Del Frente Amplio, al Frente Popular que Pedro Sánchez quiere armar en la candidatura al Senado junto a sus socios de la extrema izquierda. Mientras truenan las calles con las movilizaciones por la vivienda.
"No habrá paz en las calles", advirtió el jueves la portavoz de Más Madrid, Manuela Bergerot, tras la muerte de Maricarmen. Y los socios de Sánchez han asegurado que los partidos que tumbaron los decretos de vivienda en el Congreso (PP, Vox y Junts) serán responsables de cada desahucio y cada "suicidio" que haya.
Se ha producido una peligrosa "contaminación populista" en el discurso de los políticos, constata el historiador Manuel Álvarez Tardío, que ha analizado junto a Fernando del Río la violencia política en los últimos meses de la Segunda República, en el libro Fuego cruzado, la primavera de 1936, reconocido con el Premio Francisco Umbral.
Ambos han participado esta semana en las jornadas 1936: la guerra que todos perdimos, organizadas por la Fundación Cajasol en Sevilla y coordinadas por Arturo Pérez-Reverte. Este foro ya sufrió un intento de cancelación el pasado mes de febrero, después de que el escritor David Uclés renunciara a participar, disconforme con los invitados y hasta con el título.
Manuel Álvarez Tardío es catedrático en la Universidad Rey Juan Carlos y coautor de otras obras como 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (Espasa, 2017) y Vidas Truncadas. Historias de violencia en la España de 1936 (Galaxia Gutenberg, 2021).
Tras el desahucio y la muerte de Maricarmen, vivimos una precampaña electoral llena de mensajes incendiarios y de exaltación de la emotividad. ¿Es peligroso o irresponsable que algunos políticos recurran a esa dialéctica?
A cualquier ciudadano moderado y que aprecie el valor del pluralismo le preocupa mucho lo que está pasando. Hay una contaminación populista del discurso, porque los moderados han perdido la capacidad para buscar puntos de encuentro.
Hace tiempo que el PSOE ha decidido fagocitar a los partidos que estaban a su izquierda, en vez de centrarse y tratar de pelear en el centro. Ya veremos si esto tiene consecuencias.
Esta contaminación populista también está afectando al PP, aunque en mucha menor medida. No la encuentro en el discurso de Juanma Moreno en Andalucía o en el de Feijóo. No he escuchado a dirigentes del PP ni a Ayuso hablar del problema de la vivienda en los términos populistas en que lo está haciendo el Partido Socialista.
El PSOE sabe que hay una serie de problemas de fondo que se han agravado y que no ha hecho casi nada para solucionarlos en estos ocho años. Empezando por la Ley del Suelo, o por una reforma a fondo de la Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU), asuntos en los que estaba obligado a buscar una conciliación de mínimos con el PP.
¿Este clima de polarización y crispación puede ser rentable en las elecciones para algún partido?
El populismo en dosis pequeñas es parte intrínseca de la competencia por el voto y hay que aceptarlo. Lo importante es qué líneas rojas no traspasan los grupos que aspiran a tener los votos de la mayor parte de los ciudadanos. Los grandes partidos siempre se mueven en una disyuntiva entre tratar de captar todo el voto que está en su espectro ideológico, y la dificultad de captar a quienes se van hacia los extremos.
Es probable que la contaminación populista le pase factura a la izquierda, en términos de trasvase de una parte del voto hacia el PP, pero también de desmovilización del voto de centro izquierda moderado.
Basta ver el discurso con el que Pedro Sánchez anunció el lunes la convocatoria de las elecciones. En los anteriores comicios intentó movilizar el voto por el miedo a Vox, y ahora lo intenta con la cuestión de la vivienda con unos registros que podría haber firmado Pablo Iglesias.
Primero se produjo la irrupción de Podemos, ahora las encuestas apuntan a un fuerte crecimiento de Vox. ¿A qué atribuye ese desplazamiento de la sociedad hacia los extremos?
