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Las claves

Hemos fingido de maravilla el orgasmo de la convivencia. Estábamos en España, lunes 8 de junio de 2026, y todos los diputados aplaudían el mismo discurso. Habían escuchado durante una hora a León XIV, sin mirar el móvil, y sin hablar apenas entre ellos. Trabajando a jornada completa.

Empezaba la mañana con un susto. En la ronda de saludos previa, Miriam Nogueras aprovechaba su apretón de manos para propinarle al Papa una inyección de carlismo: que ella es catalana como Gaudí –¡qué le importa al pobre Papa!– y que, en Cataluña, hay que hablar la lengua de la tierra. ¡Se lo decía en inglés!

No ha sido un gesto improvisado, sino milimétricamente medido. A los pocos minutos, el partido de Puigdemont enviaba un mensaje a todos los periodistas telegrafiando ese gesto épico y revolucionario.

Se fue el Papa y los odios seguían: León XIV provoca aplausos en el Congreso pero no conversiones.

Nogueras no soltaba la mano del Pontífice en el Salón de Pasos Perdidos y en el Parlamento, al otro lado del pasillo, se levantaba un murmullo que crecía conforme los diputados veían en una pantalla el secuestro organizado por la portavoz de Junts.

Ha sido como tirarle la copa de vino tinto a la novia en la boda. Diez segundos que duran toda una vida. Y nos lo tenemos merecido –no el Papa, pobre hombre, sino los españoles–. Porque, ¿qué ha sido la escena de Nogueras sino el reflejo de la política teledirigida desde Waterloo?

Después, ya liberado, León XIV ha entrado en el Hemiciclo y, con Armengol como telonera, se ha puesto a leer su discurso. Conviene asumirlo desde hoy: probablemente nos lleve la muerte antes de que podamos escuchar en el mismo sitio algo mejor.

No sé si la conclusión es exagerada, pero hemos pasado de Patxi López a León XIV y parecía que el cielo había entrado en el Congreso y que lo iba envolviendo en una nube algodonosa de filosofía política y virtudes morales.

No se trataba del contenido –en eso entraremos ahora–, sino de la manera, del fondo, del esfuerzo con el que estaba escrito. León XIV ha brindado en cuarenta minutos un retrato de España y su tradición católica adornado de nuestros grandes pensadores.

Cervantes, Teresa de Ávila, Unamuno, la escuela de Salamanca… Con todos ellos iba pespuntando las virtudes de una nación. En el Congreso, suele empedrarse la tribuna con lo peor de este país –los golpes de Estado, la Guerra Civil, la dictadura, ETA– y, por eso, nos ha embelesado que alguien salga a hablar bien de un proyecto común.

Bajo el hechizo de León XIV, que ha concluido con una ovación común de siete minutos, los diputados se han conducido de una manera inédita hasta ahora. Esto puede parecer un cliché, o una exageración, pero ha sucedido así.

Antes de llegar el Papa a la Carrera de San Jerónimo, charlaban dentro los que iban a escucharlo. Ninguno cruzaba la Línea Maginot. Los del PP hablaban con los del PP, los de Vox con los de Vox, y los del PSOE con los del PSOE.

Esto se jodió en algún momento y acabó con esa percepción tan típica y tan real de la gente: “Bueno, en el Congreso discuten, pero luego se van de cañas juntos”. Esa España, que no era tan así, era una maravilla. Porque en eso consiste esto, ¿no? En discutir una ley dentro y poder tomarte una caña fuera.

Eso iba a decir el Papa un poco después, aunque revestido, afortunadamente, de grandes referencias culturales.

El caso es que ha entrado León XIV y, bien conversión o bien travestismo, los diputados han mutado y se han erigido en paladines del saber estar.

