Pedro Sánchez tiene una caja de herramientas básicas para usar en caso de emergencia, reponerse en momentos de dificultad y sobrevivir en momentos de crisis grave.
La principal, que siempre le ha resultado exitosa hasta ahora, es presentarse como víctima de poderes económicos ocultos y como el único capaz de hacerles frente, desde una posición de izquierda más radical.
Lo hizo en 2016 cuando fue sacado de la Secretaría General del PSOE y reaccionó con una entrevista a Jordi Évole en La Sexta en la que habló de "presiones de los poderes económicos y mediáticos".
Aseguró entonces que "hubo responsables empresariales que trabajaron para que hubiera un Gobierno conservador".
Llevó su discurso a la izquierda más radical y así logró ganar unas primarias del partido que tenía aparentemente perdidas, aunque meses antes había llegado a cerrar un acuerdo con Albert Rivera, líder de Ciudadanos.
Poco después echó mano de otro utensilio básico de su caja de herramientas: la flexibilidad o capacidad de adaptación a las circunstancias. Por eso quiso pactar con Rivera tras las elecciones de 2019 y, cuando no pudo, se coaligó con Unidas Podemos en un nuevo tránsito hacia su izquierda que siguió en las generales de 2023.
Y volvió de nuevo a esa flexibilidad para pactar con Junts y aceptar exigencias que antes cuestionaba, como la Ley de Amnistía, entre otras.
Hace más de un año volvió a la herramienta de la izquierda y ahora la empuña para afrontar las elecciones generales que ha convocado para el 29 de noviembre.
La estrategia es defensiva y consiste en intentar paliar su resultado creciendo a su izquierda, dando por hecho que el centro lo tiene perdido y renunciando a ese electorado.
Lo hace a costa de acabar con sus socios del Frente Amplio, entrando en la paradoja de que lo que le cura por un lado sosteniendo su resultado de 2023, le enferma por otro al dejarle sin apoyos para formar mayoría para gobernar frente a la derecha y la extrema derecha.
A por 700.000 votos
Por eso, no tiene inconveniente en precipitar unas elecciones, aunque sus socios de Sumar no tengan todavía ni proyecto, ni estructura, ni candidato, ni expectativa. No importa porque a él le va bien presentarse como único líder de la izquierda frente a las "élites".
"Salimos a derrotar a las élites económicas y sociales", dijo este lunes en su discurso nada institucional en la Moncloa para anunciar la convocatoria de elecciones anticipadas.
Vuelve a ser el Sánchez de 2016 frente a los "poderes económicos", aunque ahora con el desgaste de más de ocho años en el Gobierno.
El riesgo de esta estrategia es que, según explican en el Gobierno, puede dar la impresión de que va a las elecciones dando todo por perdido y con el único objetivo de salvar los muebles con un resultado similar al de 2023; es decir, no bajar de 121 diputados, muy por encima de 90 y 85 que tuvo en las generales de 2015 y 2016, cuando ya era secretario general, y, en el mejor de los casos, igualar con el PP.
La diferencia es que los de Alberto Núñez Feijóo sí tienen teóricamente con quien completar más de 176 escaños.
Es decir, que Sánchez pretende salvar al PSOE, pero tiene claro que no hay opciones de volver a formar un Gobierno, porque el bloque que se enfrenta a PP y Vox ya ha perdido. Asfixia a sus socios de Gobierno.
El problema de nuevo es que lo hace a costa de los partidos de su izquierda, sus posibles socios, y sin posibilidad de sumar los 176 escaños necesarios para la mayoría absoluta. Son entre 600.000 y 700.000 votos de Sumar que Sánchez quiere atrapar. Incluso, los más optimistas aseguran que es posible lllegar a igualar o superar al PP, aunque la derecha y la ultraderecha puedan sumar los 176 de la mayoría absoluta.
La movilización de la izquierda en la calle en los últimos días les lleva a esa especie de euforia, pese a que está por ver que la movilización no vuelva contra el PSOE porque, al fin y al cabo, si hay protestas es porque hay un problema acuciante con la vivienda que ha empeorado mucho en los ocho años de Gobierno de Sánchez.
La referencia para la esperanza de Sánchez es la remontada de 2023, pero ahora hay una diferencia sustancial: la distancia entre Vox y Sumar. Porque entonces los de Santiago Abascal tuvieron el 12,38% de los votos y los de Yolanda Díaz el 12,33%, disputándose el tercer puesto, mientras que ahora la expectativa es que Vox supere en casi diez puntos al Frente Amplio, pase lo que pase con Podemos y la unidad de la izquierda.
Esto es importante porque el partido de extrema derecha se aseguraría ser tercero en casi todas las circunscripciones y, por tanto, arañar escaños en lugares donde el Frente Amplio no puede ni soñar lograr representación.
El PSOE se aferra a que cuando se convocaron las elecciones en 2023 la ventaja del PP sobre el PSOE en las encuestas era muy parecida a la que muestran hoy los sondeos y acabó formando Gobierno Sánchez.
En ese razonamiento obvian que ahora la distancia de Vox, que puede completar mayoría con el PP, sobre Sumar es mucho mayor, lo que distorsiona la comparación.
El miedo a la ultraderecha
Eso sí, Sánchez dará la batalla, porque en su caja de herramientas está también la capacidad de resistencia y unos reflejos para subirse a la ola buena que desesperan a sus rivales.
Por ejemplo, viendo que la vivienda le puede servir para movilizar a la izquierda y que ahí le puede funcionar aprobar el decreto de vivienda en la Diputación Permanente a principios de noviembre, al borde de la campaña electoral.
De hecho, este lunes se ha esforzado en arengar a sus ministros y a los miembros de su Ejecutiva del PSOE con mensajes entusiastas sobre la posibilidad de ganar las elecciones.
En el Consejo de Ministros han hablado todos y Sánchez les ha dicho que sale al ataque y a ganar.
Sólo le ganó en entusiasmo Óscar Puente, convencido de que es posible repetir lo de 2023. O, al menos, eso les ha dicho en una reunión que ha acabado con aplausos.
La estrategia se combina con el miedo a la ultraderecha y el mensaje de ser el único que puede frenar a Vox y, en general, la "ola mundial".
En esto, su problema es que ahora -y a diferencia de lo que pasó en 2023-, Alberto Núñez Feijóo ya ha normalizado en los últimos meses los acuerdos con Santiago Abascal y ya no está claro que funcione ese mensaje de temor. Además, los bloques ya están definidos sin trasvase de votos entre ellos.
Sí le sirve, para convertirse en foco del voto útil, presentarse como freno de la extrema derecha, aunque sea, de nuevo, a costa de sus potenciales socios a su izquierda.
Y falta por saber cómo influye la insólita convocatoria de una huelga general cuando ya se han convocado elecciones generales.