Es una confluencia de factores, algunos de ámbito global y otros más domésticos. Como en los años treinta, vivimos tiempos de transición y, con ello, incertidumbre por lo que nos depara la aceleración del cambio tecnológico, las oleadas descontroladas de emigración, los cambios en la jerarquía tradicional de valores, el crecimiento de las grandes urbes …
Muchos individuos son profundamente conservadores, en un sentido tanto cultural como económico. Les aterran los cambios a su alrededor, la incertidumbre derivada de la globalización.
Pero más allá de eso, veo también un problema derivado de lo que podríamos llamar la "enfermedad del bienestar", sociedades europeas que no quieren tomar nota de los graves problemas de endeudamiento público, que no aceptan las consecuencias perversas para la educación y la competitividad de unas políticas populistas, a derecha e izquierda, que no ponen freno al Estado paternalista.
Al final, si lo que prima en el espacio público es la seguridad, la identidad y los derechos colectivos, no es extraño que ganen aquellos que siempre han odiado la democracia liberal, el pluralismo y la libertad individual.
Que los extremos se alimentan mutuamente, ¿es algo más que un mito?
Lo que no es un mito es que los extremos se tocan. Lo hacen en su desprecio por el pluralismo y en la facilidad con que etiquetan a los demás para demonizarlos y cortar cualquier posibilidad de diálogo con ellos.
Acabamos de saber que la extrema izquierda se presentará a las elecciones con la etiqueta del Frente Amplio. No hace falta ser muy perspicaz para entender que vuelven a lo de siempre: la democracia en peligro y ellos como héroes organizados en la lucha por los derechos. Pero "Frente" significa hacer frente, es decir, dar por bueno que estamos divididos sin remedio y que estás conmigo o contra mí.
Lo de siempre en la extrema izquierda: no se ganan elecciones para desarrollar programas sino para construir modelos de sociedad excluyentes y, en la medida de lo posible, que no haya espacio para la alternancia.
Lamentablemente, el lenguaje de Pedro Sánchez y sus disciplinados ministros se ha apropiado también de ese frentismo demagógico y binario. Supongo que han calculado que eso reforzará a su vez el frentismo en el otro extremo y debilitará al voto liberal y moderado en el centroderecha.
¿Qué opina de la cultura de la cancelación, que también han sufrido las jornadas organizadas por Pérez Reverte en Sevilla? ¿Qué le parece que se intente imponer la idea de que hay que excluir del debate al que piensa distinto, alegando que sus ideas son dañiñas?
En el caso de las jornadas de Sevilla, se pudo comprobar algo que algunos venimos contando desde hace bastante tiempo.
Primero hubo un asalto a la Transición por parte de sectores minoritarios de la extrema izquierda, que no habían aceptado la idea de pacto y reconciliación, y que estaban empeñados en contar una historia frentista de la España de los años treinta y de la Guerra Civil, en la que pesa más una moralización retrospectiva de las víctimas y se da por hecho una verdad indiscutible sobre la heroicidad de las izquierdas defendiendo la democracia frente al fascismo.
La novedad de los últimos veinte años es que en el PSOE y en el espacio público del centroizquierda ha progresado un discurso similar, que ya no quiere ver en la democracia republicana un proceso fallido y que necesita reivindicarse no como heredero de la Transición, sino del antifascismo.
El problema es que no se conforman con sostener una opinión, sino que pretenden que se establezcan verdades sobre el pasado en el BOE.
A partir de ahí, no resulta aceptable en una parte de la parroquia cultural izquierdista que un ciclo plantee que la guerra pudo ser algo en lo que todos perdieran.
Hubo líderes socialistas muy destacados, como Prieto, que desde el exilio reconocieron algunos graves errores de la República y marcaron el camino hacia la la reconciliación, que se haría realidad en la Transición.
Con la Ley de Memoria Democrática, ¿el PSOE ha dado la espalda a esa visión para imponer por ley una versión sesgada de la Historia?
Primero con la Ley de Memoria Histórica de Rodríguez Zapatero, y más ahora al cambiarla por el sintagma "Memoria Democrática", los socialistas han dado un paso no sólo contra la Transición, sino contra el papel de su propio partido en la Transición.