Lo más fascinante del conjuro está en la conciencia no revelada del Papa: ¿él se estaba dando cuenta del milagro? ¿Hasta qué punto le habían informado sus tentáculos españoles del ambiente de la Cámara? ¿Qué sabe realmente León XIV de la catástrofe generacional que castiga la representación política de nuestro país?

A los diputados de siempre, los de todo el año, algunas frases les habrían provocado broncoespasmos, pero eran otros diputados; tocados por la gracia de Dios y la vergüenza torera.

“En este Hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida”, ha dicho el Papa. ¡Y asentían! ¡Dios santo!

¿Qué habría pasado de concluir su discurso con un “queridos hermanos, daos fraternalmente la paz”? ¿Se habría producido una deflagración del Parlamento parecida a Hiroshima o se hubieran dado el abrazo de la reconciliación?

El Papa, firme partidario de la aconfesionalidad de los Estados, ha destacado de inicio la separación entre comunidad religiosa y comunidad política. Paradójicamente, no han podido hacerlo así los diputados de Junts, incapaces de discernir entre religión y política.

Además del secuestro de Nogueras, ha ocurrido esto: sonaba el himno vaticano y todas sus señorías escuchaban de pie en señal de respeto. Todas. Cuando ha sonado el himno de España, el diputado de Junts Josep María Cruset se ha sentado como un resorte. ¡Ni los de Bildu!

Por fortuna, esto el Papa no lo ha visto. Si no, habría preguntado a sus asesores: ¿por qué un diputado español muestra respeto por el himno del Vaticano pero no por el de su país?

Un par de horas antes de comenzar el discurso, la delegación de la Santa Sede había repartido a los periodistas el discurso embargado del Papa. Es una costumbre típica de estos días que facilita mucho el trabajo.

En los gabinetes de los partidos, no ha tenido lugar la conversión. Se han puesto los hunos y los hotros a subrayar como cosacos en busca de frases que puedan dar la razón a su proyecto.

Si habla en favor de la inmigración, es de izquierdas. Si habla en favor de la familia, es de derechas. Si habla en contra del aborto, es de derechas. Si habla contra los oligarcas tecnológicos, es de izquierdas. Y así sucesivamente.

El rostro de Sánchez es indescifrable. En el de Feijóo, en cambio, se notaba qué frases le venían mejor y qué frases le venían peor. Sánchez asistía impertérrito a instantes maravillosos como este: “Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos”.

Citando a Unamuno, León XIV no sabía que hablaba de nuestro Sánchez cuando ha mencionado a ese “hombre que no se resigna a morir del todo”.

¿Hasta dónde llega la fe? ¿Se imaginan que, después de haber ‘comulgado’ este discurso, Sánchez reflexiona sobre “los límites morales del poder”? Menos mal que a ese pasaje le ha seguido el de las tecnológicas, que le habrá permitido al presidente regresar a la escucha apacible.

Se dibuja a León XIV como un Papa progresista, pero el Papa es el Papa. Y ha querido englobar con una frase su rechazo a la ley del aborto y a la ley de eutanasia: “Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural”.

Eso, en este Parlamento, sólo lo suscribe Vox. Abascal ha aplaudido a rabiar también. Ha sido un discurso en el que, con las gafas de la estrechez política, cada uno ha podido encontrar su oasis.

La pena es que, con esa lectura partidista, que no política, se irán extraviando los mejores pensamientos del Papa.

La parte preferida de Sánchez: “Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”.

Hasta hace unos meses, antes de la “prioridad nacional” rendida por el PP a Vox, esa frase podían recitarla, como una oración, los dos grandes partidos de Estado.

La parte más inspirada del Papa ha sido la de la poesía, cuando ha hablado del “lucernario” por el que entra la luz al Congreso: “Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera”.

Después, ha ido analizando algunos de los frescos del Hemiciclo para recordar la tradición cristiana como clave de bóveda de la libertad moderna. Y, por último, como si ahí sí supiera que se encontraba ante la reencarnación de Caín, ha llamado a la “renovación moral”.