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Las claves

Sánchez ha debido de hacer mucho deporte en La Mareta. Cargar con la cartera marrón que llevaba esta mañana le habría provocado lesiones en el bíceps al mismísimo Rambo; tantos folios había dentro que no cabía en el escaño.

Este Gobierno lleva años teniendo un problema con la cartera, pero no hay forma.

Además de un despliegue de poderío físico, la cartera de Sánchez era una paradoja técnicamente impecable: centenares y centenares de folios para defender la sola idea de que el Gobierno no supo nada de la invasión y todavía no sabe quién nos ha invadido.

El presidente, aunque sin gorro de dormir, era un remedo del enfermo imaginario de Molière, interpretado por Flotats hace unos años en la Comedia, en Madrid, a pocos metros de la tribuna del Congreso.

Deambulaba Sánchez clamando una realidad que ni una sola persona de las que había alrededor era capaz de creer. Había diputados –ya solo del PSOE– que lo aplaudían por dinero, pero los socios, los responsables de mantenimiento de Moncloa, lo han atizado con una contundencia inédita.

Si hubiera que definir con una encarnación lo que ha sucedido en el Parlamento, deberíamos detenernos en Margarita Robles, ministra de Defensa, responsable del CNI, profesional competente que, en un suceso paranormal inexplicable hasta para Iker Jiménez, ha decidido arruinar su carrera en sus horas crepusculares.

Sola. Ostensiblemente sola. Ha llegado a su escaño y, como si desprendiera las radiaciones de Hiroshima y Nagasaki, no ha encontrado la sonrisa cómplice de ninguno de sus compañeros.

Estaba muy cerca de Marlaska, Fernando el Caótico, su archienemigo en esta crisis. Solo una silla entre los dos. Los separaba España, de nombre Arcadi, el ministro de Hacienda.

La hemos ido telegrafiando, a Robles, durante cada una de las incursiones de Sánchez por la irrealidad. Ha bastado testar la frialdad de sus compañeros con ella para saber que el presidente, en la tribuna, iba a dar credibilidad a Marlaska e iba a quitársela a Robles.

Y así ha sido: según Sánchez, en contra de Robles, en contra del CNI, los servicios de Inteligencia no atisbaron la posibilidad de que se produjera la invasión.

Eso era tan peligroso para la ministra de Defensa como para la nación en general. Las sesiones del Congreso no las ve nadie más que los servicios secretos. Y ahora, el espía que lo desee, marroquí, ruso, israelí o de Albacete, puede creer que este país tiene las fronteras más vulnerables de Europa.

Cuando se produce una invasión –esto Sánchez no se ha atrevido a discutirlo–, lo más importante es saber quién la coordina. Ahí está el agujero negro que puede engullir al presidente definitivamente.

Las prostitutas de la trama no nos dejaron ver el bosque. Fue tan largo el catálogo, tanta la droga, tanto el alcohol, tanto el contrato amañado, que no vimos venir que, como siempre en España desde hace cientos de años, los grandes finales nos los escribe Marruecos.

Si Sánchez soñaba en la Ser con ser Rey, se le está poniendo una cara inconfundible de Alfonso XIII en el desastre de Annual.

Hace unos años, cuando conocimos el espionaje del Pegasus que nos propinó Marruecos, muchos vimos como una conspiración esa tesis según la cual Rabat estaba chantajeando a Sánchez con no se sabe muy bien qué.

Hoy, todos los socios, en efecto dominó, bien directa o indirectamente, han maldecido la sumisión de España ante Mohamed VI y han preguntado por qué.

Sánchez, que no ha contestado, ha subido a la tribuna dejando el móvil boca abajo en el escaño. Quizá sea eso lo que nos esté pasando: un móvil boca abajo que sólo Marruecos ha visto boca arriba.

“Es algo complejo y poliédrico”, “confluyen varios intereses”, iba resumiendo Sánchez sobre la autoría con tal de no señalar a Marruecos. Estaban en los móviles y en las tabletas de muchos las fotos que publicó EL ESPAÑOL de los gendarmes, uniformados y de paisano, dirigiendo la avalancha.

Era tal el delirio del enfermo imaginario que lo que se preveía como una comparecencia de alto voltaje ha provocado en los diputados más anonadamiento que gritos fuera de turno.

Sánchez iba colocando todos los indicios que apuntaban a Marruecos para luego concluir que Marruecos no ha tenido nada que ver. Ha llegado a reconocer que los gendarmes toleraban la invasión… ¡para concluir también que Marruecos no tuvo nada que ver!

Eso es como decir que Franco no sabía nada de las cargas de los grises.

Nada tenía sentido. Las palabras de Sánchez iban cimentando un silencio espeso nacido de la incredulidad que solo quebraban las carcajadas cuando decía alguna cosa del estilo “actuaremos con transparencia absoluta, como siempre” o “lo hago pensando en los ceutíes”.

Porque, según Sánchez, la invasión nació de esta manera: primero se tergiversó una sentencia del Supremo que impedía la devolución de aquellos que entraran por mar, después ese bulo corrió y fue amplificado en las redes, y por último las mafias se aprovecharon de todo esto.

Si hubiera sido así, absolutamente todos los factores que provocaron la invasión ocurrieron en público, en el patio multitudinario de las redes sociales. ¿No es peor esta tesis que la de la autoría de Marruecos?

Las redes traen “amenazas híbridas”, decía Sánchez. Y no había manera de saber si nos estaba explicando la invasión o nos estaba vendiendo un Toyota.

Es digna de mención la retahíla de las fiestas nacionales de Marruecos pronunciada por Sánchez en estricto orden: la fiesta del trono, la de la revolución… “¡Joder!”, ha gritado un diputado del PP. Le preguntas por la Tomatina y no acierta ni a la tercera.

“Tenemos que seguir cooperando con Marruecos”, la crisis se está solucionando gracias a Marruecos, insistía Sánchez. Y los socios han acabado llamando a Mohamed VI “autócrata”, “dictador”, “pedófilo” y “asesino”.

Esquerra, Bildu, Junts, Sumar… todos intentaban camuflar su cercanía sobrevenida con la derecha con ataques previos a Feijóo y Abascal, pero si uno hace un análisis pormenorizado de los discursos, en lo sustancial coinciden la oposición y los socios.

Nos han tenido que invadir para que en el Congreso asome una suerte de patriotismo compartido de manera transversal. Marruecos nos está atacando y no nos podemos arrodillar, haya lo que haya en el móvil boca abajo de Sánchez.