Han asumido el discurso de la extrema izquierda que abjuró de la Transición, por considerar que había sido una claudicación. Todo ese lenguaje, que era característico de minorías de extrema izquierda y el mundo académico, ahora ha sido asumido por completo por el Partido Socialista.
En su preámbulo, la propia Ley 20/2022 de Memoria Democrática dice que la Transición fue posible gracias a los movimientos de oposición al franquismo. ¿Por qué tiene esto importancia? Porque están certificando el discurso de la extrema izquierda, según el cual la Transición no fue un pacto entre las élites. Es decir, no fueron esas élites las que hicieron posible el paso pactado desde el franquismo a la democracia sin violencia, sino que la democracia no habría sido posible sin la presión en la calle y los movimientos sociales.
Con esto, el PSOE está arrinconando e ignorando el papel de Felipe González, de Alfonso Guerra y de tantos otros, como Gregorio Peces Barba, en el proceso de la Transición.
Pero, sobre todo, está diciéndonos que comulguemos con algo que no se cree nadie que conozca los debates de la izquierda en el tardofranquismo: que ser antifranquista era sinónimo de desear fervientemente la democracia liberal y defender la libertad de mercado, los derechos de propiedad y la libertad individual.
Como ocurre con la Ley de Memoria Democrática, en la política actual parece que no importa tanto la realidad, como el relato que cada partido intenta imponer a la opinión pública.
Claro, el relato es la palabra que utilizan tanto esos trabajadores de la comunicación política que aseguran que es más importante el envoltorio que el contenido del liderazgo político. También lo utilizaba mucho Iñigo Errejón, porque consideraba positivo que el populismo alimentara la democracia.
Al final, hemos entrado en esa dinámica, en la que ya no es tan importante lo que realmente pasa, como lo que los demás creen que pasa y la manera en que lo interpretamos y nombramos. Es decir, la política como manipulación de la opinión.
Ocurre por ejemplo con el problema de la vivienda, o con la corrupción. Quizá es el precio a pagar por la competencia democrática, pero ahora se están saliendo de ciertos límites tolerables.
¿Cree que el PSOE y el Gobierno en algún momento han hecho un esfuerzo para inflar a Vox, para restar votos al PP o porque les interesa crear ese clima de de polarización?
No cabe descartarlo, teniendo en cuenta cómo funciona el mundo de la comunicación política y de la ciencia política en España. Ha habido mucha intención de fragmentar el voto del Partido Popular, porque España tiene un sistema electoral en el que la fragmentación del voto conservador, especialmente en las circunscripciones provinciales donde se disputan menos escaños, puede ser un golpe muy favorable a la izquierda.
Por lo tanto, claro, alimentar el voto de Vox ha debilitado la representación parlamentaria del Partido Popular. Otra cosa es que esto se les haya ido de las manos y ahora tengan motivos para preocuparse, porque ya no sólo se debilita el Partido Popular, también en el fondo debilita el espacio de la centralidad. En todo caso, es bastante probable que esto último le importe muy poco al presidente del Gobierno y a sus asesores…
Los ataques del Gobierno contra los jueces, la prensa e incluso contra el Rey, ¿se deben a que Sánchez ha asumido el discurso populista de sus socios? ¿O responde a una obsesión por controlar todas las instituciones, más allá de los límites democráticos?
Hay algo de eso, pero también tiene que ver con la particularidad del liderazgo de Pedro Sánchez y su forma de entender la política. Recordemos que tuvo que abandonar el liderato del PSOE por una suerte de moción de censura interna.
Y vuelve luego de una manera que muchos ciudadanos no entenderían si la conocieran a fondo, con esa política sucia de la vida interna de los partidos, en virtud de la cual las primarias no son procesos competitivos, pluralistas y abiertos, sino oportunidades de presión sucia y de control férreo y hasta gansteril de la militancia.
