definitiva, siempre contra la autoridad.

Contaba Raúl del Pozo que engañó a su amigo –le debía una– diciéndole que Rajoy podía influir en que le concedieran el Nobel de Literatura. Umbral, ya mayor, se puso a publicar artículos elogiosos con Rajoy. Y Raúl se partía de risa.

El año que viene se cumplirán veinte años de la muerte de Francisco Umbral, ganador del Cervantes, Príncipe de Asturias de las Letras, que nos mostró el sacrificio de “la escritura perpetua”: “Supone una renuncia a la vida. Se vive para escribir lo vivido. Uno ya no sabe si vive o acumula material para escribir”.

O para llevarse una paliza encargada por Paco Rabal.