Y cuando vuelve, empieza a desarrollar una mentalidad de resistente, de alguien que se siente acosado por determinados sectores de las élites que no lo quieren ver ahí. Y eso lo traslada a su forma de percibir la acción de gobierno. Al que llega a través de una moción de censura, es decir, mediante un proceso legítimo, pero con una curiosa asociación con todo tipo de minorías para desbancar a otro gobierno en el Parlamento.
Y esa mentalidad le lleva también a considerar que la división de poderes no es un factor fundamental de la democracia, sino una herramienta para debilitar el poder ejecutivo.
Ahora bien, todo esto entronca con una visión de la izquierda que viene de muy antiguo: que la división de poderes es un invento de la burguesía liberal para impedir que la soberanía popular se exprese con toda su fortaleza.
Por eso no han aceptado una reforma del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en la que los vocales sean elegidos por sus compañeros. Con un lenguaje muy propio de la tradición de izquierdas, han dicho que es el Parlamento el que legítimamente tiene que elegirlos, que no pueden ir contra la soberanía popular.
En los ataques a los jueces que investigan la corrupción del PSOE, ¿subyace esa idea de que deben doblegarse ante la voluntad popular representada por el Gobierno?
Claro, ahí también hay mucha contaminación populista. No hablan de los jueces como individuos que tienen que hacer cumplir la ley y dictar sentencias en función de lo que las normativas legales establecen, sino como alguien que no puede ir contra la voluntad del pueblo o de la calle.
Lo vimos en las famosas movilizaciones por la sentencia de la Manada de Pamplona. No había ninguna discusión técnica de fondo, sino una movilización para presionar a las sentencias judiciales. Y lo hemos visto con la forma en que han influido sobre el Constitucional para que se pronuncie sobre la ley de amnistía. Porque al final el Constitucional sí que es un tribunal político, a diferencia del Supremo.
Los sindicatos acaban de convocar una huelga general "contra la oposición", que se celebrará 10 días antes de la campaña electoral. ¿Se le ocurre algún precedente similar?
No encuentro ningún precedente. Además, veremos si esto es viable desde un punto de vista jurídico. Los sindicatos han perdido ya cualquier tipo de credibilidad, igual van a perder la poca que les quedaba. Pero que el gobierno apoye una huelga general, eso sí que es absolutamente inaudito. Ya sólo nos falta que la apoye la patronal para acabar de ver cosas extrañas en este país.
¿Ve algún paralelismo entre la amnistía a los responsables del 'procés' y la que el gobierno del Frente Popular dio a Lluís Companys?
Son contextos muy diferentes. El golpe de octubre del 34 había generado más de 1.000 víctimas mortales, fue un ataque directo al proceso de consolidación democrática de la República. Y la amnistía puso en la calle a personas, incluyendo a miembros de fuerzas y cuerpos de seguridad vinculados a la izquierda, algunos con delitos de sangre.
Quizá el único elemento de similitud es que, en ambos casos, los gobernantes de la Generalitat de Cataluña habían actuado contra la legalidad constitucional, primero la de la República y ahora la de nuestra democracia. Eso es completamente completamente cierto.
En vuestro libro 'Fuego cruzado, la primavera de 1936' recogéis de forma muy minuciosa todos los incidentes de violencia política que se produjeron en los últimos meses de la República.
Manuel Azaña tenía una enorme talla intelectual pero, ¿no pecó de frivolidad al minimizar toda esa violencia que desembocaría en la Guerra Civil? ¿Miró hacia otro lado?
Que fuera un gran escritor no quiere decir que fuera un buen líder político. Igual que muchos grandes intelectuales del siglo XX han sido nefastos en sus análisis políticos. E incluso algunos de mucho prestigio, como el gran Carl Schmitt en Alemania, han apoyado regímenes totalitarios.
Nuestro libro muestra que Azaña tuvo una gran responsabilidad en la quiebra de la convivencia en la medida en que, primero desde el gobierno y luego desde la Presidencia de la República, no practicó una política de orden público destinada a acabar con toda la violencia. Lo que hace es justificar y disculpar la violencia que viene de la izquierda, y demonizar a todo el mundo liberal y conservador como fascista.
Y esa demonización es una auténtica barbaridad, porque los españoles votaron mayoritariamente a un partido de centro derecha, no votaron a Falange, que era insignificante.
En esa primavera de 1936, Azaña jamás estuvo dispuesto a dar el paso para romper con el Partido Socialista, que iba a pasos agigantados camino de legitimar un proceso de superación de la democracia republicana por otra democracia sin ningún tipo de pluralismo ni de competencia.
Los socialistas estaban pidiendo juzgar a Alejandro Lerroux, a José María Gil Robles... e impedir la alternancia. Habían ganado para que la derecha no volviera a ganar nunca.
Cuando veía próxima la victoria de Franco, Azaña sí se mostró arrepentido de algunos errores, como haber confiado en los partidos independentistas. Decía: con esta gente, es imposible ganar la guerra.
Claro, pero siempre se nos olvida que el Azaña de "Paz, Piedad, Perdón" es el Azaña que ha vivido lo que ha pasado en el verano del 36, que es una violencia en la retaguardia republicana brutal, que incluso ha afectado a antiguos compañeros y mentores suyos.
Ese Azaña ha vivido la penetración del control comunista en buena parte del Ejército y las luchas cainitas en el mal llamado bando republicano, y particularmente dentro del Partido Socialista. Entonces, probablemente Azaña sí tenía motivos para arrepentirse de su soberbia intelectual y de su doctrinarismo.
Pero es que el primer Azaña, el del 31, es un señor que llega diciendo que se han acabado los pactos y las transacciones de los liberales. Y se niega a que la Constitución republicana recoja ningún tipo de transacción, porque o España entra por el camino que ellos han decidido que tiene que entrar, o no será una democracia.
Así no se puede consolidar una democracia.
Esos últimos meses de la República fueron terriblemente violentos, por parte de ambos extremos. Entiendo que no es el modelo idílico en el que debemos mirarnos como democracia, aunque Pedro Sánchez diga que su modelo político es Largo Caballero.
Ellos hablan de forma muy genérica y digamos global de la República y de la democracia republicana. Todo el mundo que tenía conocimiento de causa o que desempeñó un papel importante en la Transición tras la muerte de Franco, tanto los reformistas que venían del franquismo como la oposición, sabían perfectamente lo que no había que hacer, respecto de lo que había pasado en los años 30. Lo sabían perfectamente.
Más allá de que unos pensaran que la democracia republicana había sido mejor o peor, todos sabían que ciertos errores no había que repetirlos. Por eso decía antes que este Partido Socialista, el PSOE actual, ha decidido atacar su propio papel en la Transición. Eso es buena parte del problema.
Por eso el PSOE es un partido que ha preferido el frentismo parlamentario a pactar nada importante con el PP, como si volviéramos a la idea azañista de la democracia de unos contra otros.
¿Qué debemos aprender para no repetir aquellos errores? En primer lugar, supongo, que la violencia política no cabe en una democracia.
Más allá de eso, deberíamos tener mucho cuidado con asimilar la movilización de una serie de personas en la calle, con la opinión pública y con el pueblo. Ahí sí que la contaminación populista es muy peligrosa.
Porque si quienes están en la calle, da igual que sean 1.000, 5.000 o 500.000, son el pueblo, y hay un guía espiritual que los conduce hacia no se sabe qué camino de felicidad, bienestar y bondad, pues estamos todos perdidos.
Y esto es algo que deberían mirar con mucho cuidado tanto el Partido Socialista como el Partido Popular. Porque pongas a 50.000 o 100.000 personas en la calle no quiere decir que la opinión pública esté contigo. Sólo hay que recordar que después del 15M, que fue una movilización muchísimo mayor que la que estamos viendo ahora, quien ganó por una mayoría absoluta abrumadora fue la candidatura de Mariano Rajoy.
Entonces, vamos a tener cuidado con estas cosas, porque al final si quien está en la calle es el pueblo, ya sea por un motivo o por otro, al final los ciudadanos moderados, los que no están todo el día politizados ni movilizados, somos los que los que probablemente llevemos las de perder.
